—Me da mucha alegría ser reincidente (risas), sobre todo cuando viene acompañado de la posibilidad de publicar y de que circulen mis textos. En cuanto a la obra, prefiero no anticipar demasiado para dejar espacio a que cada lector construya sus propias interpretaciones. Sí me gustaría compartir una breve sinopsis que ensayé desde un lugar poético: “Una mujer mira al mundo a través de sus propios fragmentos. / Mi cuerpo es un manuscrito arrojado al vacío, repite en voz baja. / El silencio es frágil, se rompe y se desparrama. La memoria se torna huidiza. / Mientras escribe, Ángela intenta procurarse una raíz”. Comencé a escribir esta obra en el 2022, mientras cursaba la Diplomatura en Dramaturgia, en el marco de un taller coordinado por Paula Marull. Ahí surgieron las primeras imágenes y preguntas que dieron impulso a la escritura. Más adelante, continué trabajando y profundizando el texto en una clínica de obra coordinada por Natalia Buyatti (dramaturga cordobesa).
—El hospicio como escenario del drama es un sitio frecuentado por el teatro y la dramaturgia. ¿Qué te llevó a plantear esta obra en un contexto tan duro?
—Más que un hospicio intento construir una situación de encierro que pueda abrirse a múltiples interpretaciones. El encierro aparece como un espacio físico, pero también como una condición subjetiva y vincular. Desde que leí A puerta cerrada, de Jean-Paul Sartre, me interesa indagar en esta temática. En la obra también aparecen, de manera transversal, cuestiones vinculadas a la salud mental. Desde mi profesión, el trabajo social, acompaño cotidianamente situaciones de vulnerabilidad psicosocial, y esa experiencia atraviesa mi mirada sobre el mundo. Creo que todavía persisten muchos prejuicios y silencios alrededor de esta temática, y que el arte puede abrir espacios para acercarse a ella desde una perspectiva más humana y sensible. Mientras escribía esta obra volví a leer 4.48 Psicosis, de Sarah Kane, un texto que siempre me conmovió por la manera en que aborda el dolor existencial, la fragilidad humana y los límites del lenguaje. También me acompañaron durante este proceso las lecturas de Marisa Wagner y Alejandra Pizarnik.
Destinatarios e influencias
—Muchas veces, al escribir teatro, y mucho más si se trata de un monólogo, el autor tiene en mente al intérprete de ese monólogo. ¿Sucedió esto en este caso? ¿A quién imaginás a la hora de interpretarlo o quién te gustaría que lo hiciera?
—Durante el proceso de escritura de la obra, también estaba tomando clases de actuación, por lo que inevitablemente aparecieron algunas de mis compañeras como posibles intérpretes. Sin embargo, no la escribí pensando en una actriz determinada. Me gustaría que la interprete alguien que conecte con el texto y quiera atravesarlo desde su propia mirada. En Mendoza hay grandes actrices.
—¿Cuáles son las fuentes, tanto literarias como de otras artes, que te nutren e influyen a la hora de escribir?
—Las fuentes literarias que me acompañan son muy variadas. En este momento tengo sobre la mesita de luz tres libros: Cuentos reunidos, de Liliana Heker; Distancia de rescate, de Samanta Schweblin; y Poesía completa, de Olga Orozco. Me interesa explorar distintos géneros literarios. Creo que cada forma de escritura aporta herramientas, ritmos y perspectivas diferentes. Además de la literatura, me nutro de otras expresiones artísticas, como la música y las artes visuales, pero también de la vida cotidiana. En la escritura dramática hay una fuerte presencia de lo coloquial: las formas de hablar, los ritmos, los silencios... El teatro ocupa un lugar fundamental en mi recorrido creativo. Me gusta mucho ir al teatro, trato de acompañar las producciones locales cada vez que puedo.
—El teatro en Mendoza tiene desde hace años una actividad notable, con elencos, puestas y propuestas diversas. ¿Esa vitalidad y gran actividad es también trasladable a la escritura de obras? ¿Qué otros dramaturgos locales te parecen interesantes?
—Pienso que esa misma vitalidad también está en la escritura de textos teatrales. Algunos ciclos, que surgieron en nuestra provincia, tales como: Cortodramas y Yendo de la escena al living fueron semilleros a partir de los cuales nos animamos a escribir y mostrar nuestras obras. En cuanto a la dramaturgia local, me gustaría recomendar el libro Dramaturgas desde el borde (de la editorial EDIUNC) en el que confluyen las voces de varias autoras: María José Alcaya, Carolina Duarte del Río y María Vilchez Aruani, entre otras. Quisiera nombrar también a mi maestro de dramaturgia: Ósjar Navarro Correa, de quien aprendí y sigo aprendiendo, no solo herramientas de escritura teatral, sino también una manera de pensar y habitar la dramaturgia. También quiero destacar a Manuel García Migani y Pablo Longo, con quienes tuve la oportunidad de formarme en talleres.
—En un tiempo, el Certamen Vendimia de Dramaturgia proponía como premio la puesta en escena de la obra, ¿te parece que se debería ser el principal canal para la producción dramatúrgica?
