Las historias de ciencia ficción nos atraviesan desde nuestra infancia porque tienen el poder de predecir -con mayor o menor acierto- cómo será el futuro.
El cine y la televisión se arriesgaron a predecir cómo sería el futuro con vidas atravesadas por la tecnología. Aunque no siempre acertaron en los dispositivos, sí anticiparon cómo impactarían en la sociedad que vivimos.
Las historias de ciencia ficción nos atraviesan desde nuestra infancia porque tienen el poder de predecir -con mayor o menor acierto- cómo será el futuro.
Crecimos con la ilusión de ver autos voladores, teletransportación o tener un amigo robot, pero lo que de verdad nos impactó es lo que esa tecnología haría con nuestra sociedad.
Hoy, muchas de esas obras producen una incomodidad distinta porque ya no parecen imaginar el futuro sino el presente que vivimos.
En 1968 salió el clásico "2001: Odisea del espacio" donde HAL 9000 es una inteligencia artificial conversa y razona hasta que decide mentir para cumplir su misión. Fue durante décadas el arquetipo de la IA que pasa de copiloto esencial a amenaza abstracta, y nada da más miedo que una máquina que razona con su propia lógica. Lo mismo nos pasó en 1984 con Terminator y en 1991 en Terminator 2. Otra vez una IA en forma de robot puede parecer una persona, pero busca imponerse en la guerra contra la humanidad.
En estos ejemplos, el aspecto visual aún parece futurista, pero su trama es pura especulación filosófica porque ya mostraban cómo los modelos de lenguaje de IA eran capaces de simular el comportamiento humano.
Los efectos visuales o la calidad pueden haber envejecido, pero su temática no. Blade Runner (1982), por ejemplo, no anticipó exactamente los autos voladores ni los replicantes indistinguibles de los humanos, pero sí el dominio de las corporaciones sobre la vida cotidiana, las grandes ciudades atravesadas por desigualdad y la mezcla cultural convertida en paisaje comercial con una tecnología tan ubicua que termina por hacerse invisible.
Aunque hay numerosos ejemplos, creo que hay tres que sobreviven al paso del tiempo por ser los mejores ejemplos de lo que un día fue ciencia ficción y ahora parece un documental.
La más impactante es Years and Years, una miniserie de HBO de 2019. Resulta especialmente inquietante porque presenta al futuro como una sucesión de pequeñas concesiones. No hay un apocalipsis destructor, sino problemas lamentablemente cotidianos como crisis económicas, discursos extremos, tecnologías invasivas y decisiones políticas que se acumulan hasta transformar por completo la vida de una familia inglesa. Su fuerza está en su rigurosa actualidad y también en recordarnos que el futuro no llega por sorpresa, sino que se construye, día a día, con lo que decidimos normalizar.
El segundo ejemplo es el más profundo. Hablo de Her, una película de 2013 que cuenta la fábula melancólica sobre un hombre enamorado de un sistema operativo. Su devastador valor reside en que fue un preciso retrato anticipatorio de la soledad en las grandes ciudades y cómo la expansión de las inteligencias artificiales conversacionales, se convertirían en un polémico paliativo. La trama en su momento fue objeto de burla, pero hoy es la cotidianidad de mucha gente que habla durante horas con una voz digital que responde, recuerda preferencias y ofrece compañía.
Y finalmente está Metrópolis, la película de Fritz Lang de 1927, que es el ejemplo más preocupante. Narra una ciudad futurista dividida entre una élite que vive en torres luminosas y una clase trabajadora condenada a sostener, bajo tierra, la maquinaria que mantiene ese mundo en funcionamiento. Su concepto asusta, excepto a los que buscan que las tecnocracias sustituyan a los Estados. Su impacto cultural fue enorme, pero 100 años después ya no se siente como una predicción sino como un escenario cercano, especialmente en su crítica a la desigualdad, a la automatización y al poder tecnológico.
En 1998 The Truman Show contó la historia de un hombre cuya vida era transmitida como espectáculo sin que él lo supiera. Parecía una sátira extrema de la televisión, pero en 2026 vemos que la idea de exponerse ya no parece inconsciente ni descabellada al observar realities o influencers.
Aunque muchas tramas parezcan imposibles o exageradas revelan el drama social que atravesamos. Minority Report (2002) imaginó un sistema capaz de anticipar delitos antes de que sucedieran. La “precognición” aún es ficción, pero no la ambición de predecir nuestras conductas con algoritmos que recomiendan, clasifican, detectan riesgos o determinan qué contenido veremos
Pero pocas ficciones han retratado tan bien nuestra cotidianidad tecnológica como la serie Black Mirror. Cada capítulo se convirtió en retrato de ansiedades que se volvieron cotidianas: reputación social mensurable, vínculos mediados por pantallas, manipulación informativa o una inteligencia artificial que imita voz, rostro o personalidad. Así mostró cómo una herramienta aparentemente útil puede alterar nuestras relaciones y nuestra percepción de la realidad.
Aunque muchas ficciones quedaron fuera -como el temor al extranjero en Alien (1979), la sustitución humana en A. I. Inteligencia Artificial (2001), la manipulación genética en Jurassic Park (1993) y en Gattaca (1997), la violencia machista y movimiento tradwife en The Stepford Wives (1975 y 2004) o el impacto ambiental del consumo en Wall-E (2008)-, lo esencial está en su mérito para detectar tendencias humanas.
Así, la ciencia ficción no es una bola de cristal, sino un espejo y esa es la clave para entender por qué nos inquieta más ahora que en su estreno.
La disposición a convertirlo todo en entretenimiento, la fragilidad de la privacidad o el deseo de no estar solos es exactamente lo que discutimos en las columnas de tecnología actuales no como ficción sino como noticia de la semana.
El autor es periodista. [email protected]