15 de abril de 2026 - 00:10

Julián Marías y el pensar como oficio

Para Julián Marías, el pensar supone ponerse en situación a través de un repliegue en la soledad, en la intimidad consigo mismo y las cosas; evitar la distracción informativa y su avance, como la erudición desgarrada y sin alma; y, por último, poder llegar, a través del contagio ejemplar de un maestro, a matizar, distinguir y apropiar aquellos conocimientos que se han podido pensar.

La España del siglo XX nos ha legado una infinidad de pensadores, escritores, literatos y notables artistas, cuya talla y medida han delimitado el territorio intelectual y artístico del mundo hispanoparlante. Entre esos grandes pensadores encontramos a Julián Marías, nativo de Valladolid y madrileño hasta su muerte. Filósofo de profesión y pensador por vocación, fue discípulo de Don José Ortega y Gasset y un representante ilustre de esa España profunda que hemos podido conocer y heredar.

Su obra es algo extraordinaria en extensión, dimensión y calidad. Desde su "Historia de la Filosofía", escrita a los 26 años, hasta sus estudios de los más variados temas filosóficos y las mejores introducciones al pensamiento de Don Miguel de Unamuno y Ortega y Gasset, entre otros.

En el presente artículo, quisiéramos reflexionar sobre "el oficio del pensar", título que lleva una de sus obras y que nos invita a indagar sobre esta facultad del espíritu, cuya actitud nos sigue interpelando y sugiriendo nuevas miradas y nuevos desafíos del pensar en el siglo XXI, enmarcada en la sociedad de la información que nos avasalla día a día.

Marías se pregunta: ¿Cuánto piensan los intelectuales? A primera vista, la pregunta parece sin sentido, porque la respuesta es casi evidente, ya que los intelectuales se supone que piensan; que su principal ocupación es justamente pensar. De hecho, se les reconoce muchas veces como “pensadores". Sin embargo, afirma: “…muchas veces me he parado a pensar en el pensamiento que ejercitan sus titulares por excelencia; me he preguntado, a mis solas, por su cuantía, su intensidad y sus formas”.

A lo que observa dos cosas: primero, que esos intelectuales hacen demasiadas cosas; tienen cargos públicos, hacen vida social, presiden comisiones, hacen declaraciones a los periodistas, hablan por la radio, aparecen en la televisión, entre otras, por lo que se pregunta: ¿les queda tiempo para poder pensar? Y, en segundo lugar, le llama mucho la atención la actitud de estos intelectuales, cuyo pesimismo, hastío y desilusión, es decir, la falta de alegría, es una marca cada vez más recurrente ante el pensamiento. Si bien hay algunas excepciones de intelectuales que viven alegres, sumergidos en la delicia de su vocación, atentos a la verdad o la agudeza que cruzan su horizonte visual, todavía quedan actitudes que le preocupaban al autor en esos años.

Actitud primaria

En este sentido y como una forma de revertir este diagnóstico, el autor reflexiona sobre el oficio del pensar. Para empezar, lleva a cabo algunas recomendaciones y precauciones que permitirán reflexionar de manera clara y profunda. En primer lugar, nos recuerda la importancia de ponernos en situación como previo al pensar y, en segundo lugar, nos previene de los grandes peligros del pensamiento, como son la información y la erudición.

¿Qué es ponernos en situación? Es aquella actitud primaria del espíritu que será presupuesto inevitable para poder iniciar la actividad de pensar. Afirma: “El pensamiento supone siempre un repliegue, un retraimiento o retiro a las soledades de uno mismo, a su intimidad silenciosa. Es esencial ese movimiento hacia atrás y hacia adentro; quiero decir que hay que estar en las cosas para poder retraerse de ellas. A un número muy alto de intelectuales contemporáneos les faltan las posibilidades radicales, la actitud primaria que hace posible llegar al pensamiento”.

Esa actitud primaria de repliegue, de retraimiento o de retiro resulta hoy por hoy imprescindible, dada las distracciones en que nos vemos expuestos en las actividades diarias y mucho más cuando el motivo o la actividad es la vida intelectual a través del pensar. Se necesita insistir en este punto, cuya gravedad se ve hoy por hoy en la falta de comprensión en los estudios de todos los niveles educativos.

Información, erudición y pensamiento

Junto a esta recomendación, Marías nos previene de dos grandes problemas que repercuten directamente en el pensar. En primer lugar, la información: “Hay que buscar un equilibrio entre la información y el pensamiento, porque nuestros días están contados, y avaramente contadas las horas de cada uno. Los que tanto saben ¿no será que piensan menos? ¿No deberá justificar el intelectual su propio saber, su información, su erudición?” Este aspecto no es un tema menor, ya que el saber ocupa tiempo, atención, energía y dedicación. Puesto en la perspectiva vital de nuestro espíritu, dice: “Toda la figura de una inteligencia dedicada a los menesteres intelectuales está condicionada por su estanque, por aquello hacia lo que gravita y que es su amor”.

La otra precaución que invoca el autor es la erudición, entendida como aquella actitud intelectual que mutila el goce ante la verdad por un conocimiento sin alma ni sentido, que suprime el pensar por el hecho de incorporar información sin orden, jerarquía ni vitalidad, que se jacta de hablar de las cosas sin llegar a saborearlas ni disfrutarlas; que baraja problemas y teorías como cosas distantes, sin arraigo ni cercanía al pensamiento intelectual. “Lo grave, dirá Marías, es que, a la larga, se pierde el hábito del pensamiento; no se es capaz de pensar ni de repensar".

Matizar, distinguir y apropiar

Ahora sí estamos en condiciones de reflexionar sobre el pensar, su naturaleza y alcance conforme al autor. Lo primero que dirá es que el pensar siempre matiza y distingue, es decir: “…ve el otro lado de la cuestión; en lugar de petrificarse en fórmulas, pasa a través de ellas y si las conserva es modificándolas, renovándolas, haciéndolas vivir; sobre todo, poniéndolas perpetuamente en cuestión”. Como se observa, estamos frente a algo vital, existencial que interpela y nos hace reflexionar ante lo contemplado.

Ese pensamiento, además de matizar y distinguir, implica o supone la apropiación de aquello que voy pensando o reflexionando. Para adueñarse el pensamiento de ámbitos históricos o sociales distantes, no hay más remedio que pasar por la ejemplaridad de un pensamiento creador cercano perteneciente a la misma sociedad en la que habita el intelectual.

Ahora bien, ante la pregunta de cómo surge ese pensamiento, Marías afirma que germina a partir del maestro y su ejemplar motivación. En este sentido afirma: “El contagio intelectual tiene sus requisitos: sólo se produce en la cercanía personal o cuando hay una comunidad de supuestos. El contacto con un maestro lejano podrá ser fecundo; es inverosímil que por mera lectura una doctrina originada en un ámbito muy distinto provoque más que un mimetismo”.

En definitiva, para Julián Marías, el pensar supone ponerse en situación a través de un repliegue en la soledad, en la intimidad consigo mismo y las cosas; evitar la distracción informativa y su avance, como la erudición desgarrada y sin alma; y, por último, poder llegar, a través del contagio ejemplar de un maestro, a matizar, distinguir y apropiar aquellos conocimientos que se han podido pensar. De lo contrario, la consecuencia será un empobrecimiento del espíritu intelectual y una debilitación progresiva de la función teórica, práctica y estética en cada uno de nosotros.

* El autor es docente Universitario UM – UNCuyo.

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