El monolito del siglo XVI
Para dimensionar el desfasaje, basta remontarse al siglo XVI, cuando el filósofo francés Jean Bodin acuñó el concepto clásico de soberanía. En sus Seis libros de la República, Bodin la definió como un poder absoluto, perpetuo, indivisible y supremo. Era la piedra angular del Estado-nación: un monarca o un parlamento que dictaban leyes sin depender del consentimiento de nadie y sin reconocer ninguna autoridad terrenal por encima de sus fronteras.
Ese mundo de compartimentos estancos estalló. El siglo XX y, fundamentalmente, la globalización tardía, consistieron, entre otras cosas, en un proceso de debilitamiento y deconstrucción de la soberanía clásica. La interdependencia económica, el derecho internacional y la proliferación de organismos supranacionales transformaron el absolutismo de Bodin en una utopía nostálgica. Si la soberanía continuara siendo indivisible y suprema, no podría existir, por ejemplo, la Unión Europea, un espacio donde los Estados ceden de manera voluntaria partes cruciales de su soberanía para poder subsistir y competir en el tablero global.
Los nuevos soberanos sin territorio
Este repliegue del Estado-nación no dejó un vacío de poder; por el contrario, habilitó la irrupción de las empresas transnacionales como nuevos y verdaderos sujetos de las relaciones internacionales. Su metamorfosis no es nueva. Ya en 1970, el célebre fallo de la Corte Internacional de Justicia en el caso Barcelona Traction encendió las alarmas jurídicas al debatir los límites de los Estados para proteger corporaciones multinacionales que operaban fuera de sus fronteras.
Hoy, el fenómeno es innegable. Estos conglomerados no poseen ejércitos ni territorios delimitados, pero su PBI y su capacidad para moldear flujos de capital superan el poder de veto de decenas de Estados soberanos. La irrupción es de tal magnitud que ha quebrado los manuales de la diplomacia tradicional: Dinamarca, por ejemplo, hizo historia al nombrar al primer "embajador tecnológico" ante Silicon Valley, reconociendo de facto que corporaciones como Google o Apple manejan una influencia geopolítica y de datos que obliga a tratarlas de igual a igual, de Estado a corporación.
El realismo ante el patrimonio nacional
En la tradición intelectual argentina, quien mejor tradujo esta metamorfosis fue Carlos Escudé a través de su teoría del "realismo periférico". Escudé planteaba que, en el sistema internacional, la igualdad soberana es un mito jurídico. Para los países vulnerables como la Argentina, aferrarse a una soberanía abstracta e intransigente —lo que él llamaba "emocionalismo funcional"— solo ha servido históricamente para justificar confrontaciones costosas que terminan empobreciendo a los ciudadanos. El verdadero interés nacional, según Escudé, se mide en términos de costos y beneficios: la soberanía no se defiende con discursos inflamados, sino acumulando bienestar y desarrollo económico con pragmatismo.
No obstante, en nuestro contexto local, la ligereza discursiva de la cancillería tocó una fibra sumamente sensible. La afirmación de Quirno no se dio en el vacío de un aula académica, sino en el marco de una fuerte tensión social por el debate legislativo sobre la desregulación de la Ley de Tierras y el temor a la extranjerización del territorio nacional. Cuando la ciudadanía percibe que la apertura global puede traducirse en una pérdida de control sobre los recursos estratégicos o el suelo mismo, la soberanía deja de ser una abstracción teórica de Bodin para convertirse en un escudo de protección patrimonial indiscutible
Hacia una política de Estado irreversible
Por eso, confundir el debate técnico con la entrega patrimonial es un error de diagnóstico de ambas partes. Antes que una claudicación o un llamado a la resignación pasiva frente al capital transnacional, la frase de nuestro canciller debe ser leída como una incómoda pero necesaria invitación a la madurez colectiva.
Aceptar que en el siglo XXI la soberanía ya no es el monolito cerrado de Jean Bodin no implica desarmar al Estado ni rematar sus recursos, sino dotarlo de nuevas y mejores herramientas de negociación. Es precisamente a partir de esta realidad innegable donde la Argentina debe concentrar sus esfuerzos para edificar una auténtica política de Estado en materia exterior. El diseño de nuestra inserción en el mundo y el resguardo de nuestro patrimonio no pueden quedar sujetos a los vaivenes de la grieta ni a declaraciones desafortunadas; exige consensos estructurales de largo plazo. Solo una estrategia unificada, despojada de dogmatismos y plenamente consciente de las reglas del tablero global actual, nos permitirá negociar y recalibrar con éxito nuestro interés nacional en un mundo irreversiblemente interconectado.
* El autor es profesor titular de Derecho Internacional Privado en la Universidad de Mendoza.