La pregunta que le insinuó Fidel a Soledad terminó de rezumbar sin precedente en la sala de los últimos tres muebles que le quedaban del remate: la mesa ratonera Luis XIV, un sillón maltrecho contra la pared y, esquinada, la silla de mimbre del cuadro de Van Gogh, algo parecida. Sobre la mesa, mientras lo oía, Soledad le servía té. Sus manos cubiertas de callos hablaban de la forzada necesidad de trabajar, del remate, de aristocracia venida a menos, de lilas salvajes sobre el amarillo de la hierba reseca y, atrás, el puente de Madison de la película, casi colgante como ella.
Cuando Fidel terminó de pronunciar su pregunta, Soledad se reclinó hacia atrás y, entre sorbo y sorbo de té, con el margen de sus labios solo atisbó una sonrisa dormida en el sillón.
Gracias por su insistencia fue lo que pudo replicar, y bajó la mirada como quien duda con vergüenza lo menos conveniente. Cómo podría atender esas intenciones corrompidas de un peón a su señora, a cambio de soportar la labor imparable de sus campos y un hambre galopante.
Soledad sabía que esta pregunta, como vimos en la película de Madison, era un puente que la ubicaba en la disyuntiva de qué orilla tomar todas las tardes, las noches, las mañanas y de nuevo las tardes en que Fidel insistía en visitarla y Soledad trastabillaba frente a frente a su hastío. ¿De dónde viene este caso particular de desidia?
Soledad, a fuerza de replegar sus ilusiones, a este punto lucía como un caracol agazapado para evitar hacerse ver, aferrado a una de las tablas del puente abandonado por pura inercia a la necesidad, y sus campos de lilares se llenaban de ortigas y arrugaban sus manos. Los huesos del carpio, metacarpio, retraían sus falanges, crispaban los tendones de sus dedos y, como un juguete cuyo dueño avejentó, las manos que sirven té ya no abren la ilusión de un marido apático, lejano, impasible, en el campo, tal vez, cuando volvía de faenar o vaya a saberse de qué.
Fidel, en cambio, la visitaba sin hacer ruido, con constancia, casi a toda hora.
Antes de que escalara la cima del hartazgo, las manos de Soledad temblaban de frío, con el barniz de las uñas saltado, camufladas de sus sueños, a escondidas de un marido sin rostro para ella ni nombre para esta historia.
Luego cedió, la decisión estaba tomada. Le pasó a Fidel la taza llena del té negro que tropezó. La maldita infusión siguió el curso de la porcelana al quebrarse y las manos que lo servían mancharon el tapizado gastado del sillón y de su matrimonio hecho añicos y descuido. Imitando el papel de Meryl Streep en el largometraje, avanzó por el puente que daría título a una película: el de la infidelidad.
Las manos que sirven té eran manos comunes y corrientes, las manos de la soledad, la de cualquier mujer, en cualquier lugar del mundo, en cualquier parte del sinsentido.
Sobre la autora
Sofía Urrutigoity nació en Mendoza con frutas en las manos (1995). Estudió la carrera de Letras y la Diplomatura en Corrección y Edición de Textos en FFyL, UNCuyo. En Sevilla, le cantó al azahar y finalizó sus estudios de Máster en Escritura Creativa (US). Ha trabajado como docente en el nivel medio y superior y como autogestora de talleres literarios. Entre otras publicaciones, en 2022 fue poeta finalista con mención de honor en el concurso festival "Poesía en Abril de Chicago" por DePaul University y Revista Contratiempo y ganadora del Premio Internacional San Juan de la Cruz (2022). Publicó su primer poemario "Un cielo de papel bajo mi cama", por Fractura Ediciones (Argentina), y su segunda obra, "Matrioshka", por Editorial Gollarín (España). Actualmente, como doctoranda de la Universidad de Sevilla, se especializa en estudios de poesía española actual y la hace palpitar en su familia, música y escritura.