Soy como un rompecabezas al que le faltan varias partes.
Claudia Pussetto comparte con los lectores de Los Andes uno de sus relatos, ambientado en una milonga porteña.
Soy como un rompecabezas al que le faltan varias partes.
La milonga es en un centro cultural armenio. Al bajar del taxi ella observa que en la vereda de enfrente hay un templo y lo supone de la misma cultura. No sabe nada de armenios, salvo algo que leyó sobre una matanza que los turcos niegan.
Negar es una actitud frente a la vida.
Sigue a Teté y a Mavi que como siempre toman las decisiones y van al frente. Le gusta que ellas no la presionen para decidir. También que no pregunten. Las amigas le dicen que es buena escuchando porque tiene paciencia y no da consejos. Ella escucha porque no quiere hablar y está vacía para opinar.
Formamos un buen trío.
Apenas pasan la puerta una chica les cobra más de lo que dice la publicación en Instagram. No reclaman, entran y les asignan una de las últimas mesas libres ubicada en el extremo cerca del baño y de la barra. A ella le parece un buen lugar porque se ve la pista y a la vez están en segunda línea, como para no llamar la atención. Piden un vino. También unos maníes que tardan en aparecer sobre la mesa el doble de tiempo que el vino, al revés de cualquier bar donde buscarían que la sed llegue antes que la bebida. Mira, analiza. Hay gente de todas las edades. La ropa también es variada y va desde personas en jeans a otras vestidas para una fiesta. Las tres se ponen las sandalias de tango y conversan. Esta escapada de fin de semana está resultando mejor de lo que esperaba.
¿Qué espero?
Desde que entraron se escuchan tangos electrónicos. Ahora Cerati canta “…con los ojos no te veo, sé que se me viene el mareo…”. Por la mañana, en la esquina más típica de Caminito, un hombre joven vestido de tanguero les ofreció participar de una sesión de fotos a cambio de una contribución. Sin pensarlo dijo yo quiero y en cinco minutos tenía puesto un disfraz de bailarina. El joven le daba instrucciones para posar como si fueran pareja de baile mientras Mavi registraba todas las imágenes con el teléfono. En una de las poses tuvo que mirar al frente mientras él la observaba. Sintió ese cosquilleo que tiene la energía de otra persona que te presta atención. En la postura siguiente ambos tenían que mirarse de frente y ella sostuvo la mirada. Fue tan intenso que los ojos de él sonrieron y ella sintió algo vivo muy adentro. Eso fue todo, la sesión terminó, pagaron al modelo y siguieron el recorrido. Cerati sigue cantando: “…así son las cosas, amargas, borrosas, son fotos veladas de un tiempo mejor…”. Con Miguel tenían esa mirada conectora. Quedarse colgados de los ojos del otro sin hablar y sin necesitar nada más. La mirada que cruzaban para irse de un lugar, reírse juntos de algo o ponerse de acuerdo sobre la educación de Martín.
Miguel y Martín, las M que me convirtieron en mamá.
Con disimulo seca una lágrima imprudente y busca distracción mirando a los que ya empiezan a bailar. Un señor que aparenta unos setenta años la invita y ella acepta. Está orgullosa de sus avances, de percibir las propuestas de baile de un desconocido y seguirlo. Hay figuras que no le salen pero con lo que sabe alcanza para que el otro se sienta satisfecho. Son bastante particulares los tangueros, siempre buscando gente que baila bien, como si ser aprendiz fuera una desgracia. Hace un tiempo que se burla internamente de todo eso. El señor le dice que viene en un contingente desde Paraná, ella le hace algunas preguntas por cortesía y agradece, sin decirlo, que sea correcto en el abrazo. Le costó mucho en las primeras clases de tango que la apretaran o sentir muy cerca el olor y el calor de un otro. Casi pensó en dejar las clases cuando algún compañero la retaba por no seguirlo o la ceñía demasiado. Menos mal que encontró a las chicas y se hicieron amigas. Necesitaba relaciones nuevas, que no pregunten a cada rato cómo se siente, que no la obliguen a volver una y otra vez sobre el dolor.
Esas miradas de los otros me recuerdan lo que me falta.
