La historia de la humanidad puede leerse como una crónica de la emancipación del esfuerzo físico. Cada gran salto tecnológico ha reconfigurado no solo las herramientas que continúan nuestras manos, sino el corazón y el tejido social mismo de nuestros pueblos. También quién trabaja, quién acumula la riqueza y cómo se reparte el fruto del esfuerzo humano. Hoy, en el umbral de la era de las inteligencias artificiales y de la robótica autónoma, hay que refrescar nuestra imagen actual enfrentando el espejo de nuestro propio pasado. Para América Latina, esta transición no es una simple actualización de software: es un desafío existencial. ¿Estamos ante las puertas de una utopía de ocio y abundancia compartida, o a punto de institucionalizar una nueva forma de subordinación y feudalismo digital en la periferia global?
Para vislumbrar hacia dónde nos dirigimos, es imperativo ver y comprender cómo la tecnología, el trabajo y el capital, cual ADN de las sociedades, reflejan conductas de los poderes en un escenario complejo e inequitativo en nuestra región y otras, a lo largo de los siglos.
El motor biológico y la acumulación por despojo
Durante la época colonial, la tecnología dominante respondía a una matriz puramente biológica y natural. La fuerza motriz del mundo residía en los músculos de los animales, los brazos humanos, el empuje del viento en los galeones y la caída del agua en los molinos primigenios. En este ecosistema de baja productividad técnica, la única manera de acumular capital a gran escala no era la innovación, sino la escala de la coerción.
América Latina fue el epicentro global de lo que Carlos Marx (a pesar de su incomprensión fuera de Europa) llamó la "acumulación originaria". El trabajo humano en la región se sustentó en el despojo y la violencia institucionalizada: el esclavismo trasatlántico de imperios y “empresas”, como las plantaciones del Caribe y Brasil o la encomienda y la mita minera en los Andes. La distribución de la renta en este periodo era de una polarización absoluta. Para el trabajador forzado, la retribución era la mera subsistencia biológica; para las coronas europeas y las élites comerciales locales, el cien por ciento del excedente de la plata de Potosí o el azúcar tropical. El capital global se cimentó sobre la captura total de la energía humana y los recursos de nuestro suelo sin compensación alguna.
El reloj de la fábrica y una industrialización incompleta
La invención de la máquina de vapor y, posteriormente, de la electricidad, destruyó el viejo orden agrario en el Norte global. El capitalismo industrial trasladó el eje de la riqueza desde la posesión de la tierra hacia la propiedad de las fábricas y las máquinas. En las economías avanzadas, impulsado por las luchas sindicales, se consolidó el Fordismo: un pacto histórico donde los aumentos en la productividad tecnológica impulsaron tímidos aumentos salariales reales para afrontar el consumo, dando origen a una robusta clase media.
En América Latina, sin embargo, la revolución industrial llegó tarde y obligada por las guerras europeas. La región consolidó su rol de proveedora de materias primas para las fábricas del exterior. Cuando se intentaron procesos de industrialización por sustitución de importaciones a mediados del siglo XX, estos fueron parciales. Aunque nacieron importantes núcleos obreros urbanos y sindicatos fuertes que lograron imponer algunos derechos laborales y mejorar la redistribución de la renta, buena parte de la población quedó al margen. La incapacidad de absorber a toda la fuerza laboral en el sector industrial formal sembró la semilla de una característica estructural que nos define hasta hoy: la informalidad laboral crónica.
El chip y la trampa del sector servicios
A fines del siglo XX, el microprocesador y la internet inauguraron la sociedad posindustrial o de la información. El músculo fue definitivamente desplazado por el procesamiento de datos. El núcleo laboral global se movió de la fábrica a los servicios y el mecanismo de acumulación de capital mutó hacia los activos intangibles: patentes de software, marcas globales y el dominio de las finanzas sobre la economía.
En nuestra región, la era digital profundizó la brecha internacional del trabajo. Mientras los países centrales diseñaban el software y controlaban los flujos financieros, América Latina se convirtió en una consumidora neta de esa tecnología y en una maquila de servicios de bajo valor agregado (como los centros de atención telefónica o la administración básica). La distribución de la renta potenció su polarización. Los profesionales altamente especializados vinculados al mercado global vieron dispararse sus ingresos, pero la inmensa mayoría de la población quedó atrapada en un sector servicios informales, de baja productividad y salarios estancados, ensanchando la histórica desigualdad del continente.
