Convocatoria de Los Andes: Sobre mantener la identidad..., un ensayo de Agustina Curadelli Amani
La joven comunicadora y escritora nacida en Brasil, pero radicada en Mendoza, reflexiona sobre decisiones vitales contras las cuales conspira el propio ámbito en el que un oficio o una pasión deben desarrollarse. El título completo del escrito es "Sobre mantener la identidad o aceptar el contrato de las redes sociales".
Redes sociales.
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Agustina Curadelli Amani, comunicadora y escritora.
Cada tanto —por no decir siempre— me pregunto por qué sigo haciendo esto. A veces me respondo –y consuelo– con lo que alguna vez leí en una columna de Leila Guerriero: “Sabía lo que quería hacer –escribir, escribir–, pero no cómo se hacía para vivir de eso". Leila tenía diecinueve años cuando se cuestionaba esas cosas. Yo, 25. Siempre que recuerdo esas palabras un halo de esperanza entra en mi psiquis y reduce un poco el estado de ansiedad en el que vivo.
Cuando Leila no sabía cómo hacer para vivir de la escritura, no había internet. ¿Qué excusa podríamos tener ahora? La ubicuidad de pantallas y la sobreabundancia de información que circula en la red abre una nueva dimensión donde todo pareciera ser posible. La hiperconexión nos hace creer que siempre podemos ser más eficientes y que el único esfuerzo que las cosas merecen es el de un clic. Antes la gente escribía cartas. Ahora sentimos que nos pasamos de coquetos con un like en una story.
Digamos que la tecnología digital, desde sus inicios, ha sostenido la promesa de facilitarnos la vida, de ser posibilitadora de aquello que creíamos imposible. También resultó terreno de mucha frustración y engaño, pero eso a nadie le gusta admitirlo. Si bien es cierto que internet permite crear, expresar y consumir lo que una quiera, cuando quiera y cómo quiera, esta pseudo-libertad absoluta —que funciona bajo las reglas de quienes manejan las plataformas donde nos creemos libres— también asfixia. El hecho de que nos “sirvan en bandeja” las herramientas con las cuales se supone que podemos hacer todo y hacerlo de la mejor manera posible, deja caer todo el peso de la responsabilidad sobre nosotros. Mejor dicho: sobre cada individuo —para la red, no existe un nosotros. Entonces, si tenés 19, 25, 34 o 42 años y no sos exitoso, el problema es tuyo, mamita, papito. Tenés todo para ser tu mejor versión y ganar plata sin moverte de tu casa; si a estas alturas no estás en tu prime, dejame decirte que sos un fracaso.
La red es un lugar —o quizás un no-lugar, diría Marc Augé— donde pasan cosas todo el tiempo. Cosas que tienen que ver con nuestra vida social, sexoafectiva, familiar, laboral, etc, etc. Una compañera de la facultad hizo una analogía y pensó las redes sociales como un nuevo no-lugar. Explico un poco: un no-lugar es aquel espacio que, según el antropólogo francés Marc Augé, “no crea ni identidad singular ni relación, sino soledad y similitud”; donde “reina la actualidad y la urgencia del momento presente". Dos ejemplos claros son los aeropuertos y los supermercados. Ambos son espacios por los que la gente solo pasa y no habita. Carecen de identidad y de historia y liberan a quien ingresa allí de “sus determinaciones habituales”; esa persona, mientras está de paso, “sólo es lo que hace o vive como pasajero, cliente, conductor.”
Tiene todo el sentido del mundo, entonces, que Emi —mi compañera— pensara en las redes sociales como no-lugares. Cuando entro al Carrefour, no importa si voy triste porque discutí con alguien o si me duelen los cachetes de tanto reírme con amigas, soy solo una clienta más. Recorro las góndolas y de algún modo, suscribo a la relación contractual que propone ese espacio: agarrar un carrito, cargarlo con lo que necesito y pagar lo que llevo. Entrar a Instagram es bastante parecido: tampoco importa mi estado de ánimo o de salud, soy solo una usuaria más. El contrato: scroll, scroll, scroll, me gusta, un comentario, me gusta, comparto algo (para asegurar que existo), scroll, scroll, scroll.
Ahora vuelvo al punto de partida: mi preocupación por cómo vivir de la escritura. Si siguiéramos la línea del pensamiento hiper-mega-celebratorio de la tecnología tendría que decir que soy un completo fracaso. ¿Cómo no me pongo las pilas y comparto lo que escribo en redes? La tengo servida. Aunque varias veces al día caigo en la tentación de auto-responderme así, también encuentro cierta incomodidad en esa respuesta. Las redes sociales son maravillosas para muchas cosas, pero como dije, se parecen bastante a un no-lugar donde reina la urgencia del momento presente y donde, sobre todo, se pierde mucho de nuestra identidad. En ese mundo que es Instagram, por ejemplo, la gente que mira mi perfil construye una idea de mí solo en base a las fotos que decido publicar y al modo en que lo hago (de más está decir que mi identidad dista mucho de ser un conjunto de fotos aesthetic). En definitiva, es un espacio donde paradójicamente hay mucha diversidad de personas, pero reina la sensación de “soledad y similitud”. Somos muchos, pero nos sentimos solos. Somos muy distintos, pero aceptamos el mismo contrato.
Cuando pienso en la práctica de la escritura, pienso en todo lo contrario. La escritura es un lugar que crea identidad singular y teje relaciones comunes. ¿Cómo podría sucumbir algo tan poderoso a las condiciones de vaciamiento identitario a las que nos someten las redes? Dice Hannah Arendt que “la cuestión entonces no es que haya una falta de admiración pública por la poesía y la filosofía en el Mundo Moderno, sino que tal admiración no constituye un espacio en el que las cosas se salven de la destrucción del tiempo.”
Todavía no encuentro una respuesta que logre convencerme, pero seguiré en la búsqueda. No creo que la solución sea ceder. No quiero encerrarme, como dice Hannah, en la subjetividad de mi propia experiencia singular y creer que porque veo similitudes en feeds ajenos compartimos algo en realidad. Prefiero escribir y no saber cómo se hace un reel. Aunque nadie lea o aunque todo el mundo lo haga, hay mucho más de mi identidad en estas palabras que en los dumps aesthetics que tienen 150 likes más. Por ahora, aunque sin muchas certezas, elijo seguir haciendo esto y ver, leer y escuchar a los demás por fuera del contrato que ofrecen esos no-lugares.
Agustina Curadelli
Agustina Curadelli Amani, comunicadora y escritora.
Sobre la autora: Agustina Curadelli Amani
Agustina Curadelli Amani nació el 1 de noviembre del 2000 en Porto Alegre, Brasil, pero su hogar siempre ha sido Mendoza. Es licenciada en Comunicación Social de la Universidad Nacional de Cuyo y en 2022 publicó El arte de cobrar vida, su primer libro de poemas. Actualmente publica algunos ensayos en su propio rincón dentro de Substack: “Tal Cual”.