Mara sostiene que es fácil saber casi todo acerca de alguien sólo con una mirada al interior de su valija. ¿Qué objetos llevaría a una isla desierta si sólo pudiese elegir tres? Era chica cuando oyó por primera vez la ya clásica pregunta. Y no tardó en descubrir que si la respuesta es sincera define con certeza la personalidad de quien escoge.
En un retiro en la montaña escuchó maravillada a un monje budista llegado de Tailandia. Le contaba a un intrigado grupo de occidentales en búsqueda de un poquito de sabiduría que, al ingresar a su reclusión elegida en el monasterio, le entregaron una cajita con sólo dos túnicas de trapo naranja, teñido con cúrcuma, y un cepillo de dientes de bambú. Nada más. Ni siquiera dentífrico o jabón, porque hay en los baños comunitarios, había narrado sonriente el asceta. No aferrarse a objetos, a pensamientos, a personas. Pocos logros cuestan tanto al ser humano como el desapego. O será que el común jamás se plantea esto como algo deseable. Si no más bien, todo lo contrario.
Siempre se ha ufanado de su forma de empacar precisa, práctica, tal como ella. O como desearía ser, y no es, en todas las otras instancias de su vida. Lo hace casi de oficio, con la maestría que confiere la fuerza de la repetición de un rito. Evita lo innecesario, ya sea por incómodo o por banal. No titubea. Con el pasaporte a la vista y la tablet atestada de ensayos y novelas, incluye sin premura un mínimo y perfecto número de prendas. Elige sólo las fácilmente combinables. Más por su trabajo como curadora de arte que porque le guste la formalidad, siempre lleva algo discreto pero elegante para asistir a las bienales o por si se le presenta la posibilidad de una noche de ópera. También acostumbra reservar un poco de espacio en su equipaje para no privarse de alguna compra fortuita: una pashmina en un mercado de Mumbai; un libro-gema hallado en alguna librería de viejo en Praga o sandalias adquiridas con el arte del regateo, para no ofender al vendedor, en una callejuela marroquí. Desde hace tiempo se permite guardar también entre su ropa algo inútil a su lógica: un portarretratos con Lolo bebé, de ojos curiosos, en los brazos protectores de Sebastián. Dos personas y el único arraigo que ha experimentado en su vida luego de la infancia en compañía de su padre.
Mara disfruta de la displicencia mundana con la que camina a través de cualquier aeropuerto, sin esfuerzo, impulsando tras de sí su equipaje ligero, casi como una extensión de su propio cuerpo. Siempre le ha suscitado entre pena y ternura aquella gente que acarrea el peso de sus valijas con dificultad y desesperación a partes iguales, para no perder el vuelo. La carrera sería menos penosa si la carga fuera liviana. A veces unos cuantos gramos —incluso dicen que el alma pesa tan sólo 21— pueden hacer la diferencia entre el alivio por alcanzar el avión o la frustración por las oportunidades perdidas, por el potencial amor de la vida al que se plantó en otro continente o la madre desahuciada a la que se llegó a besar ya sin vida.
En el embarque Mara siempre mira al pasar, con incredulidad, la colección de navajas y cuchillos decomisados y no entiende cómo hay gente a la que todavía se le ocurre cargar con eso en su equipaje. Luego de aterrizar, acostumbra bajar del avión serena y decidida, sin la necesidad ni la pérdida de tiempo que supone detenerse a otear en el interminable desfile de valijas serpenteando sobre la cinta, porque jamás guarda algo en la bodega.
Sólo experimenta una sutil incomodidad al pasar por los controles. No porque esconda algo ilegal, sino más bien por la aprensión que le suscitan las historias de esos a quienes les plantan un paquete inconveniente.
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Hace mucho, demasiado, que no viaja. Ahora otra vez se dispone a empacar. Posa la pequeña valija sobre la cama y desliza con delicadeza el cierre. Toma el portarretratos sobre la cómoda en su habitación. Lo aprieta contra el pecho. Cierra los ojos. Los abre rápido. Revive la confusión por el impacto. Los hierros retorcidos. El cuerpito de Lolo inmóvil en la sillita de atrás. La expresión vacía de Sebastián con la cabeza de lado sobre el volante. Y ella aparentemente viva. En medio del tumulto de imágenes, sobreviene una feliz: es la sonriente Mara de siete años. Unas manos grandes y firmes le cubren los ojos y ella gira un globo terráqueo antiguo, sepia, ajado de tanto tocarlo con el índice descubridor. Es un juego que hacía de niña con su padre. Se reían mucho en sus viajes imaginarios y ella aprendía el nombre de un puñado de ciudades lejanas cada vez.
Cierra de nuevo los ojos, invoca al azar como cuando era pequeña, sólo que ahora el dedo aterriza a ciegas en la interminable lista de vuelos de su notebook.
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La agente de seguridad aeroportuaria agranda los ojos al constatar que en la valija no hay nada, la mira de frente, quizás quiere comprender el vacío. Mara levanta apenas los hombros. A veces es necesario hacer espacio, no necesita decirle en alguna de las muchas lenguas que ha aprendido casi sin esfuerzo a lo largo de su vida. Y atraviesa las puertas vidriadas acarreando su valija.
Sobre la autora: Verónica Oyanart
Verónica Oyanart es licenciada en Comunicación Social y realizó el Profesorado Universitario en la Facultad de Filosofía y Letras (UnCuyo). Ha trabajado como periodista y editora en Diario Uno y escrito durante años para diversas publicaciones. Eligió cambiar la vorágine de los medios por enseñar Yoga y Meditación a jóvenes con Síndrome de Down y dar clases de Comunicación en escuelas alejadas de la ciudad, frente a las viñas mendocinas. Lectora voraz y escritora por la diversión de jugar con las palabras e inventar universos, su producción literaria incluye relatos, además de obras para público infantil.