—Me gustaría que la puesta en escena vuelva a formar parte del premio de este certamen. Durante más de 20 años, esta instancia de concurso fue un espacio fundamental para el desarrollo y la visibilización de la dramaturgia local, no sólo por el reconocimiento a los textos, sino también por la posibilidad concreta de que esas obras lleguen a los escenarios. La puesta en escena permite que la creación literaria entre en diálogo con el público. Asimismo, genera puestos de trabajo y movimiento dentro de la comunidad teatral, ya que involucra a intérpretes, directores, diseñadores, etc. Pienso que recuperar esa instancia sería una manera de seguir impulsando la dramaturgia local y fortaleciendo la escena teatral.
—Fuera de Tic, tic, tic, ¿estás trabajando en alguna otra obra o en algún texto de otro género?
—En este momento estoy volviendo sobre algunos textos que comencé a escribir durante la Diplomatura en Dramaturgia. Al mismo tiempo, estoy trabajando en la reescritura de algunos cuentos y poemas que permanecen inéditos, explorando otras posibilidades de escritura más allá del teatro.
Acerca de Lila Glass
Nació en Mendoza en 1978. Dramaturga y licenciada en Trabajo Social. Estudió en la universidad pública. En el 2018 estrenó su ópera prima Equilibrio precario, en el marco del Certamen Cortodramas. Participó en el ciclo Breves teatrales con el texto Despachante y en el ciclo Yendo de la escena al living con el monólogo Una especie en extinción. Fue guionista del corto documental Más que dos. En 2021 obtuvo el primer premio en el Certamen Literario Vendimia, en la categoría de Dramaturgia, con la obra Sumergidos. En 2023 egresó de la Diplomatura en Dramaturgia del Centro Cultural Paco Urondo (UBA). Actualmente trabaja en el ámbito de la salud y coordina talleres de promoción de la salud desde la literatura.
La dramaturga mendocina Lila Glass. Foto: Alber Piazza.
Un fragmento de Tic, tic, tic, de Lila Glass
Hay momentos en los que me siento distante, distinta, distanciada de mi cuerpo. Como si mi cuerpo no fuera yo, como si yo no tuviera nada que ver con este cuerpo, tosco, mudo, frío, helado, resbaladizo.
Me cuesta moverme, como si me pesara mucho, demasiado. Intento levantarme. Trato, hago el intento, no puedo.
Tengo púas en todo el cuerpo. Largas, filosas, pincho. No quiero, pero sucede: pincho. Es algo involuntario, un movimiento involuntario… ¿Un cuerpo involuntario?
La espalda doblada hacia adelante. Soy una curva, encorvada, una curvatura. Trato de caminar derecha, sentarme derecha, apoyar la espalda, TODA LA ESPALDA DERECHA SOBRE EL RESPALDO, juro que lo intento, no puedo.
Tengo manos ásperas, dedos ásperos, piernas ásperas. SOY ÁSPERA, TODA. COMO UNA LIJA.
El cuerpo me queda chico, me aprieta. Mucho me aprieta, me encorvo. Sobre todo cuando duermo… Me cuesta dormir, tengo reiteradas pesadillas (Aún no aprendí a domesticarlas).
Estoy en un departamento antiguo, de techos altos, con piso de madera. No hay muebles alrededor, está prácticamente vacío, como si estuviera abandonado… Hace calor, mucho calor, demasiado… Comienzo a caminar, la madera cruje debajo de mis pies, hay polvo por todas partes… Tengo las manos transpiradas, la boca seca, mastico el polvo que se levanta.
Veo una mujer anciana, de cabellos blancos. Es delgada, muy delgada, la piel pegada a los huesos. Está prácticamente desnuda, sentada en una silla, en medio del living.
La vieja me mira fijo, comienza a ladrar… De entre sus piernas, surge un animal salvaje. La vieja pega un salto, lo agarra del lomo. Lo pone debajo de la ducha, ahí mismo, sobre el parquet. El animal crece, se contorsiona, gira hacia un lado, hacia otro, los ojos se le salen, tira espuma por la boca.
La bestia se escapa, recorre las habitaciones, olfatea todo, todo. OIGO SU RESPIRACIÓN… La vieja corre detrás de la bestia, la alcanza. Con las manos puro hueso la toma nuevamente del lomo. La bestia ruge, me muestra los dientes.
GGGGGGGGGGGGGGGGGGGGRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRR
El parquet está húmedo, el agua llega hasta mis pies… Escribo en una computadora todo lo que veo, no paro de escribir. De repente, alguien grita… Un grito desgarrador. Es la vieja… La bestia le arranca un brazo. La vieja me mira, me implora. Me quedo quieta frente al teclado, no me levanto, ni siquiera lo intento.
Quiero que la bestia la devore.
Sigo escribiendo, los dedos llenos de sangre, mis manos se arrugan, se contraen. Me miro en el reflejo del monitor… Mi frente también se arruga, los ojos se cubren de una nube espesa.
La culpa es grande, tiene cuerpo de bestia. Intento agarrarla del lomo, no puedo, se me escurre, tiene pelos… LA CULPA TIENE PELOS.