A un año del fallecimiento del Papa Francisco, resulta difícil condensar en pocas líneas un legado tan multifacético. Líder global de proyección inédita, supo, sin embargo, mantener una cercanía profunda con los territorios concretos. Mendoza no le fue ajena: la recorrió en diversas oportunidades durante sus tareas pastorales en la Compañía de Jesús. Más aún, esta tierra aportó colaboradores cercanos a su misión, algunos de los cuales lo acompañaron en Roma en tareas de enseñanza e investigación, en la redacción de sus principales documentos y en espacios de gestión particularmente sensibles.
Para muchos, Francisco representa una invitación a la esperanza. Su recuerdo es, precisamente, un re-cordis: volver a pasar por el corazón -ese lugar que él consideraba el centro de la experiencia humana (Dilexit Nos)- el impacto de sus gestos, palabras y acciones en favor de un mundo más justo, más fraterno y más responsable en el cuidado de la casa común.
Su legado es recogido con fuerza por la Iglesia en Mendoza, aunque trasciende ampliamente el plano religioso. Se proyecta como una propuesta humanista capaz de dialogar con la política, la economía, la producción y la vida social. “La Patria es un don, la Nación, una tarea”, repetía con frecuencia. En una provincia atravesada por desafíos estructurales, su pensamiento ofrece claves valiosas para pensar el presente y proyectar el futuro.
“Todos, todos, todos”
En el plano ambiental, su noción de “casa común” (Laudato si’) interpela directamente a una realidad marcada por la escasez hídrica, la desertificación y la necesidad de equilibrar producción y sostenibilidad. Mendoza, con su histórica cultura del agua y su matriz productiva, enfrenta tensiones crecientes entre desarrollo económico y cuidado ambiental. Francisco propuso superar estas falsas dicotomías, invitando a construir modelos de desarrollo integrales donde la innovación, la responsabilidad económica y las políticas públicas converjan en función del bien común y la responsabilidad intergeneracional.
En el plano económico, fue un firme promotor de la cultura del trabajo como espacio de realización y despliegue de la potencia humana (Evangelii gaudium). Un verdadero “militante” del trabajo digno, que reconoció tanto el valor de la actividad privada y el emprendedurismo como el papel de las economías con rostro humano. Alentó el riesgo empresario, pero siempre en diálogo con los trabajadores organizados, los movimientos populares y el Estado. “Diálogo, diálogo, diálogo” fue su consigna insistente: una invitación a construir consensos amplios y sostenibles en torno al destino universal de los bienes. Este enfoque resulta especialmente pertinente en una provincia que necesita generar empleo de calidad, fortalecer su entramado productivo y reducir desigualdades persistentes.
En el plano social, su mensaje resuena con fuerza en torno a la unidad y la superación de la cultura del descarte. Mendoza -diversa, extensa y desigual- está llamada a una integración más profunda, donde la vastedad de su territorio, hasta el punto más postergado, configura un todo más potente que la suma de sus partes. “Mendoza toda, por la bonita”, dice la canción. En este sentido, Francisco destacó el rol articulador de la política, entendida como una de las formas más elevadas de la caridad (Fratelli Tutti). Así, el desarrollo humano integral y la promoción de los más pobres no constituyen dimensiones accesorias, sino el núcleo de una sociedad justa.
“Jueguen adelante, pateen adelante. ¡Hagan lío!”
Su llamado a la paz y a la cultura del encuentro adquiere especial relevancia en tiempos de fragmentación. Francisco no negó los conflictos, pero insistió en la necesidad de procesarlos mediante el diálogo, con responsabilidad colectiva y visión de futuro.
Su legado es también una invitación a la valentía: a animarnos a “embarrarnos” e incluso a “accidentarnos” si es en favor del encuentro solidario con los demás, generando protagonismos amplios e iniciativas capaces de transformar la realidad.
Mendoza no debe dejar pasar el legado de un referente global que supo abordar con creatividad, tradición y audacia los desafíos de nuestro tiempo. En sus gestos y su pensamiento hay claves para proyectar la Mendoza futura: una provincia que, fiel a su identidad, está llamada a desarrollarse en clave humana, creativa y democrática, aun en medio de las tensiones que impone la crisis actual.
A un año de su partida, Francisco sigue siendo una voz vigente. No como recuerdo estático, sino como horizonte que interpela, incomoda y, sobre todo, invita a actuar en coherencia y comunidad.
* El autor es docente investigador UNCUYO. Director del Centro de Estudios INTEGRAR.