La veía los veranos. Viajaba a la casa de sus abuelos en temporada de vacaciones y lo primero que hacía al bajar de la camioneta de los viejos era mirar el patio de la única casa vecina. La rubia, desde su jardín de jazmines, le sonreía y gritaba con los ojos algo que solo ellos podían entender. Luego —con el paso de las horas y los días— caminaban juntos entre las arboledas y el olor del sueño de la tierra, tomaban una Coca en el barcito menos frecuentado del pueblo y se besaban después de cazar luciérnagas y arrancarle estrellas a la noche. Cuando llegaban la tarde y el momento que odiaban, él decía: «Será hasta el próximo enero», y ella, como siempre, comenzaba a cantar. Se convertía en una canción de fuego y nieve. Canción y silencios de luz que él escucha con una sonrisa cada vez que su compañero de prisión le pregunta por qué el mundo de afuera parece más oscuro que las paredes donde no deja de escribir historias, ventanas, viajes, números rotos...
Quiere escribir un nuevo cuento y no sabe por dónde empezar.
El día en que te fuiste de mi espejo supe que la lluvia sería inevitable. No.
Las lluvias de Gosz no son muy diferentes del único asiento vacío del tren que alguna vez fue nuestro mejor viaje. Tampoco.
Llueve, llueve mucho, llueven pétalos de fuego en la vieja estación y aún no tengo ganas de hablarme. Definitivamente no.
No escribe el cuento, ni siquiera concreta las primeras líneas, ¿o la verdadera historia es, acaso, la gran historia de una historia que nunca empieza aunque afuera de un mundo, de un tren y de una mano ya dejó de llover?
Un cuento muy largo
Tan largo que se vuelve extendidamente breve y comienza desde el final: ella ha despertado.
Hace un instante (o miles de años) soñó que olvidaba que es todas las mujeres que brillarán en cada noche blanca.
Un Frankenstein en cada punta
Había un monstruo que era monstruo y un hombre que tejía sombras y luces como un dios. Luego, en un parpadeo de doscientos o doscientos y tantos años («el diablo es impar»), el monstruo les cuenta su versión de la historia a sus fans y hasta llora en la parte en que el vil, despiadado, narcisista y abandonista humano se disculpa por su propia bestialidad y la criatura lo perdona con un beso en la frente. De pronto los aplausos y la luz de la sala flamean como el fuego que las divinidades le envidian a un prometeo encadenado a la inmortalidad. La gente sale conmovida del cine. Celebra la originalidad del nuevo film pese al maquillaje de los clichés y la costumbre de demonizar y romantizar alternadamente un extremo y el otro. Y yo (me encantaría decir casi yo, casi ellos), entre la pantalla, las butacas y mi agenda virtual, tengo la chance de colorear la narración, pero acá brota el gran conflicto de este cuento mal cantado: ¿ya existen el gris, el amarillo, el azul, el verde, el rojo, el fucsia, la rosa...?
La oscuridad vuelve a encenderse.
Carta a Papá Noel
Mis papás dicen que sos real. Mis amigas creen que sólo existís en historias y películas que la gente le cuenta a la casi gente para enseñar un mejor color de la nieve. ¿Y el tío Chicho? Piensa que te vestís igual que el gordo cabrón que lo persigue con sus matones para cobrarle la guita que le debe desde que perdió su fortuna en una supuesta calle de Comala. La verdad, no me importa quién sos ni quiénes serás en el olvido. Quiero pedirte el deseo que me encargó la niña que dejé de ser hace un rato: quemalos, quemalos a todos. Quemá esos malditos y gritones cadáveres antes que la policía descubra mi jueguito de Nochemala.
Borges y Borges
El escritor Jorge Luis Borges dijo una vez: Me duele una mujer en todo el cuerpo. El Borges de mi barrio (un pibe viejo que apenas leyó media revista de pornografía antes de usarla para encender la salamandra donde aún arden sus primeros amores y fantasmas) no tiene pecho, cabeza, brazos, piernas u otra parte en que puedan sangrarle las muchachas que inventa todas las semanas en la carnicería. Al menos yo no le creo una palabra cuando cuenta que se encama con modelos, jugadoras de hockey y empresarias exitosas como quien cambia de medias y calzones, e insisto: el tipo no tiene cuerpo, es solo una voz entre millones de ruidos, y se lo digo, le canto: «Boludo, aún no volvés de la ausencia», ¿y puede una fría voz escuchar otra voz de hielo? Me duele, me duele un Borges en cada oído cuando salgo a comprar carne a la esquina, y su padre, con cuchillos y canas, afirma que el nene regresará en un ratito, que todavía existen horas de mil años.
