En los últimos años, y ante los profundos cambios de paradigma que se vienen produciendo en nuestra sociedad, los padres hemos quedado perplejos. Con frecuencia, las nuevas costumbres se instalan en casa por las circunstancias, por la presión social. Si todas las familias lo hacen, ¿cómo ir contra la corriente? Y así, nos hemos adaptado a muchas nuevas prácticas sin que nos hayamos dado el tiempo de reflexionar sobre ellas, sobre su impacto y sobre sus consecuencias. ¿A qué edad tendrá nuestro hijo su primer celular? ¿Dormirá con él en la habitación? ¿Podrá utilizarlo durante las comidas? ¿A qué redes sociales accederá? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Quién supervisará lo que consume?
En muchas familias esas preguntas nunca fueron formuladas de antemano, sino que aparecieron otras cuando el problema ya estaba instalado: falta de sueño, acceso a contenidos inconvenientes para la edad, problemas de aprendizaje, falta de socialización, etc. Y si bien es cierto que las grandes organizaciones internacionales y los estados están estudiando los distintos temas y tomando medidas en la escuela, la vida de nuestros hijos no puede esperar. Somos los adultos, los padres, los que debemos tomar medidas. Como familia, necesitamos un proyecto educativo: ¿qué queremos para la educación de nuestros hijos? Seguramente queremos que sean autónomos, que desarrollen pensamiento crítico, que aprendan a vincularse con otros, que puedan tolerar la frustración, que sean creativo, que aprendan progresivamente a tomar buenas decisiones. Y, sobre todo, queremos que sean felices. Entonces habría que preguntarse también qué condiciones necesitan para desarrollar esas capacidades. Porque los hábitos cotidianos también educan: una sobremesa; el tiempo de juego; la espera; el aburrimiento; la colaboración y las responsabilidades en casa. Educa una conversación; sostener una actividad que requiere esfuerzo. Y, por supuesto, también educa el modo en que usamos una pantalla.
Pacto parental: ¿quién conduce la crianza?
Esta semana tuve la posibilidad de conversar con Nacho Castro, uno de los impulsores de Pacto Parental. Esta iniciativa, nacida en Mendoza hace solo poco más de un año, surge de la necesidad genuina de un grupo de padres preocupados por varias situaciones que vivían sus hijos en la escuela: conflictos que se trasladaban a los grupos de WhatsApp, situaciones de exclusión y chicos sometidos a una cantidad enorme de estímulos y notificaciones. La preocupación inicial llevó a un grupo de familias a leer, investigar y preguntarse qué podían hacer. Y entonces apareció un descubrimiento fundamental: 1- las familias estaban atravesando prácticamente la misma situación; 2- no iban a conseguir resultados actuando cada una por su lado.
Así surge Pacto Parental, un acuerdo entre padres que propone retrasar el acceso al smartphone y a las redes sociales, pero, además, deciden acompañarse para poder sostener esa decisión. De esta manera, ningún niño se siente estigmatizado, sino que entre todos construyen un contexto distinto para el conjunto. La decisión es la de recuperar la conducción de la crianza que deben tener los padres, tomar las riendas con convicción.
Castro cuenta que el pacto funciona entonces como una red de apoyo entre adultos. No se trata simplemente de firmar un documento. Implica conversar, sostener criterios, compartir información. Y, quizás lo más importante, asumir que educar a nuestros hijos también requiere construir comunidad. El sitio de Pacto Parental lo plantea explícitamente: acompañarse entre familias permite evitar que un chico quede solo frente a la presión social. La organización propone actualmente que al menos diez familias de una comunidad se comprometan para poner en marcha el acuerdo. “Nosotros llevamos la inquietud a la escuela (San Nicolàs) y la institución acompañó y fortaleció la iniciativa”, recuerda Ignacio.
La escuela puede colaborar, establecer reglas y educar para el uso responsable de la tecnología. El Estado puede regular. Las plataformas deberían asumir responsabilidades sobre los productos que diseñan. Pero ninguna institución puede definir completamente el proyecto educativo de una familia. Hay decisiones que corresponden a los padres. “Poner límites es parte de nuestro rol como padres”, afirma Castro.
Lo que no esperaban era que la iniciativa se iba a viralizar de tal forma que hoy ya nuclea escuelas de distintas provincias de Argentina y hasta de algunos países limítrofes. Sumarse a la red es sencillo, a través del sitio de la organización: www.pactoparental.org
Recuperar el juego y la curiosidad
¿Què sucede una vez que se pone en marcha esta nueva realidad? Nacho Castro señala que, en el caso de su hijo, le explicaron que la medida de retirarle el celular no era un castigo ni era para siempre, sino una decisión basada en el amor: acompañar su crecimiento en un contexto saludable hasta que tenga la madurez para poder utilizar pantallas con una mirada crítica. Es probable que los chicos presenten queja inicialmente, pero si los adultos sostienen la posición, muy pronto terminarán comprendiendo y redescubriendo nuevas actividades para hacer. “Muy pronto estaba nuevamente jugando en el parque”, señala Nacho Castro. “Es necesario que los chicos corran, trepen, descubran, se aburran. Hoy tengo la mejor versión de mis hijos. Antes se reunían con sus compañeros y cada uno estaba con la mirada en la pantalla de sus celulares, aislados. Todos estaban apagados, anestesiados con sus teléfonos. Hoy recuperaron el hablar con el otro, el juego en equipo, el tener que negociar con otro. Bajó la ansiedad, la irritabilidad, la agresión. En fin, estamos convencidos de que esta medida ha producido un impacto muy positivo en la vida de nuestros hijos.” Y esto, en definitiva, es lo que todo padre busca: ver crecer a sus hijos de manera saludable y felices.
* La autora es especialista en innovación educativa.