10 de julio de 2026 - 13:41

Georgina Vacchelli, ganadora del Premio Vendimia en cuento: "Son historias donde la belleza aparece en lo inesperado"

La ganadora del Certamen Literario Vendimia 2026 en la categoría cuento habla en esta entrevista de La reserva, su libro premiado.

A Georgina Vacchelli le tocó imponerse en terreno difícil. Acaba de recibir el primer premio del Certamen Literario Vendimia 2026. El detalle es que su libro, titulado La reserva, fue elegido en una convocatoria muy particular por la cantidad de trabajos en competencia en ese rubro: nada menos que 76.

Quizá el dictamen quienes la premiaron ayuda a entender la decisión: “El jurado, integrado por Pablo García, Gonzalo Glorioso y Gabriela Nafissi, la eligió por su notable capacidad para crear atmósferas de extrañamiento que transitan con fluidez entre lo fantástico y la ciencia ficción. Los relatos exploran desde la invención infantil como proceso de duelo hasta problemáticas de fuerte impacto social como los femicidios y el control tecnológico sobre las subjetividades, evocando estéticas cercanas a la serie Black Mirror o a la filmografía de Yorgos Lanthimos”.

Si a eso le sumamos la concentración de su prosa (cuentos que pueden resolverse en dos o tres páginas), más el ambiente “conceptual” que reúne a todo el libro, se entiende la elección.

Georgina (quien lleva el mismo apellido que su tío Gabriel, ganador en tres ocasiones del premio Vendimia) nació en Mendoza en 1992 y estudió Letras en la UNCuyo. Se dedica a dar clases en escuelas de la provincia, pero también a otra pasión: la Biblioteca Popular David Blanco, que fundó en 2012 y que ofrece actividades a niños y adolescentes de Gutiérrez, Maipú. “Sus gestos, sus cuerpos ocupando el espacio, sus voces, todo eso impregna cada cosa que escribo”, reconoce Georgina en esta entrevista en la que nos deja asomar a su libro, que verá la luz en breve por Ediciones Culturales de Mendoza.

Atmósferas fantásticas en el libro de Georgina Vacchelli

—¿Cómo podríamos “presentar” el libro de cuentos La reserva, que acaba de ganar el Certamen Literario Vendimia 2026? Me refiero a lo argumental de algunos de los cuentos, pero también a sus características de escritura, tono, etc.

—En La reserva aparecen personajes y sociedades que buscan solucionar problemas a través de medios no convencionales. Estas soluciones a veces son luminosas, a veces perversas, a veces son un regalo y a veces una imposición. Las historias se desarrollan en una atmósfera extraña, fantástica, donde los lectores vamos desvelando junto con los personajes las leyes de esos mundos e intentando junto con ellos superar un trauma, vivir una historia de amor, prepararnos para la muerte, hacer justicia, sentirnos menos solos. En medio de esta búsqueda de soluciones, se generan alianzas inesperadas y la belleza aparece donde menos lo imaginábamos: en un cuerpo muerto, en una pantalla, en un androide.

—Llaman la atención algunas consideraciones que se conocieron del jurado. Por ejemplo, que este había identificado influencias de productos culturales como la serie Black Mirror o películas como las de Yorgos Lanthimos. ¿Estás de acuerdo con esas consideraciones?

—Estoy de acuerdo y es una alegría para mí que hayan relacionado los cuentos con las películas de Yorgos Lanthimos, que me encantan. En La reserva, los personajes tienen la oportunidad de escribir el libreto de sus propias vidas (o de sus propias muertes). Algunos aprovechan esa oportunidad con todo lo implica, otros la dejan ir. Ensayan, hay instantes de revelación en los que comprenden quiénes son y cuáles son sus potencias, el mundo que les ha sido dado parecía muy hermético, pero descubren la fisura. La pregunta es qué hacen con eso y esta pregunta está presente en las películas de Lanthimos. En cuanto a Black Mirror, al igual que en la serie, varios de los cuentos están ambientados en un futuro distópico no muy lejano. Aparecen problemáticas como lo ambiental, la soledad, la dureza de los roles sociales, el machismo. La tecnología y los dispositivos derivados de ella se presentan como cárcel y como llave al mismo tiempo, esta ambigüedad está presente en los relatos. A veces un androide es mejor amante que un marido, a veces un videojuego es una terapia arriesgada, pero efectiva.

—Cuando La reserva se publique será, si no me equivoco, tu debut literario. ¿Qué consideraciones te merece, en ese sentido, un premio como este, que reconoce a los autores y también publica los libros?

—Este premio, sobre todo en la situación de recorte que atravesamos como país, me parece muy importante, necesario, una posibilidad de visibilizar a las personas que escriben y de establecer conexiones entre ellas, porque los ganadores son pocos en relación con todos los concursantes. Eso quiere decir que hay muchos que están creando, trabajando en nuevos materiales, leyendo.

