Convocatoria de Los Andes: Tormentas aisladas, un relato de Marcela Raggio
En este cuento, la autora presenta a una mujer que va a ir a despedir a un amigo, alguien que forma parte de un pasado añorado. Pero, se sabe, "la vida va pasando" y siempre se impone.
No llueve nunca en Mendoza, pero el día que Gael pasó a despedirse, habían anunciado tormentas aisladas. Gael es uno de los amigos que siempre hemos admirado. La primera vez que lo vimos, acababa de llegar de Francia. Desde chico fue un ciudadano del mundo. Apareció en el bufet con sus dieciocho años, una boina campera y la guitarra. Igual, nos aclaró desde el principio que iba a estudiar Ingeniería. No lo podíamos creer, y tratamos de convencerlo para que se quedara en Filo; pero no lo logramos. En cambio, no faltó nunca a ninguna de las guitarreadas, y era de los más entusiastas en las veladas poéticas los fines de semana.
El mensaje nos llegó al chat grupal. Gael avisaba que se mudaba a vivir a Alemania y que iba a estar dos días en Mendoza. Práctico, como buen ingeniero, no preguntó ni quién, ni a qué hora, ni dónde. Solamente contó que el jueves a las siete de la tarde iba a estar en el café de siempre, donde hacía casi treinta años habíamos inaugurado el ritual de reunirnos los viernes. Claro que desde el accidente de Juan los encuentros se espaciaron bastante; y después, cuando nos fuimos recibiendo, casando, teniendo hijos, en fin, a medida que nos fue pasando la vida, no volvimos más al café. Pero todos sabíamos a qué lugar se refería. Los que quisieran, podían pasar por ahí un rato a despedirlo.
El pronóstico había anunciado lluvias, pero casi nunca creo en esa especie de horóscopo. Es que ya se sabe, tanto las lluvias como el zonda son una ruleta en Mendoza. Es difícil saber si se cumplirán o no. Por las dudas, puse un paraguas en el baúl, y a las seis y media salí a llevar a los chicos al club. Tenía quince minutos de ida hasta el café, tres cuartos de hora para charlar un rato con Gael, y quince de vuelta antes de que terminara la clase de fútbol.
Los primeros relámpagos se veían lejos, sobre las cumulus nimbus que seguro iban a azotar otra vez las fincas del este. Pero la distancia era solo una cuestión de ilusiones ópticas. Los truenos retumbaron sobre nosotros mientras los chicos gritaban divertidos en el asiento de atrás. Nos sorprendió la lluvia a cántaros, como las de verano, aunque estábamos en agosto. El tránsito por el acceso sur se volvió una lenta fila de autos con luces brillantes, atascados en la doble trocha donde los conductores impacientes tocaban bocina imprecando a la naturaleza. El limpiaparabrisas a máxima velocidad apenas alcanzaba a barrer el agua del chubasco, que lógicamente anegó las canchas. La clase se había trasladado del club al gimnasio, a cinco kilómetros por el callejón de tierra que la tormenta transformó en un cauce desbordado. Para cuando logramos llegar al gimnasio, eran las siete y cuarto. Hice bajar rápido a los chicos, que corrieron apurados bajo el chaparrón hasta la puerta donde esperaba el profe. Zelda y Laura ya estaban mandando fotos desde el café.
Aunque habían pasado décadas, seguía igual: el piso en damero blanco y negro, las mesitas arrinconadas bajo las lámparas amarillentas, y las cortinas verde oliva. Era temprano; pero igual había una botella de vino bueno sobre la mesa. En la foto no alcanzaba a distinguir qué varietal era; conociéndolo a Gael, seguro habían elegido un Malbec lujanino. La luz cálida y las sonrisas en las fotos no tenían nada que ver con mis nervios y mi apuro por dar la vuelta en U en el callejón anegado y tratar de llegar al café.
Cuando logré salir al acceso de nuevo, quince minutos más tarde, un platito con tostados y Florence ya aparecían en la nueva tanda de fotos que ojeé mientras esperaba que se descongestionara la ruta. Seguía lloviendo: ahora era una garúa finita, fría, constante. El asfalto brillaba resbaladizo; y cuando se podía, avanzábamos veinte, treinta metros hasta que otra vez la fila se detenía sin razón aparente. Los vidrios del auto estaban empañadísimos; si abría las ventanillas, entraba el agua helada; si las cerraba, apenas lograba distinguir los faros del coche de adelante. Me acordé del campamento en Potrerillos el verano del 94: llovió todo el fin de semana y nos quedamos atrincherados en la cabaña tocando la guitarra, fumando y tomando mate, despreocupados de lo que ocurría al otro lado de las ventanas. Entonces no lo sabíamos, pero esa fue la última vez que estuvimos todos juntos, el último ramalazo de adolescencia. El accidente de Juan el invierno siguiente nos mostró la dureza de la existencia. Después, Clara se casó y se mudó a Buenos Aires para siempre, y Gael se fue al Balseiro y ya solo lo veíamos unos pocos días cada navidad, hasta que se fue becado a Alemania.
Como a la vida le gusta repetirse, treinta años después Gael se estaba yendo de nuevo, aunque sin la fiesta sorpresa que habíamos organizado en los 90. Si el embotellamiento se despejaba, iba a poder despedir a Gael. Ya por San Martín Sur, demorada en un semáforo de cuatro tiempos, recibí la foto del brindis. Laura y Zelda de un lado de la mesa, Gael y Florence del otro, la botella casi vacía y las copas en alto, los ojos brillantes y las risas, que podía escuchar en mi cabeza, como también adiviné al mozo que sacó la foto, amable y paciente ante las indicaciones de Zelda, nuestra fotógrafa oficial desde que éramos jóvenes.
A las ocho y cinco, mientras trataba de estacionar, sonó el celular y escuché al profesor diciéndome que el entrenamiento había terminado. El agua se había filtrado por los techos del gimnasio y mis hijos eran los últimos que quedaban esperando que alguien los fuera a buscar. Creo que ya casi ni siquiera chispeaba, pero de todos modos fue como en una nebulosa que alcancé a ver a Gael acomodándose la boina bajo la llovizna y abrazando a las chicas antes de subirse a un taxi. Las tres cruzaron por la senda peatonal bajo el paraguas elegante de Florence y se alejaron conversando por la vereda desierta. Volví a dar una vuelta en U sin que nadie se diera cuenta.
Marcela Raggio
Marcela Raggio, doctora en Letras y escritora.
Sobre la autora: Marcela Raggio
Marcela Raggio nació en Mendoza en 1971. Estudió Lengua y Literatura Inglesa, se licenció y doctoró en Letras en la Universidad Nacional de Cuyo, y realizó una Maestría en Historia y Estética del Cine en la Universidad de Valladolid. Es profesora de Literatura Británica y Norteamericana en la facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo. Además, es investigadora de CONICET. Ha publicado estudios sobre poesía, traducción poética y cine, como Leonardo Favio: cine argentino de antihéroes (2011), Poesía inglesa y poéticas de la traducción (2012) y Thomas Merton: el monje traductor (2018). El cuento Tormentas aisladas pertenece al volumen Volver a los diecisiete, que será editado próximamente. El libro está disponible solo mediante preventa y se puede reservar en https://caburelibros.ar/product/volver-a-los-diecisiete/