La mirada de Miguel después de que ese médico les dijo que Martín estaba muerto fue la entrada a un abismo. Mucho después, cuando el dolor le permitió desdoblarse y mirar alrededor, buscó los ojos de Miguel para que él le confirmara que estaban juntos en eso. Pero lo que vio, antes de que Miguel lo dijera con palabras, fue que él se hacía responsable, que él había comprado la moto y era su culpa que los sesos de Martín hubieran tapizado media calle. Nunca más conectaron y después él se fue. Algunos años más tarde y mucha terapia de por medio comprendió que ella se lo reprochó también y él, para no caer en la locura, necesitó escapar.
Como yo me escapo desde ese día.
Al terminar la tanda el señor entrerriano la acompaña hasta la mesa. Justo al borde de la pista está sentada una mujer ciega, con un bastón blanco doblado sobre la mesa y un cartel plastificado apoyado en la copa que dice: “Soy no vidente y si usted gusta puede invitarme a bailar”. Ella se acomoda en la silla, las amigas le señalan a la mujer y dicen ¿viste? Asiente. La ciega está bien vestida y apenas maquillada, lleva puestos los tacos de tango y una sonrisa impasible. Se detiene una chica, le toca el brazo y le dice su nombre para luego saludarla con un beso.
Así es como hay que hacer contacto con un ciego.
Baila otra tanda con un petiso de autoestima alta y eso le gusta, hace tiempo que el fijarse en esas diferencias le parece ridículo. ¿Qué habrá sido de ese chico que conoció en la época de facultad y con el que de inmediato cruzaron miradas y conectaron? No les alcanzó para superar los prejuicios y el amigo en común recibió después los comentarios “ella es muy alta” y “él es muy bajo” con la naturalidad que dan las convenciones compartidas. La cansan los estereotipos y sin embargo ahí está, presa del modelo de madre sufriente. Claro que duele, de una forma aguda, oscura, superlativa. Un dolor que es como un asesino agazapado y al acecho, dispuesto a dejarla sin respiración en cualquier momento. Pero también quiere una vida, si no de felicidad, al menos de paz a un costado de ese dolor.
Lejos de todo hay algo de paz.
Nadie invita a la ciega. Ella baila una tercera tanda con un porteño de su misma edad y como él la deja lucirse se siente un poco más liviana. Cuando vuelve a la mesa, la ciega no se ha movido. Imagina la decepción de la mujer que escuchará a la gente pasar, conversando y riendo, mientras ella con la sonrisa colgada les resulta invisible.
¿Son cobardes o egoístas estos tipos?
Teté dice “vamos a hablar con ella” y la arrastra a la otra mesa. Se presentan, le dicen que vienen de Mendoza, le preguntan si pueden conversar un poco. La mujer les dice que sí y les dice su nombre: Ansuya. Les cuenta que aprendió tango hace unos años en ese lugar y que siempre alguien la saca a bailar. Charlan un rato más y vuelven a su mesa, Teté con la curiosidad satisfecha y ella con un mundo de preguntas. No había unos ojos con los que conectar y sin embargo se siente unida a Ansuya, que tiene el valor de hacer algo a pesar de la limitación y de sonreír por el solo hecho de intentarlo. Ahora presta más atención a los hombres que se acercan a la ciega.
¿Ninguno se anima, la puta madre?
Va al baño y cuando vuelve Teté y Mavi no están. Deben haber salido a fumar, porque en la pista está empezando una tanda nueva de tangos y no las ve. Ansuya acomoda una vez más el cartel. Se acerca un hombre joven y ella supone que pasará de largo, pero él toca el brazo de la ciega y se agacha para decirle algo al oído. Ella se inclina hacia adelante por la necesidad de saber qué pasa y no se da cuenta de que retiene el aire. Ansuya extiende una mano, el hombre la guía con cuidado unos pasos hasta la pista, se enfrentan y se abrazan. Bailan ese primer tango. Ella suelta el aire y se tira hacia atrás hasta apoyar la espalda en la silla. Las amigas vuelven y antes de que pregunten nada ella señala la silla vacía y después hacia la pista.
Todo se acomoda, ya aparecerán las piezas que me faltan.
Claudia Pussetto es una autora mendocina con una obra mayormente de relatos y cuentos breves. Ha publicado en revistas digitales, en redes y en el blog www.deaquiydeallaweb.wordpress.com. En 2022 recibió una mención en el Certamen Vendimia por su libro de cuentos “Desde que perdimos la inocencia”. En 2025 el cuento "El sueño inocente" fue preseleccionado por el jurado para el concurso “las mujeres y el agua en tiempos de cambio climático”, organizado por la Universidad de Mendoza.