3 de enero de 2026 - 17:13

El libro de Ricardo Ponte y los diversos modos de contar la historia familiar

Un recorrido por las páginas de El buscador de estrellas; El destino y sus agentes en el devenir de la vida, sorprendente novela del arquitecto y autor Ricardo Ponte.

En la actualidad se registra en la literatura mendocina un crecido número de libros destinados a contar la historia familiar. La memoria campea por sus fueros, mientras los límites entre realidad y ficción se desdibujan en muchas de estas sagas familiares. Y un ejemplo destacado es la ¿autobiografía? ¿crónica familiar? que Héctor Ricardo Ponte, arquitecto e investigar, autor de obra imprescindibles para el conocimiento del patrimonio mendocino (La fragilidad de la memoria; De los caciques del agua a la Mendoza de las acequias; Mendoza, aquella ciudad de barro…), emprende en los dos tomos de su libro El buscador de estrellas; El destino y sus agentes en el devenir de la vida.

La obra en su conjunto exhibe una serie de rasgos originales dignos de ser destacados; en primer lugar, el perfil cuasi policíaco que asume la narración a partir del enigma planteado por la falta de datos acerca del bisabuelo italiano, cuyo lugar de nacimiento se ignora. A partir de allí, el narrador despliega una serie de pesquisas que van entretejiéndose con datos acerca de su propia vida, en cuya narración despliega una notoria maestría (la anécdota relacionada con su experiencia en medio del aluvión de 1970 es realmente inolvidable).

Los caminos de la investigación familiar en parte coinciden con los de otros que se han dado a la misma tarea: consulta de archivos, análisis de fotografías (tarea a la que Ponte se entrega con singular deleite, a partir de los escasos testimonios conservados en el acervo familiar), pero se singularizan a partir de una idea directriz a propósito de la cual el autor reflexiona con profundidad, y que queda clara a través de la reiteración de dos frases (destacadas con negrita) que van pautando el decurso de la narración: “Por aquí pasó el destino” y “Todo aquello que tenga que ver con tu misión te será facilitado”.

El tema filosófico del destino, entonces, vertebra la obra y da pie, como dije, a digresiones que adensan el espesor significativo del texto, en el confluyen además las variadas y ricas enciclopedias que posee el autor, sus variadísimas lecturas, así como su propia tarea investigativa en relación con el pasado mendocino, en una amalgama que no elude la cuerda sensible. Porque, como el mismo autor manifiesta, “una familia no es solo un linaje, sino una red de emociones, de afectos y rencores, de promesas cumplidas (o incumplidas) y de sueños rotos. Es un territorio en sí mismo, un pequeño mundo con sus propias reglas y su propio idioma. Comprenderla no es solo mirar el pasado, es descubrir las huellas que han quedado en nosotros, aquellas que sin darnos cuenta seguimos pisando” (2025, pp. 8-9).

Esta “territorialidad” de la memoria permite el despliegue de cuadros vívidos, que atañen no solo a esa Mendoza finisecular (escenario de las primeras andanzas de la familia Ponte en tierras americanas) sino también del Viejo Mundo y sus pequeños pueblos y sus ciudades, sino también de paisajes urbanos que nos son entrañables y próximos porque rozan nuestra cotidianidad. También de aquellas casas que albergaron el devenir familiar, descritas con minuciosidad de arquitecto y con la emoción del recuerdo, que nos permiten asomarnos a retazos de la vida diaria de los mendocinos en la que todavía guardaba trazas de “aquella ciudad de barro”.

Imposible abarcar toda la riqueza de estos dos tomos en una breve reseña; solo quiero quedarme con dos ideas, que su autor anota al final del laborioso recorrido por los avatares de la saga familiar. En primer lugar, la conciencia de ser “puente” (implícita en el apellido), que le permite aunar pasado y presente, memoria familiar y comunitaria, porque la historia de los Ponte-Montefameglio es la de tantos inmigrantes, forjadores de esta Mendoza actual; y consecuente con esta, la idea de “reencuentro”, superadora de cualquier desavenencia pasada; lo cual confiere un significado particular a esa “misión” escrita en las estrellas: eso que llaman destino.

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