Quién controla a quién: el ilusorio dilema de regular la IA

El paso de herramientas que responden a agentes autónomos que aprenden y toman decisiones va más rápido que el debate sobre cómo ponerles límites. ¿Llegamos a tiempo o la IA ya tomó la delantera?

Desde su explosión popular a fines del 2022, la inteligencia artificial generativa fue, básicamente, una máquina de responder. Le hacías una pregunta y te devolvía un texto, una imagen, una sugerencia. Pero en 2026 esa relación cambió: ahora hay sistemas que reciben un objetivo ("organizame la agenda", "resolvé este reclamo de un cliente", "optimizá esta cadena de producción") y lo ejecutan solos, paso a paso, tomando decisiones intermedias sin pedir permiso ni tener supervisión en cada instancia.

Así, estamos en un punto donde descubrimos que lo que parecía ser solo una diferencia cuasi semántica entre un chatbot y un agente IA es, en realidad, una evolución.

Y es aquí donde las grandes tecnológicas -como OpenAI, Google o Anthropic, entre otras- compiten por definir a qué se va a parecer esta nueva generación de asistentes evolucionados que ya no asisten, sino que actúan.

El propio sector lo reconoce sin vueltas: un agente IA autónomo no es un chatbot mejorado, es un sistema que percibe su entorno, define objetivos, ejecuta acciones complejas en múltiples herramientas y aprende de los resultados sin intervención humana en cada paso. Y ahí está el quid de la cuestión: cuanto más margen de maniobra le damos, menos control tenemos sobre el resultado final.

Entre la promesa y la amenaza

En este escenario aparece el otro lado de la moneda: la regulación.

En Argentina el debate ya está en marcha. El diputado nacional Diego Giuliano presentó un proyecto de ley para regular la Inteligencia Artificial en el país, con el objetivo de definir el marco legal para su desarrollo, investigación y uso, preservando los derechos humanos, la privacidad y la seguridad de los ciudadanos.

Para que la iniciativa no se queda en las buenas intenciones, el legislador santafesino propone crear un Registro Nacional de Sistemas de Inteligencia Artificial y clasificar los sistemas según su nivel de riesgo (alto, medio o bajo), además de prohibir aquellos que usen técnicas subliminales o manipuladoras para distorsionar el comportamiento y perjudicar la toma de decisiones de las personas.

No es el único proyecto sobre la mesa. El más avanzado en su trámite parlamentario es el del senador rionegrino Martín Doñate, que ya fue aceptado para su debate en comisión, mientras que otras iniciativas también abordan la IA desde una perspectiva general. “Argentina necesita participar activamente de este debate global. No podemos quedar al margen de las discusiones sobre cómo regular tecnologías que ya están modificando el trabajo, la educación, la cultura y el funcionamiento de nuestras instituciones”, señaló Doñate en el debate de comisiones.

El problema, claro, es de velocidad: mientras los proyectos duermen en comisión, los agentes ya están tomando decisiones en empresas, bancos y organismos públicos.

México, Chile y Brasil también presentaron proyectos para regular la IA que todavía no dieron sus frutos, así que Argentina tiene la oportunidad de convertirse en el primer país de la región en dar ese salto. Pero, aunque la oportunidad está, falta ver si la vamos a aprovechar, si está a la altura de las circunstancias o si la vamos a dejar pasar de largo.

Sin embargo, no todos ven la regulación como una solución. Hay quienes sostienen que la intervención del Estado ahoga la innovación y le resta competitividad al sector; otros argumentan que la tecnología avanza más rápido que cualquier ley, y que toda normativa nace vieja frente a una dinámica que no para de moverse. Aunque también son cada vez más las voces, desde expertos hasta legisladores u organismos internacionales, quiénes advierten que, sin ningún tipo de marco, el panorama puede volverse bastante más ominoso de lo que parece hoy.

Para un país como el nuestro, donde la adopción de IA generativa creció a pasos agigantados en oficinas, pymes y hasta en la administración pública, la pregunta no es abstracta. ¿Quién audita al agente que le niega un crédito a alguien? ¿Quién responde si un sistema autónomo comete un error en una historia clínica o en una causa judicial?

La ley europea, pionera en la materia, ya muestra sus costuras: fue diseñada antes de la explosión de la IA generativa y hoy varios de sus propios promotores reconocen que quedó corta.

Capturar, entrenar y evolucionar

El planteo del título es la discusión más importante que debemos darnos en materia de tecnología.

El uso de la IA cabalga libre y sin freno entre lo lúdico, lo académico, lo empresarial y lo organizacional.

No tener claro el rumbo es parte del viaje de descubrimiento, pero también del riesgo de no saber qué decisiones tomará por nosotros.

Casi como si fuera un Pokémon, buscamos capturar a la inteligencia artificial, entrenarla y usarla en “combate” cuando haya evolucionado. Sin embargo, aún no hay garantías de que en realidad no seamos nosotros quienes estemos dentro de una pokebola esperando a salir y cambiar de forma tras el entrenamiento de una IA.

* El autor es periodista. [email protected]

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