La antropología social y cultural incorporó a su lenguaje el concepto paisaje cultural desde la década de los años 20 del siglo pasado. Cuando llegamos a La Reta, para invertir en el sector vitivinícola, nuestra curiosidad profesional nos impulsó a realizar entrevistas orales a algunos pobladores. Pudimos así recuperar apasionantes historias de familias con varias generaciones en el lugar, conocimiento que enriquecimos con lecturas especializadas del mundo vitícola mendocino. Pronto comprendimos que estábamos en medio de un paisaje cultural.
En este hermoso rincón de Luján de Cuyo siguen vivas muchas capas de tiempo. En cada hilera de vides hay trabajo acumulado, decisiones y aprendizajes transmitidos por generaciones, pues a de la Reta llegó gente de nombres y acentos lejanos, entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Inmigrantes europeos, sobre todo italianos y españoles, quienes buscando futuro hicieron de la vid una forma de arraigo. Plantaron, regaron, podaron, resistieron el clima, ensayaron técnicas, levantaron pequeñas economías familiares y, sin saberlo del todo, modelaron una parte esencial del paisaje que hoy admiramos. Las vides antiguas que todavía sobreviven en la zona son testigos de aquella fundación. En sus troncos retorcidos persiste la historia del esfuerzo.
Por todo eso, planteamos el objetivo de dar valor patrimonial a los antiguos viñedos de la Reta, apuntando hacia su declaratoria como paisaje cultural vitivinícola. Consideramos necesario mostrar la importancia de su patrimonialización, que además de contribuir con el progreso de las empresas allí instaladas, estimularía el desarrollo de los barrios adjuntos. Poner en valor esas vides históricas, enriquecería la gestión empresarial, incorporando elementos de sostenibilidad, respeto por el medio ambiente y la historia cultural de Mendoza, todo lo cual redundaría en una mayor promoción del turismo.
Pero aclaremos algo, patrimonializar no es momificar ni convertir el campo en una postal inmóvil. Tampoco es frenar la producción, sino reconocer que las vides antiguas del pasaje de la Reta representan otra clase de valor que supera su precio de mercado. Estas viñas merecen ser cuidadas por lo que narran y simbolizan, y por lo que pueden enseñar a las generaciones futuras. Pero además hay que protegerlas porque se encuentran amenazadas por el avance urbanístico sin sensibilidad territorial. Mientras el crecimiento inmobiliario prospera, los viñedos corren el riesgo de ser vistos como un vacío disponible o como tierra a reemplazar. Esto ocurrió también con otros rubros en Mendoza, por ejemplo, los olivos.
En el proceso de puesta en valor que proponemos, es prioritaria la incorporación de las comunidades vecinas de la pequeña y pintoresca calle. Eso podría crear cohesión y armonía local. Asimismo, apuntaría hacia un plan mayor de recuperación de todos los bienes de cultura material vitivinícola que se encuentran en el contexto de Luján de Cuyo. La tarea, entonces, parece clara y nos interpela a todos: a los propietarios de bodegas en el pasaje de la Reta, a nuestros vecinos de los barrios, a las instituciones públicas y a nuestros clientes. Defender las vides antiguas no significa oponerse al desarrollo económico sino discutir en colectivo qué desarrollo queremos. Si Mendoza ha construido una parte de su identidad alrededor del vino, entonces cuidar estos viñedos no es un gesto romántico sino una decisión cultural, económica y ética sobre el tipo de provincia que deseamos legar.
Creemos que todavía estamos a tiempo de honrar a quienes plantaron antes que nosotros. A tiempo de proteger estas vides del olvido y de la sustitución apresurada. Nos empeñamos en explicar que un paisaje vitivinícola no vale sólo por las botellas que se pueden producir. Mirar al pasaje de la Reta como paisaje cultural es, en definitiva, un acto de gratitud hacia los inmigrantes y trabajadores que hicieron posible este rincón del mundo. Brindemos por la memoria, que siga echando raíces.
* La autora es antropóloga.