Hace unos cuantos años conocí a Leandro Hidalgo, cuando aún era un novel escritor de un conjunto de prosas brevísimas, plenas de ingenio y e visiones inéditas de la realidad, tal como su mismo título sugería: Instantáneas; 100 fotos. Precisamente la misma brevedad de los textos hacía difícil su encuadre genérico, porque la mircroficción era una posibilidad aún no demasiado explorada en nuestras letras locales.
Sin embargo, Leandro perseveró en ese camino, tanto desde la práctica escrituraria como de la teoría. Así, participó en diversos encuentros científicos que abordaban la temática del microrrelato desde el punto de vista de sus características como modalidad literaria tan apropiada para el vértigo de la vida moderna. Participó asimismo en la organización del primero congreso realizado en Mendoza sobre este modo de escritura y durante varios años se hizo cargo del espacio “breve” en la feria del libro provincial. En 2024 coordinó Literatura Bonsai (lo que en otro momento se llamó “Festival de Brevedades”).
Participó varias veces como invitado en la Feria del Libro de Buenos Aires y también en la de México (2018). De mismo modo, realizó su tesis de licenciatura en Sociología sobre “El Género literario microficción. Su lugar en el Campo literario. Sus relaciones, sus estrategias, su surgimiento”, presentada en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Cuyo, en 2009 bajo la dirección de la Dra. Miriam Di Gerónimo.
En cuanto a la escritura, tiene en su haber —además de ese volumen inicial— otras colecciones igualmente meritorias: Capacho (2010). Publicó Grado —microficciones sobre la historia argentina— en 2014, y un año después, la editorial de Lima, Perú Micrópolis, lo incluyó en su colección “Autores Argentinos”, y publicó su libro Irresponsables, que reunía parte de su trabajo anterior con la microficción, más un capítulo nuevo, con textos nuevos. Ha sido incluido igualmente en prestigiosas antologías y revistas literarias, como Quimera, revista española de análisis literario, fundada en 1980, de periodicidad mensual, que lo incluyó en su dossier sobre “Nueva literatura latinoamericana”. Zona paréntesis apareció en 2017
Resulta interesante traer a colación sus propias reflexiones sobre la modalidad literaria a que ha consagrado sus afanes, pero sin excluir los otros géneros que podríamos considerar tradicionales: “La microficción es parte de toda la literatura, de su historia, de su contemporaneidad. No puede aparecer escindida de la lectura, o de la escritura de otros géneros, como la poesía claro, pero también, de las narrativas de largo aliento, como la novela o el ensayo. Si los autores no manejamos esos otros registros, la microficción por sí misma se desgrana. Se nota al leerla si ocurre una cosa o la otra. La idea remite al género. No al revés. No es un reservorio la minificción. Ni una casa para alojarse”.
A pesar de la amplitud de su obra publicada, me animo a citar aquí un texto inédito, enviado por el propio autor, y titulado Blanco y negro. Lleva como indicación de lectura “para leer con música de fondo. ‘Andata’, Ryuichi Sakamoto; ‘Ripley’, la serie” y es el siguiente: “Fue cuando el sonido de esa palabra tuya me aquietó por la espalda, pero no me di vuelta. Entendí que de momentos así estaba hecho el cine. Hubiese querido seguir caminando sin detenerme nunca, tomar un tren, mirar el paisaje por la ventanilla, llegar a un lugar en donde nadie me conozca, y empezar todo otra vez. Vagar unos días, gastarme los ahorros de bolsillo en un sándwich y en la cantina, conseguir un empleo sin importancia, inventarme un pasado para contar, eventualmente, dormir en ese catre al fondo de la vitrina, caminar al puerto un domingo por la mañana, encender un cigarrillo, observar las moles de hierro flotar en el mar, sin mirar atrás”.