Convocatoria de Los Andes: Microficciones de Romina Andrea Barboza
La escritora mendocina comparte con los lectores de Los Andes algunos de sus escritos, en el marco de la convocatoria a artistas lanzada por este medio.
Preámbulo a las instrucciones para cargar el celular
Piensa en esto: cuando te regalan un teléfono celular, te regalan un pequeño infierno entretenido, una tobillera electrónica, un calabozo de bits. No te dan solamente el teléfono, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, estadounidense con vidrio templado chino; no te regalan solamente ese me nudo agujero negro digital que guardarás en el bolsillo y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que conectar a tu cuerpo con auriculares como Neo a la Matrix. Te regalan la necesidad de cargarle la batería todos los días, la obligación de cargarle la batería para que siga siendo un celular; te regalan la obsesión de responder a cualquier hora —inmediatamente— un mensaje, una llamada, un correo electrónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al inodoro y se te rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu celular con los demás celulares. No te regalan un teléfono, vos sos el regalado —como hace tiempo te pasaba con el reloj, ¿te acordás, Julio?—, a vos te ofrecen para el cumpleaños del algoritmo.
Parecen inofensivas, pero deberían traer en el envoltorio una lista de advertencias, instrucciones y sugerencias. Algo así como: “Usar con responsabilidad”. Para prevenir accidentes y desastres, incluso algo más detallado: “Preste atención al filo, las piezas pueden lastimar si no se manejan con precaución” o “En determinadas situaciones, son inflamables: cuidado, pueden provocar explosiones”. También una lista de sugerencias: “Su acumulación no es perjudicial para la salud. Colabora en el sano desarrollo a toda edad”. Como advertencia general: “Pueden producir alteraciones de la realidad”. Pero no, como tantas cosas de este mundo, la información es poco precisa. Solo dice: “Manipular con cuidado: palabras”.
Anfitriona
Para el muchacho, siempre fue una bocanada de aire fresco y un paréntesis en la vida cotidiana. Ella lo conoce de adolescente. Desde entonces nunca interrumpió sus silencios y dio albergue a sus soliloquios errantes. Aunque cuadrada, es abierta. Eso le permitió, con el tiempo, conocerlo de a poco y ampliar sus horizontes. Ella estimuló la curiosidad del chico con novedosas batallas de gallos y alojó tangos que, ya como adulto, él bailó con tanta pasión como torpeza. Con los años, también conoció el llanto del hombre quebrado por la soledad. Recio, él nunca se animó a decirlo en voz alta, pero quiere mucho a su placita del barrio.
Soy lo que voy
Cansado de la inmovilidad, a un punto final se le ocurre salir a caminar. Un instante después de la idea, imagina las repercusiones, la mirada de sus congéneres: “¿A quién se le ocurre?”; “Rebelde sin causa”; “Traidor a la moral y las buenas costumbres”. A pesar de las voces internas, decide emprender el viaje y las voces se vuelven, efectivamente, externas:
—¡Dónde se ha visto un punto que deje su lugar, que cuestione su misión en la vida, que rompa la estructura!
Pero el punto, aunque escucha el murmullo, mira de frente el vacío blanco y sigue su corazonada. Sospecha que su identidad está en juego. Nunca nadie le preguntó (por eso nunca hasta ese momento tampoco se pudo preguntar a sí mismo) si quería ser punto; menos aún, un punto final. Desde que tiene memoria, ha estado allí, firme, después de la última letra. Y como punto final, también desde que tiene memoria, a su espalda, la nada. La aventura.
Puntos y comas, comas, dos puntos, guiones y, por supuesto, letras también, entran en pánico cuando, pese a que le tiran todo el vómito de peligros y amenazas posibles que le auguran, el punto comienza a caminar un poco más rápido. A medida que se aleja del bullicio maldiciente y se va adentrando en el vacío, los pasos del punto se hacen más ágiles y constantes. Y aquella bolita dura y sólida empieza a mostrar fisuras. Va dejando a su paso un líquido viscoso. Se asusta. No reconoce qué es eso que sale de él. Lo prueba: tiene sabor picante, algo ácido, rico. El sabor lo traslada en el tiempo ¿a un pasado muy lejano o al futuro? Lo lleva a ese lugar donde siente el sabor del deseo, del deseo puesto en marcha, del deseo propio puesto en marcha. Y, al reconocerlo, tiene un instante de lucidez, de éxtasis, de plenitud: ha tomado la decisión correcta. El magma de amenazas y miedos ajenos se convierte en un sonido silente.
Por primera vez, mira el camino recorrido y se da cuenta que está siendo lo que estaba fuera de su imaginación: una línea.
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Sobre la autora
Romina Andrea Barboza (Doctora en Ciencias Sociales y Magister en Comunicación) ama escribir e intenta combinar la ciencia con la literatura como formas de conocimiento y sensibilidad complementarias. Ha publicado microrrelatos en revistas de Alemania, España, Perú, Honduras, México y Argentina. "Fisurar lo invisible" (Macedonia Ediciones, 2023) es su primer libro de microficciones, disponible en braille en la Biblioteca Argentina para Ciegos, y "Por la forma en que me miras" (Borde Perdido Editora, 2024), el primero de poesía.