A comienzos del siglo XX, la Argentina rural fue escenario de uno de los crímenes más atroces y perturbadores de su historia. Esta es otra de las Historias Funerarias, donde la muerte no sólo clausura vidas, sino que deja huellas materiales: tumbas, sepulcros y silencios que todavía hoy interpelan.
La familia Banks representaba, hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX, el ideal del inmigrante exitoso. Descendientes de irlandeses, habían llegado a la Argentina en 1862 y se habían asentado primero en Chascomús y luego en el Partido de Azul. Allí construyeron prestigio, fortuna y reconocimiento social.
Mateo Banks era, puertas afuera, el más visible de todos. Estanciero, socio del Jockey Club, vicecónsul de Gran Bretaña, vinculado a ligas de beneficencia y representante de una prestigiosa marca de automóviles, encarnaba la respetabilidad absoluta. Casado con Martina Gainza, mujer de sociedad, su nombre circulaba entre los sectores acomodados de la provincia de Buenos Aires.
Sin embargo, esa fachada ocultaba un derrumbe profundo. Detrás del orden, el dinero y las relaciones, Banks acumulaba deudas, frustraciones y un progresivo colapso económico. La afición al juego, la venta anticipada de tierras y los intentos de estafa marcaron el inicio de una caída que él mismo decidió “resolver” de la peor manera posible.
El martes 18 de abril de 1922, poco después del mediodía, Mateo Banks inició un raid homicida que todavía hoy resulta difícil de asimilar. En la estancia La Buena Suerte, asesinó a su hermano Dionisio de un disparo por la espalda y lo remató en el suelo. Luego persiguió a Sara, la hija de Dionisio, una niña de apenas doce años que intentó escapar. La golpeó, la arrojó a una zanja y le disparó dos veces.
Con el paso de las horas, el crimen se extendió. Juan Gaitán, peón rural, fue asesinado al llegar a la estancia. Más tarde, Claudio Loiza fue engañado con el pretexto de asistir a Dionisio enfermo y ejecutado en medio del camino.
La noche selló el horror. En la estancia El Trébol, Banks asesinó a su hermana María Ana, a su cuñada Juana Dillon, a su hermano Miguel —enfermo y postrado en la cama— y a su sobrina Cecilia. Ocho personas murieron en menos de un día. Sólo dos niñas sobrevivieron, de 5 y 4 años a las que Banks encerró en una habitación. La violencia fue metódica, fría y calculada.
Azul conmocionado: funerales, tumbas y memoria
La noticia sacudió a Azul y al país entero. Miles de personas acompañaron los funerales de las víctimas, en una ciudad paralizada por el espanto. Los restos fueron sepultados en el cementerio local, donde aún hoy se pueden identificar las tumbas de la familia Banks y de los peones asesinados.
Estas sepulturas no son sólo lugares de descanso: funcionan como marcas materiales del crimen. Cada lápida recuerda una vida truncada, una historia familiar destruida y una comunidad herida. En el marco de estas Historias Funerarias, el cementerio de Azul -reconocido por poseer un portal diseñado por Francisco Salamone- se transforma en un archivo a cielo abierto del horror, donde el visitante puede reconstruir, paso a paso, la dimensión de la tragedia.
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Tumbas de las víctimas de Banks
Gentileza
La farsa, el juicio y la confesión
Tras la masacre, Banks intentó montar una coartada: culpó a los peones y se presentó como víctima. Pero las contradicciones, las pericias balísticas y el testimonio de una niña sobreviviente derrumbaron su relato. Tres semanas después, confesó.
El juicio se convirtió en un espectáculo público. Se realizó primero en Azul y luego fue trasladado a La Plata. La prensa lo apodó “Mateocho”, en referencia a las ocho víctimas. El fiscal demostró que Banks había planificado el crimen con antelación: compró las balas, primero intentó envenenar a su familia y sabía que enfrentaría una inminente causa penal por estafas.
Condenado, fue enviado al penal de Ushuaia. Allí pasó años rezando, fabricando rosarios con botones y proclamando éxtasis religiosos. Para muchos, no era arrepentimiento: era una nueva máscara.
El final sin nombre en la Chacarita
Liberado en 1949, Banks intentó volver a Azul, pero fue rechazado. Cambió de identidad, se ocultó en Buenos Aires y buscó refugio en una pensión del barrio de Flores. Murió de manera absurda: el mismo día en que se mudó resbaló en una bañera y se golpeó la cabeza. Tenía 77 años.
Sus restos fueron sepultados en el Cementerio de la Chacarita, sin nombre ni identificación, para evitar profanaciones. Es un final que contrasta brutalmente con el de sus víctimas: mientras ellas tienen tumbas visibles, nombres grabados y memoria colectiva, el asesino yace oculto, borrado deliberadamente del mármol.
En esta Historia Funeraria, los cementerios hablan. Azul recuerda. Chacarita calla. Y en ese contraste se revela una verdad incómoda: la muerte no iguala a todos, porque la memoria —a veces— también juzga.