17 de mayo de 2026 - 11:48

Cómo es el nuevo libro de cuentos de Lila Levinson

En su columna, Marta Castellino analiza el nuevo volumen de relatos de la reconocida comunicadora mendocina.

La reciente aparición de la colección de cuentos Viaje en Lila, de la comunicadora, actriz, hacedora cultural y escritora mendocina Lila Levinson, me sugiere una serie de consideraciones. Ante todo, saludo la aparición en volumen de las muestras del talento narrativo de la autora, que anteriormente había conocido por publicaciones periódicas, cuando no a través de manuscritos provistos por la propia Lila.

Al respecto, no puedo menos de recordar un texto en que se recrea a un personaje fascinante de la historia mendocina (novelado por varios otros autores, como Sonnia De Monte en su novela Marzo, a la que alguna vez me he referido en esta misma columna): María de la Luz Sosa de Tomás Godoy Cruz. Una mujer que escapó sin duda a los parámetros de su época (en realidad, a los de cualquier sociedad civilizada) cuando mandó a asesinar a su joven yerno, del que estaba enamorada.

La fuerza incuestionable del personaje dicta esta incursión de Levinson, plenamente lograda, por los terrenos de la evocación histórica. En el caso de este libro, y jugando con la sugestión del título, y con una evidente intertextualidad con la obra de otro autor famoso, me animaría a decir que estos de Lila son “cuentos de todos colores”, tal como califica Horacio Quiroga a sus Cuentos de amor de locura y de muerte (1917).

En ese volumen figura el archiconocido relato A la deriva, constituido en epígrafe de uno de los cuentos de Lila, a favor de una continuidad temática y de ambiente, que se reitera en el texto siguiente; en ambos se exploran desde otro ángulo, menos objetivo y más humano, las condiciones de vida en una zona fluvial y selvática, con sus conflictos inherentes.

En otros, en cambio, el ambiente urbano nos trae nuevamente a nuestra cotidianeidad, a sucesos anunciados por los periódicos, como la noticia de que “Cayó la patota del barrio Mailén”, o se realiza una entrañable reconstrucción de costumbres en un hogar judío, en el cuento titulado La bobe Rebeca, que condensa en pocas líneas toda una serie de memorias familiares.

Tampoco son ajenas al volumen las referencias a la tierra mendocina; su montaña y sus pobladores originarios, recreados en tono legendario en Los tiempos, la tierra. O las reflexiones de índole general, acerca de los grandes temas que acucian a los seres humanos, como el tiempo, como la vida y la muerte ( Los tiempos, la guerra), como la enfermedad que convierte la realidad en Un mundo fragmentado, en el que "El día y la noche se convierten en recuerdos fugaces y esplendorosos como el sol”, en medio de un “presente de tinieblas, sin saber de dónde viene ni hacia dónde va” (2026, p. 62).

También incursiona Lila en el campo de lo fantástico, con distopías como El último hombre o historias de encantamientos, de espejos y duplicaciones como El ojo del mago, con mucho de pesadilla y un dejo borgeano, como el que se advierte también en la meditación sobre el infinito y las mutaciones de tiempo y espacio que otorgan densidad a “Cosmogónico y floral”.

Múltiples son además las lecturas que abrevan la escritura de Lila, expresas a través de epígrafes, tan diversos como Nicolás Guillén o la cita de un Principio Hermético del Kybalión, como Nietzsche y Jung. Consecuentemente, son múltiples y variadas las temáticas, dentro de una unidad de ejecución que revela a una consumada narradora, totalmente en posesión de las herramientas de su oficio.

Cierra el volumen un conjunto de poemas, entre los que rescato uno, en el que el hablante lírico remite a otra de las facetas de esta personalidad riquísima de la cultura mendocina: su vinculación con el arte dramático y, en general, con distintas ramas del arte: “Amo la música prendida en los espacios negros, / las palabras enroscadas en los telones de los teatros. / Amo a los que actúan, escriben, danzan, pintan, cantan” (2026, p. 89).

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