Realidad
En este relato, un empleado descubre (al asomarse al placar de una oficina), un universo paralelo lleno de vida y autenticidad.
Realidad
Una tarde plomiza de junio de 2011, cuando el sol dimitía al trance diario para su merecido descanso, atestaba de extrañeza al más medroso de los crepúsculos. Las horas parecían perder sentido, y lo cotidiano buscaba la eternidad en la más calcada tarde de invierno. Quienes entienden que solo en circunstancias lacónicas la sorpresa realmente nos perturba, comprenderán la singularidad de este recuerdo ilusorio de mi vida.
Todo comenzó cuando decidí visitar la oficina comercial de la distribuidora de energía de “Arcana”. Solía hacerlo habitualmente y con naturalidad, ya que trabajaba cerca de ese lugar desde hacía más de trece años. Esta dependencia era un punto de encuentro donde los empleados buscábamos un café caliente y, por qué no, vivenciar alguna que otra sensación de antagonismo. Era un espacio peculiar, donde se entremezclaban almas sincrónicas con profusas diferencias.
A veces me preguntaba el sentido casi paradójico de nuestras pausas en esta cómoda dependencia. Por eso, dejé mi voluntad atada al destino y me propuse explorar los carriles intangibles de ese noble espacio. En esa caja operativa, irrespetuosamente translúcida, intentaré describir los pormenores de algunos sociables ocupantes del frecuentísimo.
Los habitantes
Como navegando el trance de un reloj imaginario se encuentra ella, Ornella Candelilla, la difusa esencia de Llampedken, ansiando contribuir al aprendizaje de las funciones naturales. Rompiendo su capullo, buscando la felicidad, alquilándola de por vida.
Dos pasos más adelante, está Aníbal Palmario, el eterno renovador de oxígeno, practicante de la competitividad y explorador insaciable de la excelencia. Buscador eterno de lo alcanzado. A su lado, siempre en actitud abstracta, el señor Jorge Smero, hombre entrado en años, civilmente versado y fervoroso consejero. Sus palabras, respaldadas por estaciones y experiencias, derraman sutiles reflexiones.
A su derecha, el último habitante de este paraninfo, Facundo Gerjo, el personaje más agudo y elocuente del sector. Contenido en un laberinto autoedificado de cimientos coherentes, donde alguna vez percibió una salida, pero solo desde el centro de su torre albarrana, escaleras escherianas puramente cromosomáticas. Buscador incesante de la salida.
El lugar
Continuando con esta compleja descripción, que por cierto a esta altura es ineludible para mí, me adentro en las profundidades de este noble espacio: “La oficina”. Un lugar, me imagino, similar a miles en todo el mundo. Escritorios de madera, sillas ergonómicas, computadoras, papeles y utensilios varios distribuidos por todo el lugar. Ventanas de paisajes inertes, con bocanadas de viento caliente de una calefacción mal distribuida, perjudicando a unos y favoreciendo a otros, hasta el final de los tiempos.
Como base casi obligatoria de este deslucido cuadro, se encuentra el imponente mobiliario ocupando la pared sur de la oficina. Un enorme placar dividido en doce puertas, cuya simpleza guarda biblioratos, papeles, carpetas y caducidades. Este mueble, sin querer, se convertirá en protagonista indispensable de este relato.
Una simple oficina, un lugar en el vasto mundo dentro de muchos otros mundos.
La ventana
Me sitúo frente al enigmático armatoste, atraído por una fuerza extraña casi ingrávida. Me aproximo con determinación, tomo la puerta central y la empujo hacia un costado. Un impulso me susurra sutiles consejos al oído. Obedezco al instinto e introduzco mi cabeza en el interior del armario.
Lo que hasta el momento parecía natural, se transformó en sorprendente e irregular. De repente, tuve la sensación de haberme asomado por una pequeña ventana de madera. Una suave brisa de invierno acariciaba mi rostro, y ella, mansa y sincera, plegaba suavemente mis pestañas. Trato de forzar una visión astigmática para entender la postal, que poco a poco se tornaría en familiar.
Como si las agujas del tiempo ayudaran a perfilar el panorama, pronto descubrí que estaba observando una película deslucida. En principio, imágenes en sepia veladas por el tiempo se movían con la cotidianidad de un día común. Ya con una imagen pigmentada, veo algunas personas caminar vestidas con mamelucos de color gris, y uno de ellos forzando un carro cargado de garrafas, otro con pantalón pinzado y camisa blanca, caminando hacia una casucha con techos de chapa galvanizada.
En el fondo, un grupo de personas trabajaba en dos enormes esferas grises, aparentemente reservas de gas licuado. Observo el cielo y veo unas cuantas palomas detener suavemente su vuelo para posarse y pandear un negruzco cable eléctrico, con el solo propósito de beber pequeños sorbos de rayos que tímidamente el sol empezaba a desprender. Observo también el suelo, y por un instante me detuve en el deseo caprichoso de un amarillento césped, anheloso de extenderse en la insensata y costrosa tierra, agrietada por partes, y por otras partes salpicadas con charcos sempiternos de una pérdida de agua eternamente relegada.
El cielo era gris como mi tarde, la brisa era fría como mi tarde, el marco pretendía ser igual a mi tarde; solo los personajes, el lienzo y el calendario no armonizaban con mi argumento.
