Artemis II: por toda la humanidad. Eso rezan los posters oficiales que la NASA ha creado para la misión espacial que se dirigió a rodear la Luna el 1 de abril de este año. Mientras la impresionante misión capturaba la atención y la imaginación mundiales, escuchamos muchas veces también tratar a este importante hito como una muestra de “lo que somos capaces”, precisamente, insistiendo en la idea de que se trata de una gesta colectiva de la Tierra. Lo cierto es que el clima político planetario no parece sugerir nada parecido.
Artemis II sucede, como siempre con el espacio desde que se lo alcanzó por primera vez, en medio de pujas políticas por la supremacía que se dan aquí, en la Tierra. Como tal, representa un mensaje importante. En este caso, se trata de Estados Unidos avisándole a toda la humanidad, particularmente a la República Popular China, que en el espacio algunas reglas no están tan definidas como en la Tierra y que, si alguien va a dictarlas, pues debería tratarse de la potencia norteamericana.
Esto es lo que representa no solo el programa Artemis sino la estrategia diplomática que lo acompaña, los Acuerdos Artemis (Argentina los suscribió en 2023, esto le permitió a lo que va quedando de su histórico esfuerzo espacial ser socio con su propio satélite en esta misión). Estos acuerdos son negociados de manera bilateral por fuera de la ONU, el principal organismo de consenso de la política espacial de la humanidad. Y dejan afuera a potencias espaciales como Rusia y China, mientras incluyen a unos 61 países al menos parcialmente alineados con la visión espacial estadounidense.
La naturaleza de Artemis es tan eminentemente política y simbólica que el presidente estadounidense, mientras los astronautas se alejaban de la Tierra, propuso un recorte presupuestario para su programa espacial: la reducción, a partir del año próximo, de cerca de un 25% de los fondos de la NASA, eliminando numerosas misiones “no prioritarias” y desfinanciando enormemente las áreas orientadas al desarrollo científico. Lo que se buscaría conservar fundamentalmente es lo que la Casa Blanca realmente considera relevante, es decir, el plan de llegar a la Luna y establecer una presencia permanente allí. El año pasado intentó algo similar, pero fue revertido por el Congreso. Aun así, nos da una idea sobre la transparencia de los intereses que guían la geopolítica (astropolítica) de nuestros tiempos.
Artemis también podría tratarse del canto de cisne de capacidades de la agencia espacial estadounidense. Se ha señalado que la utilización de un vehículo de lanzamiento propio (SLS) se debe, en parte, al hecho de que los de las empresas como SpaceX o Blue Origin aun no pueden encarar viajes de esta envergadura. Si logran resolver los desafíos técnicos, se espera que estos lanzamientos sean significativamente menos costosos. La prisa por llegar al satélite natural tiene, pues, un origen político. Deshacerse de estas capacidades, destinando los recursos al sector privado, incrementaría el peso político de los líderes de estas y otras firmas, quienes tienen sus propias ideas en cuanto a quién y cómo debería gobernar una eventual colonia marciana, por caso.
Mientras tanto, frente al apuro y preocupación estadounidenses, el único país con presencia concreta en la Luna actualmente es China, con su robot (Yutu-2) que transita desde 2019 el “lado oscuro” del satélite y se encontraba operativo mientras Artemis recorría su cielo. Su programa espacial contempla también el alunizaje de taikonautas para el 2030 (la NASA espera lograr lo propio en 2028) y la construcción de una base lunar internacional a lo largo de esa década con Rusia como socio principal.
Solemos recordar la famosa frase de Armstrong sobre su pequeño paso y gran salto para la humanidad. Cuando la pronunció, el objetivo era llegar hasta allí y retirarse. Esta vez escuchamos algo parecido, pero el objetivo es instalarse permanentemente e implementar la gobernanza de nuevas infraestructuras, recursos y territorios. Preparando, además, las condiciones para seguir hacia Marte en algún momento.
Por ello, sin ánimos de ser demasiado suspicaces, quizás quepa preguntarnos: ¿es esto, realmente, para toda la humanidad? ¿o nos encontramos ante bloques de ciertos países, agencias y empresas que, mientras nos hablan a todos como si fuéramos parte, se reservan para sí el Reino de los Cielos? El lector seguramente podrá aventurar una respuesta alguna noche en la que, al mirar hacia la bóveda celeste, note los pequeños puntos brillantes en movimiento de las grandes constelaciones satelitales (en su mayoría privadas) que ya orbitan la Tierra ofreciendo diferentes servicios.
* El autor es politólogo, becario doctoral CONICET. Punto Nacional de Contacto Space Generation Advisory Council (SGAC).