23 de abril de 2026 - 00:00

Tres horas bajo el agua: la tormenta que expuso la fragilidad de Mendoza

La tormenta del 30 de enero en Mendoza evidenció cómo lluvias intensas, desiguales y concentradas causaron inundaciones, daños y colapso de drenajes, planteando riesgos, pero también oportunidades de gestión hídrica.

    La tormenta del pasado 30 de enero de 2026 dejó una marca difícil de olvidar en el verano mendocino. En apenas tres horas, la lluvia transformó calles en ríos, arrastró autos, derribó árboles y dejó a miles de usuarios sin electricidad. Lo que comenzó como una alerta meteorológica terminó convirtiéndose en un evento que superó todas las previsiones y puso en evidencia la fragilidad de la infraestructura urbana frente a fenómenos cada vez más intensos.

    Los números ayudan a dimensionar lo ocurrido. En algunas zonas del Gran Mendoza se registraron cerca de 53 milímetros de lluvia (o 53 litros de agua por cada metro cuadrado), una cifra que representa aproximadamente una cuarta parte de lo que suele llover en todo un año. Pero más allá del dato, lo que realmente importa es cómo llovió: de forma concentrada, violenta y en sectores muy específicos. No llovió igual en todos lados. Mientras algunas áreas apenas recibieron entre 10 y 20 milímetros, otras superaron los 50 mm. Esa distribución desigual explica por qué hubo barrios mucho más afectados que otros, incluso a pocos kilómetros de distancia.

    El impacto fue inmediato. Según Defensa Civil, se registraron más de 360 incidentes: calles anegadas, acequias desbordadas, postes y árboles caídos, viviendas inundadas y servicios interrumpidos. En algunas zonas el agua llegó a ingresar a centros comerciales, mientras que en distintos puntos del área metropolitana los autos quedaron varados o directamente fueron arrastrados por la corriente.

    Lo ocurrido ese viernes no fue un hecho aislado. Enero de 2026 ya venía mostrando un comportamiento inusual en términos de precipitaciones. Según datos del Instituto Nacional del Agua, este mes se ubicó entre los más lluviosos de las últimas décadas en Mendoza. Por su parte, en varias estaciones, como Boulogne Sur Mer (ubicada entre la Sexta y Séptima sección de Capital), los acumulados de este mes (87 mm) casi triplicaron los promedios históricos para enero (33,1 mm), alcanzando por poco a la precipitación máxima histórica de enero en dicho lugar (93 mm en 1992). Es decir, no se trató de una tormenta excepcional dentro de un mes normal, sino de un episodio más dentro de una seguidilla de eventos intensos.

    ¿Estamos ante una amenaza o una oportunidad?

    En el corto plazo, la respuesta parece clara. Este tipo de tormentas representa un riesgo concreto para la población. La combinación de lluvias intensas en corto tiempo y una ciudad altamente impermeabilizada genera condiciones ideales para la generación de inundaciones repentinas. Las acequias, canales y sistemas de drenaje, diseñados para manejar caudales más moderados, se ven rápidamente superados. A eso se suma el crecimiento urbano hacia zonas más vulnerables, como el piedemonte, donde los escurrimientos pueden volverse especialmente peligrosos por la producción de crecidas repentinas de agua y lodo.

    Sin embargo, también hay otra cara posible. Mendoza es una provincia históricamente marcada por la escasez de agua, donde cada milímetro cuenta. En ese contexto, eventos como el del 30 de enero plantean un desafío, pero también una oportunidad: la de pensar cómo aprovechar mejor estos aportes extraordinarios. ¿Es posible captarlos, almacenarlos o utilizarlos para recargar acuíferos? ¿Se puede rediseñar la infraestructura urbana para que no solo drene el agua, sino que la gestione de manera más eficiente?

    Tomando como ejemplo los límites de la Sexta Sección del municipio de Ciudad de Mendoza, donde en promedio llovieron 33 milímetros en sus 271 hectáreas de extensión, se tiene que, en tres horas, allí precipitaron casi 90 millones de litros de agua, de los cuales, en promedio, pudo haber escurrido cerca del 80 % (≈70 millones de litros) a través de la red de descarga pluvial urbana.

    Haciendo un ejercicio de escala hacia toda la ciudad, se comprende cómo en tan solo tres horas las acequias y canales de desagüe colapsaron, con las imágenes que todos recordamos de esa tarde en nuestros vecindarios. Bajo este panorama que parece repetirse con cada vez mayor intensidad en cada verano, cabe preguntarse: ¿estas tormentas pueden convertirse en oportunidades para la captación de agua y reducción del impacto de inundación?

    La respuesta no es sencilla y requiere planificación a largo plazo. Implicaría repensar desde el diseño de la ciudad hasta los sistemas de alerta temprana, pasando por la actualización de criterios técnicos en obras hidráulicas y, sobre todo, las vías para captar los volúmenes de agua y que puedan ser almacenados o utilizados en otras actividades (por ejemplo, para el riego urbano y agrícola).

    Adicionalmente, también supone asumir que estos eventos pueden volverse más frecuentes o intensos en el tiempo, y que lo ocurrido no necesariamente fue una excepción, sino la respuesta del medio ante la magnitud de este tipo de precipitaciones extremas.

    La tormenta del 30 de enero dejó imágenes impactantes y momentos de angustia en los vecinos, pero también dejó lecciones. Mostró con claridad dónde están las debilidades y abrió la puerta a una discusión necesaria sobre cómo adaptarse a un escenario climático cambiante. En definitiva, más que un episodio aislado, fue un llamado de atención. Dependerá de cómo se lo interprete y de las decisiones que se tomen a partir de ahora si queda como un susto pasajero o como el punto de partida para construir una Mendoza más preparada para los años venideros.

    * El autor es geógrafo, magister en Planificación de Recursos Hidráulicos y doctor en Geografía. Se desempeña como becario posdoctoral en el Programa Regional de Meteorología (Ianigla-Conicet) y como profesor en el área de Geotecnologías y SIG de la UNCuyo. El proyecto es supervisado por el doctor Diego Araneo (Ianigla).

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