14 de febrero de 2026 - 00:25

El bodeguero sin tumba: el destino final del corazón de Antonio Tomba

Un final en altamar para el bodeguero que construyó un imperio del vino y dejó su memoria entre dos continentes.

Cada tumba guarda algo más que un cuerpo: conserva decisiones, viajes, despedidas y silencios. Hoy, en Historias Funerarias, nos detenemos en el bodeguero Antonio Tomba, figura clave de la vitivinicultura mendocina, cuya muerte lejos de su tierra adoptiva y el destino de sus restos revelan una historia atravesada por el exilio, la enfermedad y la memoria.

Del Risorgimento italiano a la promesa mendocina

Antonio Tomba nació en 1849 en Valdagno, en la región italiana del Véneto, dentro de una familia trabajadora vinculada a la elaboración de vino. El clima político del Risorgimento -proceso que llevó a la unificación de Italia- y su temprana participación como voluntario en las tropas de Giuseppe Garibaldi moldearon un carácter audaz, propio de tantos inmigrantes que luego buscarían destino en América.

Tras diversos intentos laborales en su patria y luego en la Argentina —desde fábricas hasta pequeños emprendimientos comerciales— terminó estableciéndose en Mendoza, donde abriría un almacén y más tarde levantaría la bodega que llevaría su apellido. Allí alcanzó una prosperidad notable: la empresa llegó a producir una parte sustancial del vino consumido en el país y extendió su presencia comercial a ciudades como Rosario y Buenos Aires.

El crecimiento económico no le hizo olvidar sus raíces ni su entorno. Trajo a sus hermanos desde Italia y participó en obras comunitarias, como el impulso a instituciones sanitarias y sociales en Godoy Cruz, dejando una huella que excedía lo estrictamente empresarial.

En palabras de Gina Lombroso, quién visitó nuestra provincia y fue hija del famoso criminalista, Tomba “Fue un italiano, un véneto muy práctico en la fabricación del vino que mejoró la suerte de la vid. Entendió que la razón por la cual el vino de Mendoza no salía bien era el calor excesivo durante la vendimia y puso heladeras para resolver el inconveniente. Así, fabricó vino bueno y la gente lo compró. Su empresa creció mucho”.

Enfermedad, viaje y muerte en el océano

Sin embargo, el final de Tomba estuvo lejos de la prosperidad que había construido. Hacia 1899 los síntomas de una enfermedad grave —diagnosticada como cáncer tras una intervención en Buenos Aires— marcaron el comienzo de su despedida. Ante la certeza de la muerte, decidió regresar a su Italia natal acompañado por su esposa e hijo.

El destino, no obstante, alteró incluso ese último deseo. Tomba murió en plena travesía atlántica, sin alcanzar nuevamente Valdagno. Su cuerpo fue arrojado al mar, práctica frecuente en los viajes transoceánicos cuando no era posible conservar los cadáveres a bordo. Antes de ello, se extrajo su corazón para que pudiera ser enterrado en su ciudad natal donde descansa junto a su madre, cumpliendo parcialmente su voluntad.

Valdagno y Godoy Cruz: dos geografías de la memoria

En Godoy Cruz, donde había levantado su imperio vitivinícola, la familia construyó un espacio funerario que mantuvo viva su memoria entre descendientes y trabajadores vinculados a la bodega. Ese mausoleo, hoy casi vacío, funciona como un cenotafio simbólico: no alberga al fundador, pero conserva su presencia histórica.

Incluso la cultura popular prolongó esa memoria. En el mismo año de su muerte se fundó el club deportivo integrado por obreros de la bodega, antecedente directo del actual Club Deportivo Godoy Cruz Antonio Tomba, cuyo nombre continúa evocando al inmigrante que dio identidad a la comunidad.

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