—Podríamos presentar Confesiones de un androide paranoico como un conjunto de crónicas literarias gestadas en los rincones de Mendoza, cuyo objetivo no es buscar el rigor periodístico, sino capturar la calle cruda a través del celofán de un observador abrumado, que deambula por el asfalto cuestionándose si su constante estado de paranoia es producto de un error informático o de su propia herencia biológica. El título de la obra funciona como una síntesis estética que cruza el romanticismo del siglo XIX con la alienación de finales del siglo XX y principios del XXI. La palabra "Confesiones" invoca la figura del caminante urbano de Thomas De Quincey (Confesiones de un inglés comedor de opio, 1821), aquel que revela sus intimidades desde una percepción alterada. En tanto, la clara alusión a Radiohead aporta la visión de un ente tecnológico moderno, cínico y estresado por el ruido social, construyendo así un oxímoron perfecto entre la culpa humana y la frialdad de las máquinas. Esta misma dualidad atraviesa el pseudónimo elegido para firmar las crónicas, Yésico Lynch. El nombre “Yésico” rinde homenaje al disco de Babasónicos que marcó para la banda un giro desde lo carnal hacia lo sintético y digital, pero al estar escrito con “Y” y tilde funciona como un gesto que adapta ese glamour a la identidad local. Por su parte, el apellido “Lynch” hace referencia al Síndrome de Lynch, una mutación genética que el narrador interpreta como un fallo en su propio código fuente. Esta condición les otorga un tono visceral a los textos y justifica la paranoia del androide, quien vive en un estado de vigilancia constante sobre su propio cuerpo y el entorno.
—El jurado comparó tus textos con las Aguafuertes de Roberto Arlt. ¿Estás de acuerdo con esa comparación?
—Ante todo, debería agradecerle al jurado. Luego agregar que no estoy de acuerdo ni en desacuerdo con esa comparación. He bebido mucho de Arlt. En una de las crónicas, lo invoco directamente como el padre de las aguafuertes oxidadas y del cross certero a la mandíbula. Lo invoco como los griegos lo hacían con las musas en los poemas épicos, como un canal divino de algo que nunca voy a poder ser. Por otro lado, creo que el narrador se inscribe en esa rutina del flâneur que camina lo público y observa de soslayo lo que ocurre a su alrededor, con una mirada fuertemente subjetiva y sin la impudicia de interferir en los hechos, para mantener esa pretendida objetividad. Este androide paranoico trata de asumir el rol de un testigo solivagant e invisible que deambula por este bendito suelo con los sensores saturados, buscando descifrar un decorado que ya no se distingue de la tragedia o la comedia.
La libertad de la crónica
—La de crónica es la categoría más joven del premio Vendimia. ¿Qué te permite en tu caso la crónica como expresión?
—Esta categoría otorga una gran libertad, precisamente porque lo que abordo en estos textos es la crónica literaria. Es importante hacer esa distinción frente a la crónica periodística tradicional o la crónica de viaje, por ejemplo. No aspiro a la verdad periodística ni al dato comprobable. A partir de esa premisa, la crónica me permite amalgamar la literatura con mi pretendida mirada cinematográfica. Escribir estos textos es lo más parecido a caminar con una cámara al hombro al mejor estilo de ese cine de guerrilla, ya que me permite narrar utilizando el montaje, el ritmo y la estética, convirtiendo la percepción de mi cotidianidad narrativa en una experiencia inmersiva con banda sonora, sin la obligación de atarme a la objetividad de un noticiero o un diario.
—¿Pensás en algún tipo de público lector a la hora de escribir tus textos o eso queda en segundo plano?
—Intento no pensar en ningún tipo de lector. Sí, tengo un narratario en mente de acuerdo al texto que esté escribiendo, pero casi siempre queda relegado a un segundo plano. Curiosamente estas crónicas fueron pensadas para ser publicadas semanalmente en cualquier medio local que se dignara a ello. Los Andes publicó una en enero de este año en el marco de una convocatoria abierta, Bukowski almuerza en la calle Alem. De todo ese puñado de textos, surgieron las 22 crónicas del libro para concursar en este certamen literario.
—¿Son las crónicas una manera de sostener la lectura en tiempos en que este hábito parece haber perdido territorio?
—Claramente el hábito de la lectura está cayendo en desuso. Entiendo que cualquier formato más breve contribuiría a recuperar algo de ese terreno perdido, pero en última instancia me parece una problemática ligada a otro plano más complejo y delicado.
—¿Qué autores o qué obras considerás como formadores de tu propia literatura?
—Uf, los formadores… Considero que responden a distintas etapas. De muy joven recuerdo las lecturas de Sábato y sus repetidas apariciones en TV. La rebeldía de la Beat Generation caminando en mis venas durante la adolescencia. La lectura y relectura desordenadas del Siglo de Oro Español. La literatura argentina de la fundación. El asombro ante Bolaño y Houellebecq. El descubrimiento de las crónicas de Joan Didion hace pocos meses. La fascinación por Kafka. La literatura siempre sabe cómo enamorar o rechazar al lector. A los lectores que enamora, directa o indirectamente, los forma. Ahora estoy leyendo autores de la cuentística norteamericana del siglo XIX: Poe, Irving, Hawthorne, Crane, Melville y otros tantos que, en el surgimiento y afianzamiento de una literatura eminentemente nacional, fueron testigos no solo de la política expansionista y anexionista de la Unión, sino además de la ampliación en el mercado consumidor.
