Convocatoria de Los Andes: Hablar como los dioses, un cuento de Lelia Musa

En esta narración, la escritora residente en General Alvear plantea con humor un diálogo entre una madre fanática de la mitología y una hija que usa los modismos propios de la juventud.

Aún la Aurora no había asomado, cuando la impiadosa alarma del despertador me arrancó de los brazos de Morfeo. De un salto me senté en la cama, estaba aturdida y desorientada; mi inconsciente sabía que era domingo y que aún reinaba la noche. Entonces, lo recordé, el inmisericorde reloj sonaba sacándome de mi letargo para recordarme que era la hora de ir a buscar a mi hija que había salido con sus amigos. Extraño, pero me había quedado dormida profundamente, esta vez no lo había hecho como Argos.

En pantuflas, pijama y apenas abrigada con una campera que tomé al pasar, me dirigí a buscarla. Como siempre, tuve que llamarla a su celular para avisarle que estaba afuera, esperándola. Me alarmé cuando vi que su rostro y el de sus amigas (siempre hay que llevar a más de una amiga a sus respectivos hogares) no estaban exultantes como siempre (en contraposición con el mío que revelaba mi malhumor por tener que levantarme en la madrugada y andar haciendo de taxi). Por un momento, pensé que tenían sueño igual que yo, pero sus caritas indicaban otra cosa. Antes que pudiera preguntar qué había sucedido, mi hija dijo:

—Una porquería la juntada, la pasamos horrible. ¡Todo era un quilombo!

—Un caos, querrás decir ––la corregí con esa manía mía de hablar con adecuación y, según ella, con expresiones raras.

—¡Lo mismo, má! Lo que importa es que fue un espanto. No te llamé para que vinieras antes a buscarme porque no te quería preocupar.

Me quedé rígida, como de piedra. Mi cabeza, acostumbrada a elucubraciones y a adelantar desgracias, pensó que una tragedia griega se cernía sobre nuestras vidas.

—Pero, ¿qué pasó? ––grité con desesperación, casi lamentando no poder zamarrear a mi hija para comprobar que estaba bien, porque ir al frente del volante me lo impedía. –¿Les sucedió algo grave?, ¿alguien les hizo algo? Yo te lo digo siempre: “sátiros hay en cualquier lado”. Ahora mismo vamos a la policía para hacer la denuncia…

Mi hija me miraba con cara de desconcierto, hasta sentí que me observaba con preocupación, tal vez llegó a pensar que se me había secado el seso.

—¿De qué estás hablando, má? ¿Te volviste loca o estás soñando? ¿De qué sátiros hablas?

Me di cuenta de que estaba haciendo el ridículo frente a un pequeño grupo de adolescentes y decidí cambiar mi estrategia.

—Si no me decís qué pasó, tampoco puedo saberlo, no soy adivina —le contesté mostrándome ofendida; siempre me ha costado aceptar que a veces (escasas veces) soy un poco exagerada.

—Vos sos la que no me lo permite, mami. No parás de decir estupideces.

—Es que esa costumbre tuya de lanzar una frase y quedarse callada, me hace entrar en pánico –sumé en mi afán de culpar a otro de mi ansiedad.

—Pero, mami, solo dije que fue una salida espantosa, no todo eso que vos estás flasheando.

Sí, me dijo flasheando y yo, aunque no sabía muy bien lo que significaba, entendí perfectamente lo que quería decirme. Decidí dejar de hacer papelones y me dispuse a escuchar lo que había sucedido en esa fiesta “espantosa”.

—Tenés razón, hija, contame —tal vez el horario doblegó mi ego y acepté el error.

—Muchos de mis compañeros estaban en pedo, trajeron, escondido en sus mochilas, muchísimo para tomar y eso que Toti nos había advertido que él ponía casa, pero si no chupaban tanto y no se mandaban ninguna ––continuó narrando mi pequeña (porque para mí siempre seguirá siendo mi pequeña).

—Ah, las mochilas de tus amigos se habían convertido en un auténtico caballo de Troya –lancé y, nuevamente mi hija me miró dudando de mi sanidad mental. Yo, que me di cuenta al instante, pedí disculpas por mi intromisión e hice silencio, no sin antes agregar: ––El anfitrión siempre se lleva la peor parte.

—La cuestión fue que un grupo grandísimo se puso en pedo, se mandaban cualquiera y hasta rompieron algunas sillas y una mesa de plástico que estaban en el patio. ¡Se fueron a la mierda! —siguió relatando mi hija, sin importarle mi obcecación lingüística.

Mi nutrida imaginación no paraba de pensar, a toda velocidad, y adelantar lo que podría haber sucedido y, en mi obsesión con la mitología, tiré como al pasar:

—Ah, pero al final la fiesta de la primavera fue casi una bacanal.

—¿Qué má? ¿Una qué? —me interrogó descolocada por mi intervención. —Si no la cortás con tus acotaciones, no te cuento más —dictaminó casi al límite de su paciencia.

—Prometo no interrumpir más –– e hice silencio por un instante. Ella y yo sabíamos que era un juramento fatuo.

