En la casa de los Vega nunca se nombró a Mauricio.
En este relato, la muerte de un niño en el campo obliga a ocultar una historia que, cuando sale a la luz, revela muchas cosas.
En la casa de los Vega nunca se nombró a Mauricio.
Bety se enteró de que había tenido un hermano muerto porque durante un tiempo vivieron con la abuela y ella dormía en la misma habitación que sus padres, separados apenas por una cortina.
A la hora de dormir los oía discutir y una noche escuchó que el padre le gritaba a la madre:
—Vos y tu familia tuvieron la culpa de lo que pasó.
Ese día Bety quedó en duermevela hasta la madrugada. Un angelito muerto —como dicen en el campo— parecía haberse quedado sobrevolando su cabeza, como un quejido de dolor. El mismo dolor que tenía aquella medianoche en la que entré a la cocina a buscar pan dulce y la encontré llorando mientras lavaba los platos.
Afuera, todos compartían la sobremesa y esperaban las doce.
Me acerqué y, sin mediar palabra, ella me contó la historia de Mauricio.
A comienzos de los años setenta, la familia Vega se radicó en el paraje de Villa Atuel, a una hora de San Rafael, Mendoza. Un paisaje de sol y cumbres blancas que alumbran y riegan chañares y algarrobos. Un sitio convertido en una de las zonas vitivinícolas más generosas y productivas gracias al sistema de riego por canales. Canales que, en su silencio furioso, pueden llegar a ser implacables.
Hubo un amanecer en que los gallos cantaron en un tono más triste, sostenido y agudo; los perros aullaron para unirse al eco del cloqueo; grandes mariposas negras circundaron el lugar y, desde las ventanas abiertas, brotó un olor fuerte, similar al de una vela que se consume.
Ese día, en el apacible Atuel, moriría un niño. Un angelito, como lo llamaron todos.
Con el paso del tiempo, Bety supo que los padres ocultaron a Mauricio para siempre, como si aquel suceso pudiera esconderse en la pieza del fondo, donde se guardan las cosas que no se quieren ver.
Los platos ya estaban lavados. Me dispuse a escuchar.
Bety repasaba los vasos y el relato.
—Hace un par de años, mi hermana —que nació antes que Mauricio— me contó que la responsable de lo que pasó fue ella, por haber dejado la puerta abierta. Ese día habían venido unos tíos a la finca, se pusieron a charlar y se olvidaron de Mauricio. Cuando lo empezaron a buscar, no lo encontraban por ningún lado.
Afuera, el espectáculo de pirotecnia estaba por comenzar. Adentro mío, la historia de Mauricio resonaba con más fuerza. Bety continuó:
Al día siguiente fue a buscar a su hermana y la llevó hasta la placita de la esquina para preguntarle.
Ceci revolvió en ese “cuarto de cachivaches” los recuerdos: una mañana lluviosa de domingo, los grandes en el gallinero, los chicos jugando en el enorme patio de tierra. Mauricio los seguía a todos lados, pero esa vez no estaba con ellos.
Después, una compuerta cerrada y el canal embalsado. Mauricio con los ojos entreabiertos, cubierto de barro. El triciclo encima de su cuerpo. Una madre y un padre aullando como animales salvajes, intentando revivir a su cría. Vecinos y parientes acercándose alertados por los gritos. Más gritos. Y luego, un silencio escandaloso.
Después, una siesta gris y lluviosa ovillando un cortejo de pueblo triste que avanzaba en puntillas por calles de tierra hacia el destino final. Calles por donde pasaban el circo y el pescadero, los niños, el cura y la curandera, los gitanos y la señorita de piano. Un pueblo donde cada uno sabía el lugar que ocupaba.
Velas encendidas luchando contra la bruma y el desconcierto. Detrás, un angelito muerto, con los ojos quietos, abrazado a un mono relojero, cubierto por una manta color obispo bordada por una madrina. Mucho silencio. Mucho rumor flotando entre sollozos, disputándose culpas y cargas.
Al final, un cajoncito blanco y liviano alejándose hacia el cementerio.
