30 de abril de 2026 - 00:00

¿Qué tipo de liderazgo necesita Mendoza?

Si en 2015 Mendoza necesitó un liderazgo para poner de pie al Estado, ahora necesita un liderazgo capaz de poner de pie su futuro. Mendoza ya hizo la parte más difícil: salir del desorden. Ahora le toca algo más desafiante: convertir ese orden en desarrollo sostenido, en prosperidad compartida y en un horizonte que vuelva a entusiasmar.

Hay una pregunta que buena parte del análisis político mendocino todavía no se anima a hacer. Y, sin embargo, es la pregunta decisiva.

Mientras algunos medios, encuestas y analistas se concentran en medir nombres, instalar rankings y repetir la foto de abril, que explica lo ya realizado, el debate de fondo sigue ausente. Se discute quién mide más, quién tiene mejor imagen, quién se mueve mejor en la coyuntura. Todo eso puede ser útil. Pero es insuficiente. Porque antes de preguntar quién está mejor posicionado, Mendoza debería preguntarse algo mucho más importante: qué tipo de liderazgo necesita para la etapa que viene.

La verdadera pregunta no es quién rinde mejor en una encuesta que mide lo ya conocido. La verdadera pregunta es qué perfil hace falta para gobernar el futuro de la provincia.

Mendoza no está donde estaba en 2015. Y eso la ciudadanía lo entendió y lo respaldó en las urnas. En aquel momento, el problema central era el desorden: financiero, económico, institucional, administrativo y político. La provincia necesitaba recuperar rumbo, autoridad, método y previsibilidad. Y para eso hacía falta un tipo de conducción muy claro: una planificación clara, firmeza para ordenar, decisión para reformar y coraje para sostener cambios que no siempre eran simpáticos, pero sí imprescindibles.

Ese trabajo se hizo. No de un día para otro, no sin costos, no sin resistencias. Pero se hizo. Gracias a ese proceso, Mendoza pudo ordenar sus cuentas, fortalecer instituciones y reconstruir reglas más previsibles. Ese dato no es menor: define el punto de partida de la etapa que viene.

Hoy el problema principal ya no es el desorden. El gran desafío es cómo romper el techo. Cómo hace una provincia que ya ordenó su casa para dar el salto al crecimiento. Cómo hacer que ese crecimiento sea sostenido. Cómo convierte estabilidad en inversión, inversión en producción, producción en empleo y empleo en arraigo. Cómo transforma equilibrio en desarrollo real en cada uno de sus oasis productivos. Cómo logra que sus jóvenes elijan quedarse, crecer y construir su vida en Mendoza.

Esa es la discusión de verdad.

Mendoza necesita ahora algo más que buena administración. Necesita conducción estratégica. Necesita un liderazgo capaz de cuidar lo construido desde diciembre de 2015 hasta hoy, pero también de abrir una nueva etapa. Porque llega un momento en que ordenar deja de ser la meta y pasa a ser la base. Y Mendoza ya llegó a ese punto.

Nuestra identidad histórica lo explica mejor que cualquier encuesta. Mendoza hizo un oasis en el desierto. No lo heredó: lo construyó. Con agua administrada con inteligencia, con trabajo, con visión y con una cultura del esfuerzo que llevó generaciones consolidar. Nada de lo que somos fue fruto de la casualidad. Por eso el desafío del próximo tiempo no es solo administrar lo existente. Es volver a tener la audacia, el método y la visión para recrear ese oasis en las condiciones del siglo XXI.

Eso exige comprender que el capital humano que hoy formamos será la economía de los próximos veinte años. Exige pensar la educación como inversión estratégica. Exige asumir que el agua, la infraestructura, la energía, la conectividad, la seguridad y la innovación son piezas de un mismo proyecto de desarrollo. Exige una provincia que no se conforme con estar ordenada y se anime a crecer.

Ahí aparece una diferencia central entre gestionar y conducir. El oportunismo se fija en los rankings, el gestor administra bien el presente. El conductor, lidera y organiza el presente en función del futuro. El oportunista mira la próxima semana. El líder mira la próxima generación. Y en una Argentina pendular, esa diferencia vale oro.

Mendoza no necesita volver atrás. No necesita rifar el orden conseguido ni reemplazar previsibilidad por improvisación. Pero tampoco puede resignarse a una administración conservadora, como si el equilibrio fuera la estación final. Necesita algo más exigente: continuidad en lo esencial y audacia en lo que falta. Defender lo logrado, entendiendo que la etapa que viene exige crecimiento, desarrollo y una ambición provincial más alta.

Por eso, el debate que Mendoza necesita no es quién va primero en las encuestas de abril. Esa es una discusión cómoda para analistas que prefieren mirar el espejo retrovisor. El debate serio es otro: qué modelo de provincia propone cada uno para los próximos veinte años. Qué idea tiene sobre el desarrollo, la producción, la educación, el trabajo, el agua y el rol del Estado.

Esa es la conversación pendiente.

Porque si en 2015 Mendoza necesitó un liderazgo para poner de pie al Estado, ahora necesita un liderazgo capaz de poner de pie su futuro. Y ese futuro no se construye con marketing, con mediciones viejas ni con análisis superficiales. Se construye con identidad, con convicción, con método y con una idea clara de provincia.

Mendoza ya hizo la parte más difícil: salir del desorden. Ahora le toca algo más desafiante: convertir ese orden en desarrollo sostenido, en prosperidad compartida y en un horizonte que vuelva a entusiasmar. La pregunta, entonces, no es solo quién viene. La verdadera pregunta es quién está a la altura de la Mendoza que viene.

* El autor es concejal, politólogo y docente universitario y secundario.

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