Me miraba desconcertada, creo que estaba más preocupada por lo que yo decía que por lo que habían vivido y eso que me guardé de decirle: ¿qué pretendían? Si Dionisos estaba a cargo del evento no podía ser de otra manera. Para ser sincera, me contuve relativamente, porque, rompiendo mi promesa recién hecha, añadí:

—Bueno, pero eso pasa siempre, los adolescentes toman en exceso, porque no conciben otra forma de diversión, se creen que el alcohol es la panacea para todos sus conflictos. Por eso yo siempre te pido que…

—Si me vas a dar sermones, no te cuento nada más —me interrumpió sin reparos mi confundida primogénita.

—Sí, tenés razón, seguí, vamos a ver hasta dónde nos lleva este hilo de Ariadna ––creo que mi hija asumió que no estaba del todo bien de la cabeza por la hora y, sin agregar nada a mi comentario, continuó:

—Lo peor fue cuando dos de mis compañeros revolearon trozos de lo que había sido una mesa de jardín y le pegaron en la cara a Benja. En ese momento se armó la podrida.

—Ardió Troya ––acoté como al pasar, pero gracias a los dioses ninguna me escuchó o hicieron como si no hubiese dicho nada.

—Matías se agarró a las piñas con Pablo, que fue el que tiró la mesa; Julián y Juan intentaban separarlos; Toti gritaba que la cortaran; unos filmaban lo que estaba pasando; nosotras, súper asustadas, no sabíamos qué hacer. Benja no quería que llamáramos a sus viejos, Toti pedía que se calmaran para que no se levantaran los suyos; al estúpido de Santi se le ocurrió llamar a la policía, menos mal que Euge lo frenó, si no imagínate lo que podría haber pasado.

—Ah, pero se armó la hecatombe. ¿Y cómo terminó esta odisea? —pregunté, sin preocuparme por los términos que acababa de utilizar.

—Nada, llamamos a los padres de Benja y los de Toti se levantaron totalmente sacados por el despelote.

—Imagino que estarían hechos una furia ––no podía parar con mi catarata de expresiones mitológicas.

—Y, para completarla, Mili, que se cree el ombligo del mundo, se puso a llorar como una loca y hacer un espectáculo. Todavía no entiendo qué quiso hacer con todo ese numerito la muy tarada.

—Ah, una narcisista insoportable —comenté al pasar, aunque me sentía feliz de que mi hija ya se estaba contagiando de mi lenguaje divino.

—Yo estaba muy asustada porque a Benja se le mezclaba la sangre con las lágrimas, todos querían ayudar, pero lo único que hacían era aumentar el desastre. Lo peor fue cuando llegó la madre, ella lo abrazó y cuando vio la ambulancia no lo quería soltar por nada. A veces pienso que Benja y la madre están enamorados.

—Ese chico no ha superado el complejo de Edipo–– agregué en mi obsesión de decir algo por decir.

—¡Qué sé yo de qué hablas, mami! Lo que sí sé es que después que se llevaron a Benja comenzó una nueva discusión por quién había roto la mesa y las sillas y si las pagábamos entre todos o no. Yo me puse del lado de los que proponían que pagáramos entre todos. Pero hasta que llegaste a buscarnos, no habíamos acordado nada.

—Así que la mesa y las sillas se convirtieron en la manzana de la discordia. Típico, no puede haber festejo sin que la Discordia meta la cola ––agregué como si buscara hacer una lista de citas antiguas. Pese a darme cuenta de mi alucinación lingüística, no podía detenerme.

—Lo que sí alcanzamos a decidir es no contar nada de lo que pasó, para que no se agranden los hechos y se digan cosas que no son ciertas. Por fa, má, te pido que no lo cuentes.

—Tranquila, hija, no pienso contar nada y menos, aún, hacerme eco de habladurías. Pero lo importante acá es que puedan desatar ese nudo gordiano y destrabar el problema de la mesa y las sillas, no es justo que los padres de Toti tengan que pagar los destrozos de otros. A este chico haber hecho de anfitrión le costó carísimo —insistí.

—Era tal el quilombo que se armó que puse un poco de música tranqui para calmarnos un toque.

—Lo bien que hiciste: la música amansa a las fieras.

—Lo peor fue cuando la insoportable de Valentina dijo que éramos todos unos desubicados, unos irresponsables y que todo el desastre era culpa de nosotros, que ella sabía que nuestra actitud iba a causar problema. ¡Qué mina estúpida!

—No me extraña, si esa era una harpía desde chiquita —sostuve ajustándome a mi manía mitológica.

Mi hija me miró desconcertada, al límite de su paciencia y me intimó con una mezcla rara de lástima e intolerancia:

—Mamá, ¿te costaría mucho hablar como la gente? –– me conminó, ya con su paciencia agotada.

—Perdón, hija, es que yo hablo como los dioses.

Imagen Lelia

Acerca de la autora: Lelia Musa

Lelia Musa (Gral. Alvear, Mendoza, 14 de abril de 1977). Es profesora en Lengua, Literatura y Latín y postitulada en Lingüística y Literatura (U.N.R.C.), diplomada en Literatura infantojuvenil para la inclusión (U.N.Cuyo). Docente en nivel secundario y terciario por más de 25 años.

Orgullosamente, mamá por tres. Apasionada por el mundo grecolatino, el folclore literario y la didáctica de la Literatura. Lectora por elección y placer. Ha sido premiada en diferentes concursos por diversos cuentos y por una obra de género epistolar. Su novela El secreto de las dos cruces ha sido declarada de interés por la Honorable Cámara de Diputados de la Provincia de Mendoza y Declarada de interés Literario, Cultural y Social por el Honorable Concejo Deliberante de General Alvear.

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