23 de mayo de 2026 - 09:00

"Lup": último movimiento de la trilogía jazzera de Rubén Valle

El periodista, poeta y escritor mendocino presenta el cierre de Yaz, una obra poética que busca transformar la escucha musical en escritura.

Con la publicación de Lup, Rubén Valle completa Yaz, una trilogía poética atravesada por el universo del jazz y concebida como una exploración literaria de sus ritmos, atmósferas y formas de improvisación. Editado por Libros de Piedra Infinita, el nuevo volumen llega después de Mud (2024) y Fri (2025), y termina de delinear un proyecto singular dentro de la extensa obra del autor: escribir no solamente sobre música, sino desde la música.

Lejos de cualquier aproximación académica o nostálgica, Valle construye en estos libros una escritura permeable al pulso del jazz, a su respiración cambiante y a su libertad estructural. En el posfacio de Lup, el músico y comunicador Erni Vidal resume esa búsqueda con precisión: “Rubén Valle convierte la escucha en escritura”.

Con una trayectoria que abarca poesía, narrativa breve, periodismo y composición de canciones, Valle encuentra en Yaz uno de los proyectos más personales y cohesivos de su recorrido literario.

— ¿Cómo fue que comenzaste con esta trilogía dedicada al jazz?

Empezó por las ganas de llevar el mundo del jazz a la poesía. Siempre lo había asociado mucho con la literatura, sobre todo por lo más previsible, lo más cercano que uno tiene: Cortázar. Y por esa explicación que daba Cortázar acerca de que él buscaba con su escritura la respiración del jazz. Cosa que en muchos momentos de su obra está presente. Pero fundamentalmente me gustaba esa atmósfera del jazz y asociarla al tema de la poesía.

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— ¿Sos también un melómano como Cortázar?

Aunque por una cuestión generacional soy de la generación del rock, me fui familiarizando cada vez más con el jazz. Sin ninguna pretensión de ser especialista, sino dejándome abordar por esa música. Al cabo de los años tengo un conocimiento, pero tampoco soy un erudito ni me interesa serlo. Me interesa disfrutarlo

— En las tapas de los tres libros están las imágenes de Miles Davis, Mingus y Sonny Rollins. ¿El concepto poético de cada libro se corresponde con esas figuras?

No necesariamente. Es más bien tomar tres referentes y tres instrumentos. Quien lo pensó fue el editor, Fernando Toledo, junto con Hernán Schillagi, que trabajó el diseño. Se corresponde en el espíritu. Podría decir que Mud, mi libro, y las distintas etapas de Miles Davis se corresponden. En el caso de Fri, que es la segunda entrega, Mingus es un tipo que tenía trabajos muy diferentes uno de otro, con lo cual esa libertad estaba presente en su búsqueda todo el tiempo. Fue uno de los más disruptivos, a mi juicio. Y Sonny Rollins es como el más espiritual.

Pero cada libro fue encontrando un camino distinto. Sentía que con Mud me quedaba todavía camino por recorrer, y Fri era eso: hacerlo más experimental, hablar de todo un poco, siempre dentro de ese entorno del jazz. Y Lup, que publico ahora, es un poco más atado al jazz nuevo.

— ¿Con cada libro también desarrollaste alguna estrategia diferente?

Lo bueno cuando planteás una trilogía es que repetís cierta fórmula, pero no en la escritura sino en la estructura. Por ejemplo, todos los libros cierran con notas vinculadas al jazz, que hacen referencia a los poemas: de dónde surge el poema, si viene de algún tema musical, o si viene de una anécdota. Esas notas están en los tres libros al final. Y los tres tienen un posfacio escrito por distintas personas: Miguel García Urbani, que es periodista; Sergio Morán, que es poeta; y Erni Vidal, que hace programas en FM y es músico. Tres miradas externas, no necesariamente de especialistas, pero sí de gente que puede apreciar el jazz y sintonizar con la propuesta.

— ¿Escribiste con la música de estos jazzmen de fondo?

Diría mejor que es el efecto residual de lo que escuché, de lo que me gustó, de lo que me produjo. No es algo programático; no es "voy a escuchar treinta composiciones para escribir treinta poemas". Hay poemas que sí vienen de alguna composición; en otros casos viene de la tapa de un disco; en otros, de una historia que leí. Son distintas entradas.

A mí me divierte mucho eso. No sufro escribiendo. Para mí es algo muy placentero, y no deja de maravillarme, a esta altura, después de tantos años y de varios libros, lo que uno puede producir, lo que uno puede encontrar adentro y afuera de uno.

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— ¿Y cómo funciona eso? Porque al mismo tiempo tenés una intensa vida social por tu trabajo.

Lo tengo absolutamente incorporado. No es que le robo horas al trabajo, pero si estoy trabajando y se me ocurre una idea, no tengas duda de que la voy a escribir. Por ahí son embriones. Trabajo mucho con libretas; he tenido cuadernos toda la vida y muchas veces las bases están ahí. A veces está la base de un poema, o un título, o una idea de lo que puede ser un concepto que después puedo desarrollar como un libro. Tengo muchos libros inéditos, muchos libros que son semilleros que se van conformando con el paso de los años.

— Te has desplegado en varios géneros cuyos límites u horizontes se tocan: la poesía, el cuento corto, el aforismo. ¿Todo viene de la poesía?

Se podría decir que sí. Cuando pasé a escribir narrativa breve fue porque quería salir del corsé que por ahí te impone la poesía. Podés escribir la poesía más libre del mundo, pero en un punto tiene una arquitectura que te restringe. Entonces tenía ganas de contar historias. Y ahí, yo creo que si tengo algún sello personal en la narrativa: una mirada poética. No me acuerdo si era Auster o alguien más quien decía que un escritor era más completo si venía de la poesía. Y estoy convencido de que eso es así.

—¿Qué tiene el jazz que tenga la poesía, y viceversa?

Hay un montón de paralelos: la respiración, fundamentalmente; la armonía; los climas; la atmósfera; la arquitectura. Si uno se pone a escuchar determinados músicos, puede establecer paralelos con poetas. Por ahí son paralelos arbitrarios, caprichosos, pero podrías preguntarte quién es el Charles Mingus de la poesía, quién tiene el equivalente a Miles Davis.

— ¿Y cómo sentiste que esta trilogía se entronca en tu obra?

Es un hito, aunque suene pomposo. Para mí lo es. Probablemente no para un biógrafo o para un lector común, pero en mi propia producción sí, porque fue escribir libro tras libro detrás de unos mismos objetivos.

— ¿Y si tuvieras que definirte como poeta a esta altura?

—No sé. Intento tener una mirada auténtica sobre el mundo, y eso puede traducirse desde un poema amoroso hasta una visión del jazz. Supongo que uno traduce en su poesía la visión que tiene de la vida y la búsqueda de uno mismo. Sigo escribiendo porque me sigo conociendo, me sigo buscando y me sigo asombrando. Es lo que más me divierte. No la sufro; no veo la escritura como un sufrimiento, sino como un aprendizaje, un disfrute, una forma de conocimiento.

Un nuevo libro de narrativa breve

— También escribís narrativa breve, microrrelato. ¿Y ahora sacaste otro libro?

Se llama El color del caballo blanco. Lo edité con la editorial nacional Macedonia. A mí me interesa mucho la narrativa breve, le tengo mucho respeto. No por nada se ha popularizado: es algo viejísimo. Llevo varios ya. Creo que este es el quinto libro, pero es el primero que publico en papel; los otros tienen ediciones electrónicas. Después tengo una novela inédita, un libro de cuentos más largos también inédito. Están ahí.

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