Argentina le ganó a Inglaterra. Pero esta victoria llega en un momento del mundo que la hace mucho más que un resultado deportivo.
Que el fútbol nos haya dado la victoria justo cuando el mundo se reacomoda no es casualidad. Es una oportunidad que, como los goles, hay que aprovechar.
Argentina le ganó a Inglaterra. Pero esta victoria llega en un momento del mundo que la hace mucho más que un resultado deportivo.
Del otro lado del Atlántico, el Reino Unido está más desunido que nunca. En las calles de Edimburgo, desde balcones antiguos, flameaban banderas argentinas esperando nuestro triunfo. En Gales y en Irlanda del Norte, el apoyo al equipo inglés es, cuanto menos, tibio. Hay pueblos dentro del país que no se reconocen en esa camiseta.
La política británica tampoco ayuda. Un primer ministro que acaba de renunciar. Otro que asumirá en los próximos días sin mandato electoral. Un país atravesado por problemas sociales profundos. El asesinato, muy posiblemente político, de una dirigente veterana del partido opositor que venía creciendo en las encuestas. Un aumento del antisemitismo: más de 4.000 casos denunciados en lo que va del año, con muertes en Manchester e incendios de ambulancias de la comunidad judía en Londres. Y para cerrar el cuadro, unas 2.700 personas que fallecieron entre mayo y julio por una ola de calor histórica.
En ese contexto, el triunfo argentino se presentaba como un hilo de esperanza, como una fuente de alegría que, al menos por 90 minutos, no fue para ellos.
Al día siguiente apareció otra imagen: la admiración por nuestra selección mezclada con una crítica seria. Algunos jugadores desplegaron espontáneamente en la cancha de la ciudad de Atlanta un cartel que decía “Las Malvinas son argentinas”. La Federación inglesa ya pidió a la FIFA que sancione a la AFA.
Creo que este escenario, creado sin intención, es el momento justo. Se alinearon los planetas a favor de Argentina.
Tenemos un nuevo gobierno en el Reino Unido que se perfila de centroizquierda y que deberá responder a sectores muy lejanos del conservadurismo thatcheriano que obtuvo la victoria de 1982. Tenemos a Estados Unidos gobernado por Donald Trump, molesto con el Reino Unido por su negativa a sumarse a la guerra contra Irán y amigo de nuestro país. Tenemos un gobierno liberal en Argentina. Y una América Latina que se inclina a la derecha, con elecciones próximas en varios países europeos grandes cuyos partidos miran a la Argentina actual como un modelo a imitar. Tenemos además a Israel como aliada de Argentina en muchos foros internacionales.
Es el momento de decir algo que por años evitamos: el que inició este lío de soberanía debería hacerse cargo. Y ese no fue Inglaterra.
En 1831, el buque estadounidense Lexington bombardeó la gobernación argentina de Luis Vernet en las islas Malvinas y destruyó los asentamientos. Dos años después, en 1833, llegaron los ingleses y ocuparon el archipiélago.
He visitado las islas en cinco oportunidades. Los isleños reales son menos de 500. Muchos las usan como un country de fin de semana, porque pasan allí solo los veranos. No hay una población estable, arraigada, del tipo que el derecho internacional suele proteger.
Por eso propongo algo distinto. Es hora de negociar con Estados Unidos que se haga cargo de la base militar de Mount Pleasant bajo soberanía argentina. Sería una forma de garantizar los artículos transitorios de la Constitución de 1994, donde el país se compromete a respetar el modo de vida e identidad de los isleños, sin ceder soberanía.
Estoy convencido, conociendo a los isleños, a los británicos y a mis compatriotas, que con imaginación se puede encontrar una solución que satisfaga a todas las partes. Una salida pragmática, sin banderas de guerra, pero con la bandera en alto. El cartel desplegado en Atlanta no estaba equivocado. Las Malvinas son argentinas. Que el fútbol nos haya dado la victoria justo cuando el mundo se reacomoda no es casualidad. En una oportunidad que, como los goles, hay que aprovechar. Y las oportunidades, como los goles, hay que aprovecharlas.
(*) Cichello Hubner es argentino y vive en Londres.