La ciencia
Recuperado de la hipnosis atemporal, viene a mi memoria la teoría de los universos múltiples de Hugh Everett. Pensé: podemos admitir que existen objetos no físicos, como por ejemplo la conciencia, que no se encuentra sujeta a leyes de la física cuántica. Y que no todo lo que no podamos explicar necesariamente no tenga que existir. El paradigma propone entonces que lo inobservable puede ser perfectamente lógico y coherente.
En definitiva, ya estoy en condiciones de autoconvencerme de que no me encuentro mentalmente insano (dudo), pero al mismo tiempo no tenía la mínima intención de negarlo. Solo me dispuse abiertamente a disfrutar de esta situación.
El hecho de haber metido mi cabeza en un mueble y descubrir una “ventana-máquina del tiempo” era uno de los eventos más importantes de mi vida. Sentía la extraña sensación de estar simultáneamente en dos tiempos diferentes.
Pienso nuevamente: el ser humano es una parte de la totalidad que llamamos “Universo”. Una parte limitada en el tiempo y espacio. Él experimenta a sí mismo, sus pensamientos y sentimientos, como algo separado del resto; una especie de ilusión óptica de la conciencia. La ilusión es una forma de prisión que limita nuestros deseos personales y nuestra preocupación por las personas que nos rodean. Nuestra tarea debe ser liberarnos de esa prisión, extendiendo nuestro círculo hasta abrazar la totalidad de la naturaleza.
¿Por qué no pensar entonces que las ilusiones se pueden liberar mediante la realidad? Que tal vez construimos paradojas cuánticas según nuestras esperanzas y deseos más profundos.
A esta altura, ya me encontraba sumergido totalmente en la fórmula intemporal del “Nunc Stans”, estableciendo una relación ininterrumpida con la eternidad.
La última realidad
Abandonando un poco las complejidades de la metafísica y con la necesidad de creer que soy el único intérprete de esta “grieta del diseño”, me propuse disfrutar abiertamente de cada momento. Podía continuar con mi calmosa existencia o internarme en ese desequilibrio divino que me llevaría a la comprensión más profunda de la realidad. Opté, como cualquier mortal, por la segunda opción.
Me encontré posando mis brazos y metiendo la cabeza en la puerta central del mueble. Desde el universo original, parecía un crédulo desquiciado; desde el universo paralelo, un simple mortal observando un paisaje desde una ventana. Ahora, soy un simple observador indiscreto.
La brisa acariciaba mi rostro proponiendo jugar con la ingenuidad de los sentidos. Aromas de tierra húmeda, espíritu humeante de leño encendido y la sal de la carne cocida me hacían pensar en el cálido asado de un mediodía. Algunos obreros trabajaban y escuchaban la melodía de un hermoso tango; pero uno de ellos, casi mecánicamente, se separaba del grupo para controlar el asado. Un poco en cuclillas, y otro poco de parado, con los brazos en jarra y tenedor en mano. Con el único destino, mantener viva la pasión entre el fuego inquieto y la sagrada carne. La seriedad de su rostro, el ceño fruncido por el calor y el humo expresaban el compromiso de tal encargo.
Mientras tanto, yo exploraba este nuevo mundo con creciente fascinación. Sigo observando alrededor.
El adiós
Con el transcurrir de los días, percibo que el aire es más limpio, la contaminación sonora casi imperceptible. Cada momento me sentía más enraizado en esta nueva realidad, haciéndome amigo de la gente y compartiendo sus historias, sueños y esperanzas. Me convertí en parte de este mundo, un mundo que parecía más auténtico y real que el que había dejado atrás.
Y así, un día, la “ventana” se cerró. La puerta del armario se convirtió en una barrera impenetrable. Me di cuenta de que no había vuelta atrás. Estaba atrapado en este mundo, pero no me importaba. He encontrado un lugar al que pertenezco, un lugar donde puedo ser verdaderamente yo mismo.
Acepté mi destino con una mezcla de resignación y alivio. He encontrado mi verdadero hogar, y aunque nunca podré regresar, sé que he hallado la paz.
[… mientras tanto, en el mundo real, en el momento que metió la cabeza en el armario, un enorme estante se aflojó y se desplomó sobre su nuca, matándolo casi instantáneamente. En ese preciso instante, mientras la sangre aún fluía hacia su cerebro, ha creado este final.]
El autor de este texto declara que utilizó inteligencia artificial generativa para la elaboración de este cuento, representando esa ayuda menos del 30% de la escritura.
Alejandro Gustavo Labayén (Sonny) nació el 28 de diciembre de 1972 en Mendoza. Escritor, programador y artista multidisciplinario argentino cuya obra literaria navega los límites entre lo real y lo especulativo con precisión técnica y sensibilidad poética.
Su formación en ciencias de la información y su pasión por las artes se funden en una narrativa que explora sistemas complejos, percepciones alteradas y la estética de lo imposible. Influenciado por el impresionismo pictórico, su prosa construye atmósferas visuales donde la luz, el tiempo y el detalle se descomponen en impresiones literarias.
Como amante de la música, integra estructuras compositivas, mientras que su experiencia como analista de aplicaciones informáticas le permite abordar conceptos como algoritmos, simulaciones y errores de sistema con una mirada a la vez técnica y filosófica. Entre sus referentes literarios se encuentran Borges, Lem, Ocampo y Cortázar, con quienes comparte la fascinación por los laberintos conceptuales y los universos paralelos.