26 de marzo de 2026 - 00:15

Pensar de nuevo

No se trata de cambiar de idea todos los días, ni de vivir en una indecisión permanente. Se trata, más bien, de conservar algo que hoy parece escaso: el coraje de revisar lo que creemos.

Entré a una librería buscando un texto amable y terminé comprando un problema. En una de esas mesas donde los libros parecen mirarte primero, apareció un título que sonaba casi como un desafío: "Pensar de nuevo" (ed. El Ateneo 2026), de Tomás Abraham.

Debo confesar que no es un filósofo que me haya caído siempre simpático. Siempre lo sentí un poco áspero, un tanto reaccionario para ciertos oídos contemporáneos. Uno de esos pensadores que parece disfrutar del desacuerdo. Recordé sus discusiones públicas con Feinmann “el bueno” o con Beatriz Sarlo, que nunca le esquivó al debate intelectual.

Así que lo tomé con cierta desconfianza. Leí unas páginas al azar y cerré el libro, todavía sin saber si me interesaba… o si me estaba provocando.

Y en un pequeño gesto, entre la sospecha y la curiosidad, terminó pasando lo inevitable: me lo llevé.

La sospecha como método

Días después, sentado en un café, comenté la adquisición con un amigo. Apenas escuchó el nombre del autor frunció la cara con la velocidad de quien acaba de probar un vino malardo.

—Mmmm… ¡Abraham! No me convence. Tengo grandes diferencias con ese personaje.

La frase, curiosamente, terminó de convencerme.

Porque en estos tiempos extraños, violentos, indescifrables, inciertos, algo empieza a sonar sospechoso cuando todos estamos demasiado de acuerdo. La unanimidad suele ser un síntoma de pereza intelectual. Pensar, en cambio, casi siempre empieza con una incomodidad.

Y ese es, justamente, el espíritu del libro.

Desmontar certezas

Lo que propone Abraham no es una doctrina ni una nueva fe filosófica para estos tiempos confusos. Más bien lo contrario. El libro invita a desmontar certezas como quien desarma un mueble viejo para entender cómo estaba hecho.

Pensar de nuevo significa sospechar de las verdades que repetimos por costumbre. Revisar las ideas que heredamos. Preguntarnos si seguimos creyendo lo que alguna vez dijimos creer.

En ese sentido, el ensayo funciona como una especie de entrenamiento mental. No promete respuestas definitivas —algo muy saludable— sino algo más interesante: preguntas que incomodan.

Tener memoria

Hay una idea que atraviesa el libro y que vale la pena rescatar. Pensar no es una actividad abstracta ni un lujo académico. Es un movimiento constante entre la historia y el presente.

Entre lo que le pasó al mundo…

y lo que le está pasando ahora.

Pero también, entre lo que nos pasa a nosotros con lo que le pasa al mundo.

Pensar como aceptar que estamos adentro del problema y no solo mirar la realidad desde afuera.

Pensar es tener memoria, sobre todo en los días en que recordamos la tragedia y la crueldad que vivimos hace 50 años y que muchos niegan obscenamente.

El coraje de dudar

Tal vez por eso el título termina funcionando como un pequeño manifiesto para esta época. En un tiempo donde abundan las opiniones rápidas y los algoritmos que muestran siempre a los que piensan igual que nosotros, pensar de nuevo se vuelve un gesto rebelde.

No se trata de cambiar de idea todos los días, ni de vivir en una indecisión permanente. Se trata, más bien, de conservar algo que hoy parece escaso: el coraje de revisar lo que creemos.

“Somos lo que hacemos, pero también lo que hacemos para cambiar lo que somos”, diría Galeano.

Y quién sabe.

Tal vez la próxima vez que entremos a una librería buscando tranquilidad, terminemos saliendo —otra vez— con un problema bajo el brazo.

* El autor es presidente de FilmAndes.

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