21 de abril de 2026 - 00:05

Francisco y esa incomodidad que todavía no sabemos qué hacer

Recuerdo y homenaje a Francisco, el inolvidable Papa argentino y universal, en el primer aniversario de su fallecimiento, ocurrido el 21 de abril de 2025.

Hay algo todavía más incómodo que no estar de acuerdo con Francisco: estar demasiado de acuerdo.

Porque ahí es donde empieza a perderse algo esencial de lo que fue.

Frente al primer aniversario de su muerte, el riesgo no es olvidarlo. Es más sutil: recordarlo sin que nada cambie. Citarlo, homenajearlo, evocarlo… y seguir más o menos igual.

Pero si uno se detiene un poco, hay algo en Francisco que no termina de encajar del todo en este tiempo.

Un tiempo que nos empuja a definirnos rápido.

De qué lado estamos.

Qué opinamos.

A quién bancamos.

En Argentina eso se volvió casi un reflejo.

Y en Mendoza también, aunque a veces creamos que estamos un poco al margen.

Todo se ordena rápido.

Demasiado rápido.

La lógica es conocida.

Todo se acomoda en dos lados.

Todo se simplifica.

Y eso, en algún punto, nos tranquiliza.

Y, sin embargo, Francisco no funcionaba así.

No te decía dónde pararte.

No te resolvía el mundo.

Hacía algo más incómodo.

Te corría.

Cuando fue a Lampedusa, en su primer viaje como Papa, no dio un gran discurso. Se quedó frente al mar y lanzó una pregunta simple y difícil a la vez: quién había llorado por los que murieron ahí.

A veces era eso.

Un gesto.

Un silencio.

Una pregunta.

Y de pronto algo dejaba de cerrar del todo.

No era alguien diciendo lo que está bien o mal.

No era un sermón.

Era otra cosa.

Más difícil.

Esa sensación —medio incómoda— de que algo de lo que damos por obvio

ya no alcanza.

Y cuando eso pasa, aparece un momento raro.

Uno todavía no tiene una respuesta nueva.

Pero la vieja ya no sirve del todo.

Ahí es donde, muchas veces, la política se retira.

Porque ese lugar no es cómodo.

No ordena.

No da pertenencia rápida.

Obliga a pensar.

Nos acostumbramos a otra lógica.

La lógica de la grieta.

La que te ubica rápido.

La que te da identidad.

La que te ahorra preguntas.

Pero también —si uno se anima a mirarlo—

te evita algo más difícil:

hacerte cargo de dónde estás parado.

Francisco no resolvía eso.

Lo dejaba abierto.

Y quizás por eso incomodaba.

No porque enfrentara.

Sino porque desarmaba.

Y cuando algo se desarma, pasa algo que no siempre nos gusta.

Por un momento, lo cotidiano deja de funcionar igual.

Las certezas pierden firmeza.

Las respuestas rápidas no alcanzan.

Y ahí aparece algo que no se puede delegar.

Tener que elegir.

No desde la consigna.

No desde el reflejo.

Desde otro lugar.

Tal vez ahí haya una pista para pensar su legado hoy.

No en repetir lo que dijo.

Ni en acomodarlo en una idea prolija.

Sino en animarnos a esa incomodidad.

A ese pequeño desajuste.

A esa pregunta que queda.

No para ver de qué lado estamos.

Sino para algo un poco más incómodo:

no poder seguir diciendo que no sabemos dónde estamos parados.

* El autor es abogado, politólogo y docente universitario.

LAS MAS LEIDAS