"No te olvides de olvidar el olvido", proponía el poeta Juan Gelman. En sintonía, aunque por razones menos líricas, cada vez son más los adultos mayores (y no tan mayores) que encuentran en los talleres de memoria el espacio ideal para "resetearse" y estimular sus funciones cognitivas.
Ejercitar el cerebro y fortalecer la atención, el lenguaje y el razonamiento es el norte de estos espacios. Su multiplicación no es casual en una época signada por la "economía de la atención" y la "pantallización", fenómenos que están haciendo estragos en nuestra capacidad de concentración. Sin embargo, son muchos los que se resisten a perder esa batalla.
Si, como decía Jean Paul Richter, "la memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados", quienes asisten a estos talleres van en busca de un bienestar integral: emocional, cognitivo y vincular. En el mundo académico se habla de "reserva cognitiva", conceptuando a estos espacios como una suerte de "caja de ahorros" neuronal. Cuanta más actividad social e intelectual acumulamos, más capital tendremos para enfrentar el desgaste natural del tiempo.
Aunque muchos llegan tras notar pequeños olvidos cotidianos (no recordar dónde dejaron las llaves es un clásico), la función de los talleres va más allá. Surgidos en la segunda mitad del siglo XX en Europa (con Francia y España como pioneros) como respuesta al aumento de la longevidad, actúan antes de que aparezcan enfermedades o un deterioro cognitivo concreto. Son una herramienta preventiva ante consultas que, a menudo, no reflejan demencia, sino falta de entrenamiento o simple estrés.
El objetivo no es "curar", sino optimizar y compensar. El punto central es la neuroplasticidad: la capacidad del cerebro para crear nuevas conexiones neuronales a cualquier edad. Paralelamente, funcionan como amables espacios de contención, ofreciendo una excusa vital para socializar en una etapa de la vida donde generar nuevas amistades es poco común. Se enseñan "trucos" mnemotécnicos para archivar y recuperar información, sin forzar la mente, pero aceitando sus mecanismos.
La relevancia actual de estos talleres se sustenta en tres pilares. Combaten la "jubilación mental"; al dejar de trabajar, muchas personas reducen sus desafíos intelectuales, y el cerebro, como un músculo, si no se usa, se debilita. Abordan el factor social: la soledad es el peor enemigo de la mente, mientras que la interacción obliga a procesar lenguaje, gestos y emociones en tiempo real. Finalmente, alivian la angustia del olvido en una sociedad que sobrevalora la productividad. En el taller, el error se normaliza, no se está allí para rendir examen.
En definitiva, estos espacios nos recuerdan que la memoria no es un cajón estático, sino un proceso dinámico y una riquísima cantera de recuerdos y aprendizajes. Los talleres no garantizan "más espacio de guardado", pero mantienen la maquinaria aceitada para que encontrar lo que atesoramos sea un poco más fácil.
* El autor es secretario general de redacción de diario Los Andes. [email protected]