Los escritores admirados

—Como narradora, ¿reconocés influencias de algunas obras u autores en particular, fuera de lo que mencionamos con respecto al universo audiovisual?

—Sí, por supuesto. Las influencias son muchas, esas autoras y autores que viven en mí y me acompañaron todo el tiempo mientras escribía. Podría nombrar a Ray Bradbury, Truman Capote, Flannery O’Connor, Shirley Jackson, Juan Rulfo, Mariana Enríquez, entre muchos otros.

—En cuanto a tu formación, sos profesora de Letras, pero también llevás adelante una biblioteca popular. ¿Cómo influye esto en tus propias obras?

—Además de escribir, formo parte de la Biblioteca Popular David Blanco desde que la fundamos en 2012. Es una organización social ubicada en Gutiérrez, Maipú, en la que trabajamos con niñas, niños y adolescentes. Nos reunimos a jugar, a aprender, a crear, a transformar lo que nos toca, a hacer amigos. Ese es mi verdadero espacio de formación, además de todas las lecturas que me cambiaron la vida y me la siguen cambiando. Los niños y niñas con los me cruzo en la biblioteca, los adolescentes con los que me cruzo en las escuelas, mi hijo de cuatro años, sus gestos, sus cuerpos ocupando el espacio, sus voces, todo eso impregna cada cosa que escribo, la pregunta en torno a ellos, quiénes son, de qué son capaces, qué sucederá con ellos en el tiempo.

—Además de La reserva, ¿contás con otras obras, en cualquier género, con intenciones de ser publicadas?

—Escribí hace poco una obra de teatro y ahora he retomado la escritura de cuentos. Veremos qué sucede.

Georgina Vacchelli, premiada en el Certamen Literario Vendimia 2026, categoría Cuento.

Georgina Vacchelli, premiada en el Certamen Literario Vendimia 2026, categoría Cuento.

Uno de los cuentos de La reserva, de Georgina Vacchelli

Paseadores

Cuando yo era niña los paseadores no existían. O si los había eran muy pocos. Ahora se los ve por todas partes. Se ubican en las esquinas como las prostitutas. Solo que, a diferencia de ellas, suelen ser más feos y robustos y una puede encontrarlos tanto de día como de noche. El oficio les endurece las pantorrillas. Se les adivinan los músculos de los brazos y de la espalda, incluso cuando es invierno y andan por las calles cubiertos con esos pulóveres flúor que usan para que la gente los reconozca.

Se cuentan mil historias de ellos. Que nunca dicen su nombre, que ni siquiera dicen buenas noches o buen día. Que no solo te alzan y te pasean durante diez minutos. Cuentan que el viaje es mucho más que eso y que quien lo hace una vez lo hará de vuelta y cada vez con más frecuencia.

Hay paseadores de todos los tamaños. Incluso a los bajitos y que parecen menores de edad les va muy bien. La compañía los prepara para soportar grandes cargas, por eso nadie duda de ellos, ni siquiera de esas mujeres flacas que tanto impresionan. Hasta ellas tienen una solidez metálica y una precisión en la mirada de las que es imposible desconfiar. Como cualquier servicio social el de los paseadores también podría estar colapsado, pero no lo está. Abundan y la gente accede a ellos sin inconvenientes.

Yo nunca había viajado en uno hasta anoche. Desde la puerta de calle podían verse varios bultos fluorescentes, parados en las esquinas a la espera de pasajeros. Empecé a caminar sin dirección. Todavía tenía puesta la ropa de dormir y encima un rompevientos. Mientras trataba de subirme el cierre roto, lo vi. Haciendo su guardia nocturna, con la templanza típica de los paseadores y un pulóver de un verde hiriente con lunares rojos en las mangas y en el cuello. Me detuve donde estaba y lo busqué con la mirada. Quería saber si era cierto lo que me habían dicho de sus ojos antes de pararlo. Pero fue en vano. Jamás te miran si no están seguros de que vas a viajar con ellos.

Esperé a que se acercara un poco más y estiré el brazo como para parar a un colectivo o a un taxi. El hombre del pulóver verde se detuvo frente a mí. Hizo una reverencia y me miró durante algunos segundos hasta que una luz fría como la de un flash saltó de sus ojos. Dobló las piernas y se puso en cuclillas. Era grande y extraordinariamente gordo, incluso agachado seguía siendo un poco más alto que yo. Me acerqué y le rodeé el cuello con los brazos. Entonces el hombre se enderezó conmigo a cuestas y me acomodó como un saco de granos sobre su espalda.

Al principio, mis músculos se tensaron, pero esto duró poco. El paseador tenía un cuello ancho y mullido con el que daba gusto rozarse. Su ropa olía a naftalina y a madera barnizada. El olor me tranquilizó. Era muy parecido al olor del ropero en el que me escondía de niña para no oír a mis padres gritar. Su cuerpo se balanceaba muy poco. Como si el hombre anduviera sobre patines. Como si la calle fuera una pista de hielo o una cancha de pasto recién cortada y no ese rectángulo de asfalto sucio y emparchado.

