Convocatoria de Los Andes: Hoja en blanco, un relato de Lucía Sonego Castellanos

A partir del clásico “terror ante el papel en blanco”, la autora traza una historia en la que no sabemos si lo que sucede son contenidos oníricos o la realidad ya no es lo que antes era cuando uno se enfrenta a la creación artística.

Me encontré de nuevo, frente a una hoja en blanco que aún no sé si es de papel, mientras sostenía una lapicera en mi mano de la que todavía intento descubrir el color de su tinta. Como sea, intenté combinar el lienzo liso con la tinta para transformar el dolor en palabras. Pero justo cuando estaba por apoyar la pluma en el fondo blanco, esta se esfumó. Dejó una gota de tinta grande en el lienzo que de a poco se borró. Y mientras esta mancha se borraba, de mi mano la pluma desaparecía. Todo lentamente. En simultáneo.

Entonces el blanco se vuelve más grande y profundo. De pronto no tiene fronteras, y su figura desdibujada comienza a abrazarme. Me encuentro luego rodeada de paredes blancas en las que no distingo fondo ni piso. Hago un paso. Miro abajo, nada. Miro atrás y veo una marca. Tiene la forma exacta del zapato que llevo puesto en este momento. Entonces pienso que si sigo avanzando probablemente deje marcado cada paso que dé. Pero, ¿dónde están quedando esas marcas si no estoy pisando tierra firme? Quedo inmóvil un buen rato. Intento pensar, o entender. ¿Debo seguir? ¿Debo volver? ¿Volver a dónde? ¿Dónde estoy? ¿Dónde estaba? ¿De dónde vengo? Comienzo a sentirme atrapada pero como en un sueño. Mi cabeza da vueltas en preguntas infinitas que no encuentran respuesta. Y cada vez que creo poder aclarar alguna idea, llega otra sin pedir permiso y desordena lo que parecía que encontraba solución.

Después de varios minutos sin darle sentido a mi cuerpo, resuelvo avanzar. No sé a dónde avanzo, solo veo el blanco del lienzo. No sé si estoy avanzando en realidad. Siempre es todo blanco, parece vacío, pero en realidad está muy completo. Pero siempre es blanco, liso, sin fondo. ¿Estaré avanzando realmente? ¿Estaré atrapada? ¿Dónde estaré?

Entonces doy media vuelta, y con la mirada ocupo el lugar que antes tuvo mi espalda. Observo que a lo lejos se ve marcado un camino infinito de huellas del zapato que llevo puesto. ¿Dónde están esas huellas? ¿Desde dónde vienen y hasta dónde llegan? Sigo la línea fija con los ojos, hasta llegar a ver mis pies y noto que también están marcados. Subo la mirada recorriendo mi cuerpo, y noto que en cada parte hay una huella. ¿Son mías? ¿De quién son? ¿Qué hacen en mi cuerpo? ¿Cómo llegaron hasta acá?

Allí noto que quizás no estoy sola. O quizás sí. No logro terminar de comprender si estas huellas son mías o de alguien más. Si las marcas en mi cuerpo vienen conmigo o vienen de mí, o me encontraron en el camino, o ambas, o todas. Me doy cuenta de que puedo cambiar de dirección, total no tengo piso, ni fondo, ni techo, nada.

Decido empezar a recorrer esperando encontrar algo. Busco algo que no sé qué es. O quizás sí. No sé, estoy buscando. Calculo que cuando lo encuentre sabré de qué se trata. Mientras tanto, yo sigo. Y sigo. Lo blanco parece nieve. O niebla. O algo pesado a veces. Y otras simplemente vuelve a ser como un espacio vacío. Que después se torna en un ambiente frío. Y de pronto hace calor. A veces hay un aroma particular, a veces es romántico o floral, pero también puede ser húmedo y mohoso. No entiendo mucho, pero sigo.