No quedaba nada por secar. Afuera continuaban las risas y el barullo; adentro, el relato de uno de los días más tristes para los Vega, sobre todo para la madre, que muchos años después seguía guardando un silencio inalterable.
Pasaron los años. El padre murió de manera repentina, justo un día antes del aniversario del nacimiento de Mauricio. Entonces Bety y su hermana decidieron viajar a Villa Atuel para sacar a Mauricio de allí y llevarlo al lugar que sentían que debía ocupar.
—El mausoleo estaba roto. El cajón estaba tapado con una manta color obispo. “Ese puede ser”, dijimos. Pero era muy grande para un niño de dos años. Lo bajamos y decía: Mauricio Miguel Vega, 29-09-1974. “Esa es la mantita”, se acordó Ceci.
—¿Traen bolsa? —preguntó el sepulturero—. Porque si les doy el ataúd, la policía las va a parar y les va a preguntar qué llevan adentro.
Los ojos de Bety se humedecieron. Yo no quise incomodarla, pero sentí que necesitaba seguir. Y siguió.
El sepulturero rompió el ataúd. Ella no quiso mirar, pero sostuvo la bolsa. Después subieron al auto. No pudieron hablar. Era demasiado fuerte llevar en las manos los restos de un hermano que no había conocido.
De regreso a San Rafael lloraron en silencio. Ceci la dejó en su casa y Bety guardó la bolsa en la despensa.
Con los días compró una caja, juntó valor y fue sacando todo.
—Primero hueso por hueso. Después la ropita, los zapatos nuevos de cuero que nunca usó, la pañoleta, un carrito de metal pintado a mano y el mono relojero de felpa, con jardinero azul, remera amarilla y un reloj entre las manos. Faltaban algunos huesos, pero estaban los más largos y el cráneo. Había restos de piel y de la pulpa de los gusanos.
En todo lo que contaba estaba Mauricio. Frente a mí tenía la imagen de un dolor antiguo y nuevo. Sin interrumpirla, seguí escuchando:
—Pasé tanto tiempo pensando cómo habría sido mi hermano, por qué murió dejando a la familia destruida y por qué yo ocupé lugares que no me correspondían. Siempre tratando de agradar, de que me miraran. Con tanta desgracia, nadie podía protegerme. Yo era una nena a la deriva buscando que alguien la quisiera.
Afuera, el mundo parecía haberse detenido, como el mecanismo del mono relojero. Yo solo tenía silencio y escucha para ofrecer.
—Después guardé todo, pegué la chapa con su nombre en la cajita. Antes de cerrarla, mi hermana me dijo que quería venir con su familia. Lloramos las dos. Los chicos quedaron en silencio. Después decidimos cerrarla. Fuimos al cementerio donde está enterrado mi papá, entregamos la caja al sepulturero y él la colocó arriba del ataúd. Con Ceci pensamos que ese era su lugar.
El Año Nuevo acababa de empezar. Abracé fuerte a Bety. No había mucho para decir. O quizá sí, pero ese no era el momento.
El cielo explotaba en ruidos y colores. Adentro mío supe que debía poner en palabras la historia de Mauricio.
Tal vez, al leerla, Bety pudiera seguir buscando los lugares correctos.
Los lugares que tanto deseamos encontrar.
Los lugares que ocupamos en el mundo de los vivos.
Camilo F. Cacho (1976) nació en La Consulta, Mendoza. Es Licenciado en Trabajo Social, escritor y tallerista. Estudió en la Universidad Nacional de las Artes (UNA) la Licenciatura en Artes de la Escritura. Coordina los talleres Escribir desde las emociones, Reescribir la infancia y Crónicas de viaje. Su relato Gallina Gallo, inspirado en la vida de Chavela Vargas, fue publicado en el podcast Audiocuentos por los Derechos Humanos de la Secretaría de Derechos Humanos de Buenos Aires y se encuentra disponible en Spotify. Algunos de sus cuentos fueron traducidos a lengua de señas y al polaco. Ha publicado en medios gráficos y audiovisuales de Argentina, Chile, Honduras, México, Colombia, Bolivia, El Salvador, Venezuela y España. Su labor cultural fue reconocida por el Concejo Deliberante de San Carlos mediante la Resolución 4897.