17 de enero de 2026 - 00:25

Decapitado y exhibido: el destino macabro del cuerpo de un asesino

Tras la guillotina, el cadáver de este asesino serial no encontró reposo: fosa común, restos dispersos y una cabeza convertida en objeto macabro.

En Historias Funerarias volvemos sobre un caso que, más de un siglo después, sigue perturbando. No solo por los crímenes ni por la ejecución pública, sino por lo que ocurrió después: el destino fragmentado del cuerpo del asesino, convertido en objeto, reliquia y mercancía macabra.

“Henri Désiré Landru fue guillotinado a las 6:05 de esta mañana. Landru murió valientemente. Caminó sin ayuda los pocos pasos que separaban la puerta de la cárcel de la guillotina. Su cabeza cayó en la cesta mientras los primeros rayos del amanecer brillaban en el cielo. Las cornetas de los cuarteles y las campanas del Ángelus en las iglesias anunciaron la muerte de Landru. Que se sepa, no reveló nada sobre los crímenes por los que fue ejecutado.”

Así informaba The New York Times en 1922 la ejecución de Henri Désiré Landru, con la prosa solemne del periodismo de antaño.

El hombre detrás del mito

Landru no fue un marginal ni un asesino improvisado. Nacido en 1869, creció en un entorno humilde de París y transitó una juventud marcada por la frustración social, los fracasos laborales y una temprana inclinación a la estafa. Antes de matar, robó. Antes de matar, engañó. Y cuando el engaño dejó de ser suficiente, eliminó a quienes podían denunciarlo.

La Primera Guerra Mundial le ofreció el escenario ideal. Francia se llenó de mujeres solas: viudas, prometidas, esposas con maridos en el frente. Landru supo leer ese vacío. Bajo múltiples identidades falsas publicó avisos matrimoniales, respondió cientos de cartas y seleccionó a sus víctimas no por afecto sino por patrimonio. Sedujo a más de 280 mujeres, estafó a la mayoría y asesinó al menos a diez, además del hijo adolescente de una de ellas.

Los crímenes sin tumba

El rasgo más inquietante de los crímenes de Landru no fue solo la reiteración, sino el método. Las mujeres desaparecían sin dejar rastro. Eran asesinadas, descuartizadas e incineradas en una casa de campo en Gambais. No hubo cuerpos, no hubo funerales, no hubo sepulturas. Solo restos calcinados, fragmentos óseos y kilos de cenizas humanas halladas tiempo después.

Esa ausencia fue el eje de su defensa. “Sin cuerpo no hay crimen”, repitió su abogado durante el juicio. Pero el proceso logró reconstruir el horror a partir de objetos: muebles, joyas, ropas, movimientos bancarios, una libreta con nombres y fechas, y los restos humanos hallados en el horno-estufa.

La guillotina y el cuerpo separado

La ejecución fue rápida, casi burocrática. En la madrugada del 25 de febrero de 1922, Landru fue conducido al patíbulo. No hubo forcejeos ni discursos finales. El verdugo accionó la cuchilla y la cabeza cayó en el cesto. El cuerpo, decapitado, fue retirado sin ceremonia.

Ese instante marcó el comienzo de una segunda historia: la de su cadáver. El cuerpo fue enterrado en el Cimetière des Gonards, en Versalles, en una sepultura alquilada. Cinco años después, al no renovarse el contrato, los restos fueron exhumados y arrojados a una fosa común. El cuerpo perdió incluso su nombre.

La cabeza, en cambio, siguió otro destino.

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La tumba de Henri Landru.

La tumba de Henri Landru.

Después de la muerte: restos, reliquias y espectáculo

Separada del cuerpo, la cabeza de Landru fue conservada como pieza anatómica y terminó, tras un derrotero oscuro, en un museo privado en Hollywood Boulevard, en Estados Unidos. Allí es exhibida como curiosidad macabra, fuera de contexto, convertida en objeto de consumo cultural.

La paradoja es brutal: Landru hizo desaparecer los cuerpos de sus víctimas para evitar ser descubierto y terminó él mismo reducido a fragmentos. Un cuerpo anónimo en una fosa común y una cabeza exhibida a miles de kilómetros.

Mientras tanto, su legado material siguió circulando. Los muebles que rob+o a sus víctimas fueron subastados. El horno donde se incineraron cuerpos humanos se vendió como pieza singular. La casa de Gambais se transformó en hotel, restaurante y museo del crimen, y aún hoy se ofrece como “mansión cargada de historia”.

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