La era cognitiva y el dilema de la periferia automatizada
Hoy habitamos la era de la inteligencia artificial. La frontera tecnológica ya no solo automatiza la fuerza física o el cálculo matemático, sino el nuevo componente central del capital: el mismo conocimiento, la información, la creación de contenidos para un mercado basado en el análisis predictivo para la toma de decisiones.
El modelo de acumulación de la era de la IA responde a una lógica implacable de "el ganador se lo lleva todo". Debido a los brutales costos de infraestructura en la nube y supercómputo, un puñado de mega-corporaciones tecnológicas concentradas en Estados Unidos y China capturan la práctica totalidad del valor global. América Latina corre el riesgo de enfrentar un "extractivismo de datos": aportamos la materia prima digital (nuestros datos, interacciones y clics cotidianos) para entrenar algoritmos extranjeros, y luego importamos esos mismos servicios de IA ya empaquetados, pagando regalías coloniales en dólares.
En nuestro mercado de trabajo, el impacto es asimétrico. La IA no destruirá el empleo destruyendo fábricas; desplazará tareas administrativas y técnicas de cuello blanco. Coexisten hoy ingenieros de software latinoamericanos bien remunerados que exportan su talento de forma remota, con una masa gigantesca de trabajadores de la economía de plataformas (Gig Economy) que conducen, reparten o etiquetan datos bajo las órdenes de un algoritmo internacional, desprovistos de redes de seguridad social. La productividad se dispara en las matrices corporativas, pero el rendimiento de ese crecimiento se desvía masivamente hacia las ganancias del capital extranjero, dejando rezagada a la masa salarial local.
El dilema crítico
Para América Latina, donde la informalidad laboral no es una anomalía sino la regla, el debate sobre el fin del trabajo formal bajo la IA y la redistribución de la riqueza adquiere un matiz crítico al desvincular la supervivencia material de la necesidad de un empleo asalariado tradicional que la región nunca pudo garantizar a todos. La automatización extrema de los sectores corporativos ofrece una oportunidad inédita si se funda en un nuevo pacto social distributivo. La UBI (Renta Básica Universal) no se basa en principios básicos de justicia social, ni el reconocimiento a las economías: informal, de la naturaleza y del cuidado, el trabajo comunitario, el cuidado familiar y el emprendimiento de subsistencia, que ya sostiene a nuestras sociedades, sino que es apenas un paliativo para el desempleo creciente. Si bien la tecnología nos da las herramientas a fin de erradicar la pobreza estructural del continente, para garantizar Servicios Básicos Universales no hay humanidad ni en el capital y la tecnología y que lo logremos dependerá de la madurez política para entender que la riqueza del siglo XXI debe medirse por el bienestar colectivo y no por los balances de las corporaciones del Silicon Valley, ni del Zhongguo (imperio del centro).
La historia de América Latina nos prueba que ninguna transición tecnológica “descolonizó” su riqueza, ni la ha distribuido de forma cercana a la justicia social por la sola benevolencia del mercado o la técnica. El fin del monopolio colonial no fue por avances de la consideración de la dignidad del hombre, sino porque a los esclavos se los debía mantener de por vida. Los salarios de la era industrial no fueron concesiones benévolas, sino el resultado de la necesidad de consumidores. Hoy, la “promesa” de una Renta Básica Universal corre el riesgo de ser utilizada por las élites como una herramienta de pacificación social barata: un subsidio mínimo para evitar estallidos mientras las mega-corporaciones globales extraen el valor de nuestros datos y recursos.
Si los latinoamericanos se convierten en meros consumidores pasivos dependientes de la benevolencia estatal, habremos transitado del extractivismo primario a un neo feudalismo digital. El futuro no está escrito en las líneas de código de las inteligencias artificiales de Silicon Valley o Pekín, sino en la capacidad de nuestros Estados para regular el capital autónomo y exigir una distribución justa de la renta cognitiva. Es nuestra deuda con el futuro que hay que saldarla por anticipado.
* El autor es Licenciado en Ciencias Políticas y Sociales, graduado en Defensa Nacional, con estudios de derecho, economía y administración, doctor en Historia, Dirige el Centro Latinoamericano de Globalización y Prospectiva, nodo del Millennium Project desde 1997.