—¿Leés a otros autores de Mendoza?
—Actualmente leo muy pocos autores mendocinos contemporáneos. Durante un tiempo estuve muy al tanto de la movida y las editoriales independientes. Ahora estoy bastante desactualizado. Hace poco me topé con dos narrativas que me atrajeron al instante: La memoria de los huesos, de Pablo García y noches de cabaret, de marmat. Sí, me he nutrido y he sentido mucha afinidad con los grandes de esta denominada literatura regional para el centro: Di Benedetto, Draghi Lucero, Lorenzo, Ramponi. Uf, Piedra infinita, esa obra monumental y áspera que te aplasta con su peso geológico y metafísico. Y ni hablar de República canalla, de Alberto Rodríguez (h), esa contracara absoluta del relato oficial que mastica cascotes de tierra en su prosa incisiva.
—Confesiones de un androide paranoico se va a publicar dentro de poco. ¿Estás trabajando, además, en alguna otra obra?
—Sí, tengo pensado filmar a finales de este año Otredad, un cortometraje con estética expresionista. Para dicho fin, me estoy sumergiendo en aguas profundas para atrapar, como diría David Lynch, al pez dorado. También estoy escribiendo desde hace un tiempo considerable una serie de doce cuentos, a la caza de los narradores apropiados para dichas historias. Y aunque intente alejarme poco a poco de este androide paranoico, sigo escribiendo estas crónicas con la misma intensidad y devoción del principio. Tal vez lo logre o tal vez no.
Fernando Gabriel Timoner Alesci, autor de Confesiones de un androide paranoico, premiado en el Certamen Literario Vendimia 2026 en el rubro Crónica.
El autor
Fernando Gabriel Timoner Alesci (Mendoza,1980) es Profesor de Lengua y Literatura y realizador cinematográfico formado en la Escuela Regional Cuyo de Cine y Video.
Desde 2008 ejerce la docencia en la Educación de Jóvenes y Adultos. Su labor editorial incluye la dirección del fanzine Desvío Cósmico (2009-2014) junto a Claudio Fernández, y la participación en la antología Cuentos de la ruta del sol (2019). Además, publicó las crónicas Sancho y todo lo demás en El Otro Diario bajo el pseudónimo Manuel García.
Ha dirigido y producido cortometrajes como El hombre duplicado (2023), Viaje infinito (2024) y (Entreacto) (2025). Actualmente impulsa el proyecto Confesiones de un androide paranoico, una columna de crónicas urbanas firmada por su alter-ego, Yésico Lynch.
Una de las crónicas de Confesiones de un androide paranoico
Lagartijas en el desierto o Comala no está tan lejos
La metamorfosis térmica
"Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo", dice en el inicio esa corta novela mexicana. Miro por la ventana hacia la vereda derretida, y Comala no está tan lejos; de hecho, vivo en una de sus sucursales. Son las tres de la tarde de un enero que no perdona y el celular vibra solemne con un turno médico que no puedo posponer. Salir a la siesta mendocina no es un trámite sencillo, es un deporte extremo en una zona de muerte capaz de freír la voluntad de cualquiera que se atreva a cruzarla. Me miro al espejo y entiendo que no puedo ir como humano, necesito otra biología. Siento cómo mi piel se vuelve rugosa e impermeable y mi sangre se enfría para usar el calor como combustible. Ya no soy yo; soy una lagartija con ropa de verano.
El escenario postapocalíptico
Abro la puerta y el calor es un bofetón físico, pero ya soy parte del ecosistema. Me muevo espasmódico por la franja de sombra en una ciudad vacía, donde sólo suena el zumbido eléctrico de mil aires acondicionados manteniendo la ficción de la civilización. Veo a un cuidacoches inmóvil, con ojos fijos en la nada. Cruzo una acequia donde un ejército de hormigas desmantela esa ciudad a escala pedazo a pedazo.
La trampa del frío
Llego a la clínica, una pecera de vidrio espejado en medio del desierto. Entro y cometo el error, el cambio de los 42 grados de la vereda a los 22 del aire central es brutal. Para un humano es alivio, para una lagartija es la muerte. Mis músculos se traban y mi sangre se congela; me quedo tieso, petrificado en un sillón de cuerina negra. El médico sale fresco, impecable y con olor a lavanda. Dice mi nombre, pero las lagartijas no hablan a 22 grados.
Ausente
El médico espera cinco segundos, mira la sala "vacía" y suspira. —Ausente —murmura, y tacha mi nombre. Cierra la puerta con un sonido definitivo, como la piedra que cerró la tumba de Comala. Y ahí me quedo, mudo, esperando que alguien abra la puerta de calle para que entre un soplo de ese infierno exterior que me devuelva pronto a la vida y luego a mutar de piel.