La ausencia no paga boleto
Subí al 120, busqué a la Noe con la mirada y no la vi entre las caras de la urgencia y del tiempo. Entonces bajé en la siguiente parada y pensé: «Será en otro viaje».
Esperé durante cinco minutos un nuevo colectivo de la misma línea y, una vez a bordo, suspiré al comprobar que la Noe tampoco estaba ahí.
«La tercera es la vencida», dije un segundo después de bajar en otra parada y cuatro minutos antes de repetir la secuencia. ¿Resultado? La ausencia seguía siendo la pasajera más atractiva del bondi.
Y volví a bajar y volví a subir a una aventura y una esperanza sin garantías. Mismo resultado.
Cuando llegué a casa observé el ejemplar del libro que escribí para ella y no logré entregarle, la dedicatoria, la firma de autor de espejismos y sonreí. Decidí guardarlo entre mis tesoros y evidencias, pues ya podía demostrarles a mis colegas, amigos, alumnos y futuros hijos y nietos que, cierta vez, mi corazón de piedra se animó a jugar al amor.
A esta altura del silencio
No me arrepiento de escalar la montaña de polvo, estepa, oro y nieve. Al fin y al cabo soy el camino, el abismo y la cima. También la voz que crece hacia abajo o cae arriba cuando la mujer que me sueña desde una cama de hospital abre los ojos…
La inmensidad de las cosas simples
Viajás en un barquito de papel. Disfrutás el sonido del agua y del infinito, la selva de la acequia, la tiniebla cavernera de uno y otro puente, el olor de la vida y el mundo que cambia de tamaño cada vez que tu persona favorita le escribe un poema o un relato a la inmensa pequeñez que descifra en tus ojos de dragón.
Coleccionista de sirenas
Mi abuelo habla muy bien de Mendoza. Evoca con orgullo, ternura y nostalgia sus visitas a los Altos Limpios y Bosques Teltecas de Lavalle, a la Caverna de Las Brujas, a la Laguna de La Niña Encantada, al Cerro de La Gloria, a la Cordillera nevada y tantos paisajes, caminos y casas donde aprendió a amar la vida.
El viejo todavía habla de Mendoza, sí, pero rara vez menciona a los cuyanos que lo obligaron a subir a la primera máquina del tiempo sin papeles ni biromes para que dejara de transformar a sus esposas, concubinas, novias y amantes en sirenas del desierto.
Condenado a la pasión
Escribo todo el día, incluso en el momento en que la heroína de mis cuentos entra a mi oficina y vuelve a dispararme.
Crear para creer
Los tres pibes contaban historias en la casita del árbol. Afuera, el mundo se convertía en aventuras de nieve, invasiones alienígenas en playas de Sudamérica, monstruos que bailaban en montañas de oro e intentaban arrancar estrellas de un salto y otros giros de una vida tan real como las fantasías de cada día. La secuencia se repetía cuatro veces por semana. Sus padres no les impedían «esos juegos de chicos». Y ellos, sin darse cuenta, dejaban de ser niños para transformarse en los dioses anónimos de los personajes que se preguntaban si su universo tenía sentido y creador.
Descripción de un final
La taza de café se eleva, desciende (no hace fondo en la mesa pandita), sube a la velocidad de las moscas, baja en un temblor de caminos rotos y posa, finalmente, en el plato de cerámica que permanece blanco y mudo como todo lo que el pibe de ojos de lluvia no se anima a decirle a la mujer que está por salir del bar con un nuevo juego de llaves, un teléfono apagado y un anillo sin amor
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Sobre el autor: Omar Ochi
Nació el 4 de diciembre de 1988 en Mendoza, Argentina. Es escritor, editor, profesor de Literatura, promotor cultural y director y fundador de EDEL Ediciones. Ha ganado tres veces el Gran Premio Vendimia de Literatura (2010 y 2012 en Poesía, y 2020 en Infanto-Juvenil). Ha sido premiado en tres ocasiones con un subsidio del Fondo Provincial de la Cultura (2009, 2012 y 2014) y en el Certamen Literario Nacional e Internacional Ediciones El Escriba, «Palabras escritas – Palabras dichas» (Buenos Aires, 2013 y 2016), entre otros galardones provinciales, nacionales e internacionales. Forma parte de la Antología Mundial de Poetas del Siglo Veintiuno (del editor Fernando Sabido Sánchez). Perteneció seis años al grupo de Escritores Maipucinos. Fue abanderado de la Sociedad Argentina De Escritores, Seccional Mendoza. Tiene veintitrés libros publicados hasta la fecha. Sus textos han sido difundidos en España, Chile, Perú, Bolivia, Colombia, Venezuela, Cuba y México.