Al fin llego. No sé a dónde, pero sé que llegué. Lo siento. No estoy en calma, pero tampoco me invade preocupación alguna. Detengo el tiempo para observar, como queriendo encontrar algo en el espacio utópico que habito, o me envuelve. Me encuentro en esa situación varios minutos. De pronto veo un fondo. Como de vidrio o cristal. Medio celeste, medio transparente. Es como agua, pero no se mueve. Pero no es sólida ni estática tampoco. Me acerco más. Lentamente. Quizás con algo de miedo. Pero no logro distinguir bien lo que siento. Quizás están todas las emociones a la expectativa, tomando el mando juntas a la vez. O quizás me abandonaron todas y dejaron un vacío. Llego. Bien de frente. Acerco mi mano derecha por la altura de mi cabeza sobre ese lienzo que ya no es blanco ni infinito. Entonces comienzo a ver un reflejo. No es claro. Se ve como si estuviera a través del agua. Presiono con más fuerza mi mano. La imagen comienza a esclarecer lentamente.

Me encuentro. Me veo. Soy yo el reflejo. En espejo veo a mis espaldas muchas huellas marcadas, en diferentes direcciones. Ordenadas a veces, desordenadas después, y sin claro sentido si las miro mucho y por un gran rato, pero con completo sentido al segundo siguiente. Me alejo un poco para observar mejor. Ver con más perspectiva quizás sea la clave de esta incomprensión. Me encuentro. Repaso cada parte de mi cuerpo, mi cara, mi expresión. Las marcas que llevo, algunas son huellas, otras son manchas, algunas son tintas y otras no sé de qué están hechas, mucho menos cómo llegaron ahí. Yo no sé cómo llegué ahí. Pero ahí estoy. Me observo. Tengo marcas, muchas. Si comienzo a investigar mi cuerpo encuentro marcas que no entiendo, partes que no sabía que existían en mí, incluso algunas cosas hasta me resultan ajenas.

Redirijo la mirada hacia el reflejo y comienzo a ver por ahí. Se ven sombras y luces. No sé dónde están, pero ahí están. Comienza a tener fondo todo. Todo lo que antes no tenía. De pronto veo una mancha y un impulso interno que no sé de dónde viene, hace que quiera dirigirme a ella. Comienzo a avanzar lentamente. De a poco me acerco, voy llegando. Es una mancha de tinta. A medida que comienzo a ingresar en la tinta, la tinta va desapareciendo. Y yo con ella. Comienzo a estar más pequeña, a desaparecer con la tinta. Como una mancha que en lugar de caer al lienzo, vuelve del lienzo a la pluma. Siento que algo me empuja fuertemente hacia afuera. Como expulsada o escupida.

Y entonces estoy allí nuevamente frente a una hoja en blanco que no sé si es de papel o de qué es, con una pluma en mi mano que no sé de qué color es su tinta, esperando que los junte.

Quedo nuevamente inmóvil un buen rato, intentado comprender no sé bien qué. Quizás todo, quizás nada. Al cabo de unos minutos, que quizás fueron horas, o tal vez meses, si no es que años, descubro un secreto... o quizás este me descubre. Me envuelve una luz que me hace despertar, o capaz dormir. Despertar o dormir para siempre. La hoja está hecha de vida y la tinta es de mi color.

Lucía Sonego
La escritora mendocina Lucía Sonego Castellanos.

La escritora mendocina Lucía Sonego Castellanos.

Sobre la autora: Lucía Sonego Castellanos

Lucía Sonego Castellanos es mendocina de veinticuatro años que combina su formación académica con una profunda vocación artística. Actualmente estudia la Lic. en Relaciones Económicas Internacionales, es bailarina y escritora, y busca desarrollar continuamente su perfil profesional y creativo. Desde muy pequeña, encontró en los distintos lenguajes del arte una forma de expresión, reflexión y búsqueda de sentido. Posee interés en múltiples disciplinas artísticas, que concibe como herramientas para comunicar, interpelar y construir, principalmente desde el baile y la literatura, la cual también la comparte a través del perfil de Instagram @luzdeluna_literaria.

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