Metafísica esencial de la identidad
Relatos. El autor alvearense, de gran actividad editorial y que publicó recientemente un libro de poemas, acaba de editar este libro de microficciones del que compartimos cuatro textos.
Metafísica esencial de la identidad
Concerté la cita en El Gato Negro. A la hora exacta ya estábamos ubicados frente a sendas tazas de té. Para la ocasión había elegido el personal Té Rojo con limón y naranja. Té y conservación fue la propuesta. Banalidades diversas tapizaron el tiempo. Creo que intentó seducirme. Hice un esfuerzo para distraer mi mente del tiempo en que solía detenerse en la forma de mis labios, en la sagacidad de mi mirada, en lo que llamaba la elocuencia de mi inteligencia y lo que definía como la insistencia perfumada de mi piel. Compartimos dos confituras como para matizar los líquidos. Me habló del último tren a Londres cuando yo, en la actualidad, no conservo recuerdos de Catamarca. Miré dos veces el reloj de mi bolsillo y vi que observó con algo de perplejidad mi proceder o el uso de ese accesorio. Y sonrió, sonrió con esa amplia sonrisa que solo pueden tener los espíritus provincianos. Yo solo esbocé un rictus. Con las últimas brumas de té dormitadas en nuestras tazas mi ex-yo se puso de pie, tomó su abrigo y me extendió un paquete en señal y saludo de despedida al tiempo que vi su figura salir en busca de la avenida. El envoltorio contenía La Regenta, de Clarín. Me pareció una alusión de seguimiento persecutorio a mi presente. Ese era un ejemplar que había olvidado, hace más de veinte años, en un banco de una plaza provinciana. Se lo obsequié a la persona encargada de la caja, salí del local, y me dirigí al diario a confirmar si ya habían recibido mi texto para mi columna semanal y que esta vez versaba sobre la Metafísica esencial de la Identidad.
Terapia
Después la de duodécima sesión, con esa voz pausada y delicada de facultativo universitario, le recomendó “tal vez intentar con un pequeño huerto, con un jardín a gusto, sea beneficioso para usted. Llenarse de tierra y de esperanzas es muy apropiado en estos casos”. Sopesó la enumeración de tareas sugeridas: cavar la tierra, hurgar en su interior, aspirar el vaho germinal de la vida, sembrar, plantar, regar, podar, quitar malezas y cosechar, en tiempo justo, lo alcanzado como un premio sabroso y perfumado de la vida. En el comienzo fueron los tomates, las berenjenas, los cebollines de delatores aromas. Después vinieron las zanahorias y las lechugas arrepolladas. Nada de eso fue suficiente. Nada alcanzó lo deseado. Entonces fue que toda aspiración viró hacia las flores. Aparecieron los paños de narcisos, los senderos de gladiolos y los bordes de hortensias, hasta que una mañana lo encontramos agónicamente volcado sobre un surco y su espalda se nos presentó como todo un territorio de malvones. Hicimos los trámites de rigor y al extendernos la certificación, el facultativo, con esa voz pausada y delicada de profesional universitario, nos dijo: “se hizo, botánicamente, todo lo posible”.
Nube propia
Con una taza de té se dilucidó su futuro. Ahora sabía que habría de ser escritora, que conocería el mundo, que sería traducida a treinta y siete idiomas, que los hombres que se cruzaría en el camino le habrían de hacer las más diversas propuestas aunque no todas de imprenta. La pitonisa, masas mediante, le confirmó, incluso, que sería longeva. Buscó su cartera, pagó lo que debía y salió a la calle ensimismada, inmersa en una nueva nube de ilusión. No vio el balcón que se desplomaba.
A cuatro manos
El encuentro se produjo bajo la palpitante emoción del recuerdo de la última cita. Tomamos el ascensor al tercer piso y entramos en la sala del gran ventanal que muestra al jacarandá en flor que da sobre las barrancas. Elegimos el sector B por la intimidad que ofrece para estos menesteres. Te quité el abrigo mientras sentía el modo en que tu mano tomaba mi paraguas. Decidimos aligerarnos un poco más y vi cómo tus ojos de pizpireta (nos gusta esta palabra en desuso: pizpireta) anticipaban las miradas de ocasión y comenzamos el juego. Fui la heurística que precisabas en ese instante. Fuiste la hermenéutica que habíamos convenido. Y en el fragor de la batalla, los logros alcanzados y el descuido de los roces del deseo, vimos, de repente, el desprenderse de una estantería y volar carpetas hacia el suelo. Nadie respondió al estruendo de papeles. Nos pasamos la tarde acomodando, a cuatro manos, el material disperso y, sigilosamente, abandonamos la biblioteca sin despertar sospechas.
Ricardo Bugarín nació en General Alvear en 1962. Es escritor, investigador y promotor cultural. Ha publicado, en poesía: Bagaje (1981), Textos hallados en una roca (2020) y Palabra prestada (2025). En microficción: Bonsai en compota (2014), Inés se turba sola (2015), Benignas insanías (2016), Ficcionario (2017), Anecdotario (2020), De los seres de este Reino (2024) e Inútiles afanes (2025). Textos de Bonsai en compota fueron traducidos al francés y publicados por la Universidad de Poitiers (Francia).