5 de julio de 2026 - 09:00

100 años de Mel Brooks: Larga vida a la risa que aún nos salva

El centenario creador de Los productores, El joven Frankenstein y El superagente 86 sigue recordándonos que una buena carcajada puede hacer tambalear incluso a los fantasmas más imponentes.

El 28 de junio pasado, el gran Mel Brooks cumplió nada menos que 100 años.

En esos días volvió a circular el fragmento de una vieja entrevista. Un periodista norteamericano, demasiado solemne, le pregunta qué es lo más difícil de hacer películas. A lo cual, con la velocidad de un rayo, Brooks responde:

—¡Hacer los agujeros!

Y de inmediato se entrega a la pantomima grotesca de un obrero que perfora a destajo los bordes de una vieja cinta de celuloide.

Ese breve recorte pinta a la perfección la clase de humor surgido de este inconmensurable maestro del cine y la tv, quien ha legado a esta humanidad sufriente maravillas tales como El joven Frankenstein o el inolvidable e inefable Superagente 86. Un humor hecho de la respuesta veloz, la sorpresa, el ingenio sutil, la frescura y la anti solemnidad.

Pero sería un error pensar que Brooks fue solamente un fabricante de gags. Detrás del hombre que hizo cantar y bailar a Hitler en Los productores, que convirtió al monstruo de Frankenstein en una criatura entrañable o que ridiculizó sin piedad a los cowboys, los sheriffs y los pistoleros del Lejano Oeste, hubo siempre una inteligencia afilada para detectar aquello que una sociedad se envicia en reverenciar.

Nacido como Melvin Kaminsky en Brooklyn, en 1926, hijo de inmigrantes judíos de Europa del Este, combatió durante la Segunda Guerra Mundial antes de dedicarse profesionalmente a la comedia. Esa experiencia no lo volvió solemne. Todo lo contrario. Solía decir que el humor era la mejor arma contra el miedo y que el ridículo podía derrotar a cualquier tirano.

Su carrera fue un milagro de versatilidad. Escribió para la televisión reiventando la comedia norteamericana; creó junto con Buck Henry El superagente 86, la sátira más lograda y desopilante sobre el espionaje; formó con Carl Reiner el inolvidable dúo de "El hombre de los dos mil años" y, cuando parecía haberlo hecho todo, conquistó Broadway con la versión musical de Los productores, que arrasó con los premios Tony. No abundan los artistas capaces de ganar Emmy, Grammy, Oscar y Tony. Brooks integra ese club selecto.

Hay, además, un dato menos conocido. Mientras medio mundo lo identifica con la carcajada desbordada, también produjo películas dramáticas de enorme prestigio, entre ellas El hombre elefante, de David Lynch, y La mosca, de David Cronenberg. Tuvo la inteligencia suficiente para no imponerles su sello humorístico. Comprendió que el mejor productor es, muchas veces, el que sabe desaparecer.

A los cien años conserva una lucidez que asombra. Uno de sus hijos, Max, contó hace pocos días que sigue con la mente "afilada como una navaja" y que su imaginación continúa sin jubilarse.

Otro gigante del humor judío como Woody Allen imaginó hace años, en Hannah y sus hermanas, que un hombre recupera las ganas de vivir mientras ve una película de los Hermanos Marx. Hay una tradición ahí, que une a Groucho con Mel Brooks (y con Allen): la convicción de que la risa no es un adorno de la existencia sino una forma de resistirla. Allí donde la muerte parece dictar la última palabra, aparece un chiste para quitarle prestigio.

Por todo esto, larga vida Mel Brooks, aunque a tus 100, ese deseo parezca un chiste (de los tuyos).

LAS MAS LEIDAS