Desde esa altura todas las cosas se veían diferentes. Pasamos por la plaza y me puse a contar baldosas. Noté que el hombre andaba en puntillas y que sus pies evitaban pisar las líneas. Pudo haber sido casualidad, pero ponía demasiada atención en no pisarlas, como si él también conociera ese juego que había sido el favorito durante mi infancia.

En uno de los bancos de la plaza dormía una vieja rodeada de perros. Los animales se erizaron al notar que nos acercábamos y estaban a punto de levantarse cuando el paseador los miró y, aunque lo intentaron, no lograron moverse.

No recuerdo en qué momento cerré los ojos y desde la oscuridad pedí al hombre:

—¿Señor, podría por favor…?

Pero antes de terminar la frase, el paseador ya estaba haciéndolo. Comenzó a palmearme la espalda con fuerza. El ritmo de los golpes era exacto, matemático. No debo haber pasado de los tres golpes porque después me dormí por completo.

Me despertó el impacto y la sensación de fuego sobre el pómulo raspado. Durante unos segundos, antes de abrir los ojos, no pude recordar quién era ni dónde estaba. No entendía por qué me faltaba la respiración, qué era esa mole gigante que me oprimía de la cabeza a los pies. Me pareció oler por última vez la naftalina y la madera recién barnizada, pero el aroma era cada vez más débil, como si alguien lo hubiese encerrado en una bolsa y se lo hubiese robado y corriera con todas sus fuerzas para alejarlo de mí.

Abrí los ojos y recordé. Era domingo y por fin había decidido viajar en un paseador.

Algo había pasado. Algo después de las palmadas y el sueño. Hice fuerza para quitarme al hombre de encima. Yacía derramado con todo su peso sobre mi espalda y me costó mucho trabajo empujarlo y ponerlo a un lado. Habíamos caído a dos cuadras de mi casa. Los paseadores no pueden alejarse más de doscientos metros a la redonda y no debían ser más de las doce, aunque mis diez minutos de viaje se habían agotado hace rato.

Noté que el hombre no reaccionaba. Tenía los ojos abiertos. Bajo la luz de un relámpago los vi negros y opacos. Empezaba a llover sobre nosotros y las manchas oscuras de agua crecían sobre el pulóver. Ya había logrado incorporarme y estaba sentada en el cordón de la calle, sola, sin animarme a tocarlo. Una de sus sienes comenzó a rezumar un líquido espeso. El aceite siguió manando durante unos minutos hasta formar un charco junto a la cabeza.

Llovía cada vez más. Busqué mi teléfono en el bolsillo y marqué el número de emergencia. Denuncié que me había tocado un paseador torpe o averiado. Que estaba tendido a dos cuadras de mi casa y que si no lo retiraban al otro día iba a interrumpir el tránsito. Prometieron recompensarme. Enviarían un modelo más avanzado para que hiciera las rondas por el barrio.

Recién cuando me levanté noté que tenía las piernas entumecidas y que estaba sangrando por un tajo que me había hecho en la cara. Caminé dejando atrás el cuerpo inmóvil, pero tuve que volverme porque sentía que había perdido algo, que algo se me había caído durante el paseo.

Antes de darme cuenta ya estaba otra vez junto al paseador. No quise que el pulóver verde fuera descartado y fundido como chatarra junto con el dueño. Se lo fui sacando de a poco. El esfuerzo me hacía transpirar. Sus brazos pesaban demasiado. El aceite seguía escapando, perdiéndose desde su sien, como todo esa noche, a un ritmo imperceptible y sostenido. El paseador quedó tendido sobre la mancha que se estiraba calle abajo, formando aureolas azules, amarillas y rosadas.

El pulóver mojado era demasiado incómodo para cargarlo. Entonces me lo puse. Me llegaba hasta los tobillos y estaba empapado. Así y todo era mejor que mi rompevientos roto y, en parte, me protegía del frío.

Atravesé la plaza pisando las líneas de las baldosas. Ahí estaba la vieja. Esperaba de pie junto al mástil. Los perros la habían abandonado. Chorreaba agua y le costaba abrir los ojos por la lluvia. El pulóver y yo nos fuimos acercando a ella, atraídos irresistiblemente por aquel cuerpo doblado, que en la oscuridad parecía ser lo último vivo sobre la faz de la tierra.

La vieja extendió el brazo como para parar a un colectivo o a un taxi. Llegué hasta donde estaba. La miré a los ojos y me puse en cuclillas. La mujer me abrazó por el cuello. Me enderecé con el fardo a cuestas. Las costillas de la vieja se clavaron sobre mi cuerpo. No era liviana, pero el encastre era casi perfecto.

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