Confieso que la pantalla de la computadora no es mi opción favorita a la hora de leer una novela, pero esta vez el esfuerzo valió la pena. Es que José Niemetz, mendocino, licenciado en Letras (UNCuyo), librero, profesor de literatura y ganador del Premio Clarín de Novela en 2018 con "Tú eres para mí", logra nuevamente atrapar a sus lectores con un relato que reúne una serie de condimentos destacables.
En efecto, su nueva novela "Como abrazado a un rencor", de reciente aparición en formato digital (diciembre 2025), aborda con un poco de humor y otro de fantasía (casi de realismo mágico) la cruda historia de una mujer —judía polaca— con un pasado de pogroms y un presente de burdeles porteños al compás de un tango canyengue.
La historia está contada a modo de memoria familiar transmitida oralmente (“decía mi bobe que decía su mamá”) y se centra en la figura de la bisabuela Hanna, cuyo cuerpo es capaz de rezumar distintas fragancias según las circunstancias, lo que acentúa su magnetismo sexual. Su vida miserable en una aldea innombrada, las penurias causadas por el hambre y por el frío, y la interminable travesía por el Atlántico hasta llegar a Buenos Aires son solo el pórtico que permite al autor adentrarse en el sórdido entramado de la prostitución en la Argentina de comienzos del siglo XX.
Presenta así, con lujo de detalles, los manejos de La Varsovia, la Zwi Migdal o La Mutual, organización dedicada a la “trata de blancas” que operó entre 1906 y 1937 con sede en la ciudad de Buenos Aires. En su apogeo, luego de la Primera Guerra Mundial, la organización tenía más de 400 miembros en la Argentina, hasta que el valeroso testimonio de una sobreviviente (Raquel Liberman) permitió desbaratarla.
A partir de esta situación, el autor recrea en coloridos y dramáticos cuadros otros sucesos históricos, como las protestas sociales de fines de 1918 y la represión consiguiente. Desfilan así por las páginas de la novela, tenuemente encubiertos, personajes reales cuya actuación en el ámbito político y social deja en claro lo que parece ser un leit motiv de la construcción novelística: la hipocresía; hipocresía de los judíos “piadosos” que explotan a las mujeres mientras recitan versículos de la Torah, pero también de la alta sociedad argentina, asistente asidua a estos sitios regenteados por los cafiolos: “Así como La Varsovia manejaba a diputados, senadores, ministros, comisarios y empresarios, también tenía rabinos para casar a sus miembros con prostitutas, circuncidar a sus hijos y presidir los distintos oficios religiosos que exigía todo judío piadoso” (p. 155).
Asistimos también en estas páginas a un hecho significativo de nuestra historia cultural: el nacimiento del tango canción. “A mi bobe le gustaba creer que en el Kapore y, por supuesto, por intermedio de Hanna, se había inventado el tango canción, Gardel había nacido para la fama, y también cientos de músicos y escritores habían compuesto allí sus mejores obras” (p. 120).
Gardel entra así a formar parte de la trama ficticia y su historia se anuda con la de la protagonista; la escena en que esta le “enseña” a cantar de modo canyengue es realmente desopilante: “Aceptó que el tango era lo que más se adecuaba a su estilo. Aprendió tonos, poses, actitudes que nadie jamás le había marcado: […] ¡Levantar ceja! ¡Más, más! Ponerte de costado, no de frente, mano bolsillo, frunce ceño, corre boca hacia oreja […] poner cara enojao… como con bronca y junando” (p. 143).
El trasfondo amargo del relato —historias de dolor, de ausencia de afecto, de sometimiento y explotación— se ve así mitigado por la maestría con que el autor crea efectos humorísticos, por ejemplo, a partir de la superposición de distintos registros lingüísticos, como en el caso del personaje que mezcla en su discurso versículos bíblicos con fragmentos de tango. Y, por sobre todo, por la lección de resiliencia que encierra la vida de una protagonista inolvidable.