No puedo recordar, y eso que lo he intentado muchas veces, cuál fue el orden en que se dieron ciertos acontecimientos que un día cualquiera de verano, marcaron la vida de un grupo de curiosos para siempre. No por la gravedad de la situación, sino por lo absurdo de la misma.
Yo tenía una vecina que tenía una gallina, dos gatas, tres perros salchicha, un marido y siete hijos. Su casa tenía un frente amplio con muchas ventanas y todas siempre estaban abiertas, por lo que era fácil ver lo que pasaba dentro.
En el barrio le decíamos (a mi vecina) la Reina Batata, porque siempre estaba sentada en la puerta o en el living con un libro en la mano, mientras que sus hijos y su marido se encargaban de la limpieza y quehaceres del hogar.
Ella, toda amorosa y nunca abatatada, les indicaba qué tarea correspondía a cada uno. "Vos tenés que limpiar la cocina", le decía a uno; "a vos te toca limpiar el patio", le decía al otro; "a ustedes les toca darle de comer a los animales", les gritaba a los más chicos que ya corrían al patio todos divertidos. Y así, iba repartiendo tareas hasta que estaban todas hechas. Camas, platos, pisos, baño, ropa lavada y tendida, no quedaba nada sin hacer, y al atardecer, ella toda agotada se retiraba a su dormitorio a descansar.
Algunas veces, recibía a las mujeres de la iglesia en su casa. Le gustaba invitarlas a tomar el té con masitas con crema de color rosa pastel, mientras leían la biblia y discutían algunos versículos que consideraban interesantes.
Nosotros, que éramos un grupo de unos once niños, intentábamos siempre jugar con sus hijos, pero ella no los dejaba salir más allá de la galería de su casa. Los niños, todos vestidos siempre igual, con pantalones cortos, medias blancas (muy blancas) tres cuartos, zapatos negros y chomba azul, nos miraban detrás de sus gruesos anteojos, correr libres por la vereda.
Nosotros reíamos a carcajadas, ellos soñaban con reír. Nosotros cantábamos, ellos tarareaban despacito. Nosotros jugábamos, ellos nos miraban jugar. A ellos les decíamos los Juanes, porque todos eran Juan algo: Juan Andrés, Juan Pablo, Juan Martín, Juan José, Juan Carlos, Juan Diego y Juan Ignacio. Creo, que a la Reina Batata, le gustaba el ejército de clones que había creado y se sentía orgullosa de ellos.
Este día en particular, a la hora del atardecer, mientras todos andábamos en bicicleta dando vueltas y vueltas a la manzana, vimos que se acercaban dos ambulancias a gran velocidad con las sirenas encendidas y que frenaban justo en la puerta de la casa de la vecina.
La tranquilidad del barrio se vio interrumpida por el ulular de las sirenas y el despliegue de los médicos que se bajaron corriendo con las camillas en la mano. Un pequeño grupo de curiosos que disimuladamente se fueron acercando “a distancia prudente”, terminaron apiñados mirando por las ventanas.
En la gran mesa ovalada del comedor, frente a dos tazas de té y un abultado plato de masitas, yacían la Reina Batata y su marido, uno en cada punta. Sus cabezas se hallaban desplomadas hacia un costado, sus bocas abiertas chorreando baba, sus brazos inertes caían a sus flancos con los dedos de las manos untados con crema rosa, tenían sus ojos entreabiertos y sus piernas laxas.
Parados en orden decreciente a un lado de la mesa, los Juanes del mayor al menor, miraban con caras de estúpidos la escena. Ninguno se movía. Ninguno se había movido, durante las tres o cuatro horas que sus padres llevaban allí.
La situación se volvió más bizarra, cuando los médicos después de constatar signos vitales, intentaron reanimar al matrimonio. La vecina que notando la extraña situación había llamado a los médicos, visiblemente alterada, daba vueltas alrededor de la mesa caminando a gran velocidad y gesticulando para darle un tono de gravedad al contexto. Los doctores, aturdidos y desconcertados por lo irrisorio del acontecimiento, daban hipótesis muy disparatadas (y cada vez más alejadas de la ciencia) de lo que podría haber sucedido.
Poco a poco, la Reina Batata y su marido abrieron los ojos, pero con la mirada aun perdida observaban confusos la situación. Ella, emitió un sonido algo extraño, similar a un graznido, y él le respondió con otro similar. Estuvieron emitiendo sonidos breves y chirriantes por unos cuantos minutos. Después, ella habló con palabras duras, usando muchas sílabas con combinaciones GR y KR, como si se tratase de alguna variante eslava del idioma, y él nuevamente respondió en esos términos. Nadie entendía nada, pero ellos parecían entenderse en esos extraños lenguajes que estaban utilizando.
Los médicos los auscultaban, le tomaban la presión, les miraban las pupilas, pero no hallaban nada. Tras un breve silencio, comenzaron a hablar con palabras que sonaban como latín. Algún vecino, creyendo que se trataba de algo paranormal había llamado al sacerdote del pueblo, que en ese momento entró con la biblia en una mano y con un aspersorio en la otra, largando agua bendita a todos los presentes mientras repetía a viva voz: “In nomine Patris, et Fílii, et Spiritus Sancti”.
Ante la inusual presencia de gente, los animales se alborotaron, la gallina saltó a la mesa de la sala y puso un huevo, picoteó las masas con crema rosa y cayó con sus patas duras hacia arriba; los perros salchichas ladraban y corrían en círculos persiguiendo sus colas; una gata con una manchita negra en la trompa saltó sobre uno de los médicos y le arañó la cara, la otra salió disparada por una de las ventanas como alma que lleva el diablo.
Los Juanes, que, como estatuas inertes similares a siete Moáis, se habían mantenido en silencio todo el tiempo, inoportunamente empezaron a reírse a carcajadas. Desde el más pequeño al más grande, no quedó ninguno sin contagiarse. Inició con una mueca contenida que fue in crescendo hasta llegar a un estallido incontrolable y desproporcionado cual caudal desenfrenado baja por la montaña arrastrando todo a su paso.
Reían histriónicamente, presos de un paroxismo inexplicable. Con sus mandíbulas tensionadas y los ojos abiertos de forma desmesurada, con sus cejas elevadas hacia el centro de la frente, sostenían sus abdómenes con ambas manos. Se fueron doblando hasta caer al suelo. Así como sobrevino la risa, pasaron al llanto. De forma desenfrenada lloraban acurrucados en el suelo de un modo desgarrador.
El cura, la vecina, los médicos, los perros y los chismosos, observaban desconcertados la situación en un profundo silencio. La reina Batata y su marido, se miraron enamorados, se tomaron de las manos y suavemente llamaron uno por uno a sus hijos que se fueron levantando del piso y rodearon a sus padres, dejándolos en el centro.
Con una cortesía gélida, acompañaron a los visitantes a la puerta. Ya en el umbral, el Juan más pequeño le dijo a los doctores: "Como mamá estaba tan cansada, la pusimos a dormir con sus gotitas dormilonas".
Las cortinas se cerraron y el murmullo de los asombrados curiosos cesó.
Sobre la autora
Ana Laura Guzmán es una madre y empresaria mendocina apasionada por la escritura. Cultiva tanto el cuento fantástico como el realista y ha participado en diversos concursos y convocatorias literarias, donde ha obtenido premios y menciones.
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Amante de los viajes, la aventura y el encuentro con otras personas, encuentra en esas experiencias una fuente constante de inspiración para sus historias. Actualmente trabaja en su primera colección de cuentos breves.