La reconocida escritora, dramaturga y poeta mendocina Fernanda García Lao pasó por Buenos Aires en el marco de la última Feria del Libro para presentar su última novela, Estación Saturno (publicada en Argentina por la editorial Entropía).
La autora examina el impacto del exilio, la fragmentación de la memoria y la realidad sociopolítica actual a través de la ficción.
La reconocida escritora, dramaturga y poeta mendocina Fernanda García Lao pasó por Buenos Aires en el marco de la última Feria del Libro para presentar su última novela, Estación Saturno (publicada en Argentina por la editorial Entropía).
Radicada actualmente en Barcelona tras un periplo vital que la llevó por ciudades como Madrid, Praga y Mendoza, la autora propone en este nuevo trabajo un cruce fronterizo entre el realismo, la metafísica y una particular ciencia ficción para indagar en las obsesiones que marcan su biografía y su concepción estética: el tiempo, la memoria colectiva, los duelos y la descomposición del lenguaje frente a los discursos del poder.
El punto de partida de la obra posee un anclaje geográfico e histórico real: una estación ferroviaria abandonada en la Provincia de Buenos Aires que da nombre al título.
García Lao explicó que su método de escritura es fundamentalmente cartográfico, ya que necesita "asociar la arquitectura a la trama para que los cuerpos tengan dónde apoyarse". Al investigar sobre la locación, descubrió que el ramal ferroviario correspondiente a Saturno había sido clausurado definitivamente en el año 1977 por disposición del ministerio de Obras y Servicios Públicos de la última dictadura cívico-militar.
Para la narradora, este hallazgo modificó el rumbo del texto al dotarlo de un peso histórico ineludible, argumentando que clausurar una estación ferroviaria equivale a desmantelar los canales de comunicación y fundar un pueblo fantasma sumido en la nostalgia del movimiento.
La novela se estructura bajo la influencia protectora y el legado de Macedonio Fernández, a quien García Lao define como un autor “troncal” para su formación y cosmovisión.
En este sentido, la escritora recupera la premisa macedoniana de que el tiempo —y no únicamente la violencia— constituye el núcleo problemático de la literatura nacional. Al reconstruir su primer contacto con la relatividad temporal, la autora rememoró (en una charla con el diario porteño Clarín) un hito de su infancia acontecido durante el traslado de su familia hacia España: “Mi primera experiencia epifánica con el tiempo fue a los diez años, en el avión del exilio, cuando nos hicieron adelantar los relojes el día de mi cumpleaños: entendí que la hora no existe, que es una convención”.
A pesar de que el marco del relato dialoga con la efeméride de los cincuenta años del golpe de Estado de 1976 y la posterior clausura de la estación ferroviaria en 1977, la escritora desestima la obligatoriedad de que la literatura funcione como un manual de respuestas directas ante la coyuntura sociopolítica. Aseveró que las demandas de definiciones unívocas que el entorno suele exigirle a quienes escriben exceden su alcance personal. Según sus propias palabras, prefiere abocarse a la construcción de escenarios ficcionales que emergen directamente del caldo de cultivo de la realidad circundante. Al respecto, sintetizó su visión del oficio con una sentencia definitoria: “La literatura no cura, pero desplaza las pesadillas”.
Frente a las clasificaciones genéricas tradicionales, la autora defiende la naturaleza intrínsecamente realista de Estación Saturno, más allá de las texturas distópicas, metafísicas o espaciales que tiñen el trayecto de los protagonistas, Siria y Sirio.
Sostuvo que el libro refleja las dinámicas de la Argentina contemporánea y funciona como una metáfora de los vínculos personales y de una época signada por la posrealidad, advirtiendo que el concepto de posverdad ha quedado obsoleto. En su análisis, los meandros de la fantasía, el delirio y la neurosis de carácter colectivo han terminado por diluir los límites de lo real, poblando el escenario de almas desplazadas y campos magnéticos en permanente estado de desrealización.
Uno de los pilares emocionales y conceptuales que sostiene la novela es la noción del duelo persistente, tanto a nivel comunitario como individual. García Lao postula que el estado de duelo fractura y deforma la percepción de la cotidianeidad, volviendo inviable la construcción de diálogos constructivos entre sujetos heridos. Sostuvo que esta vulnerabilidad es capitalizada históricamente por los estamentos de poder, señalando que la dictadura logró implantar un mecanismo de terror que se expandió desde la capital hacia el interior del territorio, donde los silencios se tornan densos y hambrientos.
Esta atmósfera de pérdidas influye directamente en la fisonomía técnica de la obra, la cual rechaza la organización cronológica tradicional en favor de una narración fragmentada y poblada por ausencias. Apoyándose en conceptos teóricos del escritor Juan Mattio sobre el fragmento como ocultamiento de la muerte, la creadora indicó que, en su propuesta, la fragmentación se constituye como el último refugio para lo que ha dejado de existir, transformando la obra en una suerte de “road movie” centrada en los afectos y los desencuentros.
La gestación de Estación Saturno funcionó asimismo como un canalizador del duelo privado de la autora tras el fallecimiento de su madre en la ciudad de Buenos Aires. El trayecto vital de la novela quedó registrado en su propia división en tres partes (Superficie en duelo, Luz destino incierto y Emanación sin tiempo), escritas respectivamente en las rutas de Buenos Aires, en bares de Praga y en su residencia de Barcelona.
Sobre la fuerte impronta confesional oculta tras la trama, García Lao apeló a una analogía plástica de Henri Matisse para explicar que la totalidad de los objetos representados poseen un carácter autobiográfico y que la novela logra narrarla sin la necesidad de nombrarla explícitamente. Con el objetivo de procesar dicha pérdida, optó por implementar una voz en tercera persona caracterizada por la desafectación. En el plano de la ficción, esta herida se trasluce en personajes atrapados en la ensoñación y en la búsqueda de vestigios familiares perdidos, en permanente tensión con el recuerdo de un padre ausente.
La herencia de su formación en el ámbito de las artes escénicas también interviene en la composición de la estructura interna del relato. La autora reconoció que modela el conjunto de sus personajes siguiendo la lógica de un director teatral que convoca a sus intérpretes a una sesión de ensayo, buscando que cada uno posea una modalidad idiomática singular para enunciar la realidad. De acuerdo con su lectura de la identidad nacional, en la Argentina predomina un desdoblamiento del yo y una edificación de capas tectónicas que resulta sumamente fértil para la producción literaria.
Finalmente, la escritora reflexionó sobre el rol que le cabe a la ficción frente a los discursos oficiales y los fenómenos contemporáneos de desinformación masiva. Denunció que las estructuras de poder operan pervirtiendo el lenguaje y vaciando de contenido nociones fundamentales como "libertad" o "derechos humanos" hasta reducirlas a una mera parodia. Frente a la demanda social de certezas prefabricadas, concluyó que la literatura vinculada a lo absurdo adquiere una vigencia mayor que los enunciados formales del poder, ofreciendo herramientas críticas para concebir horizontes alternativos y quebrar las dinámicas de repetición histórica que caracterizan los procesos del país.