Una mañana de enero de 1989 llegó a mi oficina de secretario de Gobierno de la Municipalidad de Mendoza el inmortal “negro” Castillo. Era un día como todos, alborotado y a veces tranquilo. Habían pasado las duras luchas por la recuperación de la vía pública con los vendedores ambulantes -ahora contenidos en las ferias de Avenida General Paz- y todas las autoridades importantes, Viti Fayad, el presidente del consejo, secretarios, directores, se habían tomado merecidas vacaciones. El 88 había sido un año frenético y llegaba el momento de descansar. Yo, con vistas a la posible reforma constitucional luego trunca, había alquilado una casa en Luján donde nos instalamos con Analía y Leandro, el rulito, que estaba por cumplir un año.
El negro Castillo era un tipo querido por todos. Reconocido empresario gastronómico y, sobre todo, marchand de arte, amigo y muchas veces sostén de todos los plásticos y plásticas de la provincia. Recuerdo que me dijo: “¿Querés que hagamos en Mendoza una exposición retrospectiva de Julio Le Parc?”. “- ¿Quéeee? ¿En serio?”. No podía creerlo, y le dije ¡“Por supuesto!”. Inmediatamente pensamos en el local de “Quinta Avenida” (ex “El Guipur”) que, aunque estaba flojo de papeles antisísmicos, había funcionado de maravillas en la muestra de “Los diez años de Hum(R)” el año anterior. El negro me dijo “Llamalo” y me pasó un papelito con un teléfono de Buenos Aires. Tembloroso, marqué el número y una voz grave me respondió:
—Julio, soy Alberto Montbrun, secretario de Gobierno de la Municipalidad de Mendoza. Quiero decirte que vamos a organizar una exposición tuya en la ciudad y estoy seguro de que será histórica.
—Qué bueno —respondió con una mezcla de modestia y cautela—. Gracias.
—Con el Negro ya nos pondremos a ultimar los detalles. Solo falta el OK del intendente, pero no tengo dudas de que lo conseguiremos.
Y nos despedimos.
De inmediato llamé a Rosa Fader de Guiñazú, nuestra directora de Cultura (Billy Romero también estaba de vacaciones) y le dije que recibiera al negro para empezar a charlar “de un tema que sería una bomba”. Rosa era una máquina de laburar y conseguir resultados. El primero fue lograr el apoyo económico de Pescarmona para la producción del salón y la muestra.
Mientras tanto, la gestión municipal seguía su curso y debía ocuparme de un bodrio que teníamos por la clausura del local de la Iglesia Evangélica Cuadrangular, en la cuarta sección. No era fácil cerrar una iglesia, pero, cuando había servicio religioso, volvía locos a los vecinos, que eran nuestra única prioridad. Cinco minutos antes de irse de vacaciones el Viti me había llamado para decirme: “Alberto, cerrá de una vez por todas esa iglesia por favor”.
En fin, amarcord que la muestra recibió a más de cien mil personas y fue el reencuentro de Julio con Mendoza. También lo declaramos Ciudadano Ilustre de la Ciudad y atesoro su dedicatoria en la reproducción de “Collage sobre papel” que aún luce en mi estudio: “A Alberto Montbrun, por las decisiones mágicas”.
La iglesia fue finalmente reabierta, después del compromiso de poner insonorización y media hora, laaaarga, de rezo solemne con el Viti y las autoridades evangélicas mundiales, que habían venido a Mendoza en solidaridad. Pero esa es otra historia.
El negro Castillo, el Viti, Rosa ya no están con nosotros. Ahora se fue Julio, pero queda para siempre el recuerdo de su humilde condición de “muchacho de Palmira” que supo pasear entre las estrellas con una golondrina en las manos y tuvo la generosidad de mostrárnoslas a lo largo de su obra exquisita.
* El autor es abogado.