Siempre es recomendable que desde afuera de la política los argentinos expresen sus sentimientos y puntos de vista sobre el funcionamiento de las instituciones de la república y lean e interpreten sus consecuencias cuando los desvíos se hacen evidentes.
En tal sentido, en el reciente Tedeum por el festejo de la independencia, la Iglesia realizó otra fuerte advertencia sobre la situación institucional y social del país.
En su homilía ante el presidente de la Nación y demás autoridades y representantes políticos, el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge García Cuerva, profundizó en temas ya señalados por la Iglesia con anterioridad, pero que siempre es oportuno reiterar en virtud del deterioro que producen en la vida de muchos argentinos.
Escogió como lectura del Evangelio previa a su mensaje la parábola del buen samaritano, que coloca al prójimo como destinatario de atenciones y esfuerzos realizados con desprendimiento y sin espera de recompensa. Un modelo de cómo el ir y venir de buenas intenciones trasciende jerarquías o clases. Muy oportuno, sin ninguna duda.
Puede haber sorprendido su mención a lo que representa el futbolista Lionel Messi como ejemplo deportivo y verdadera herramienta de unión de pasiones y simpatías entre argentinos. Por ello García Cuerva instó a continuar “con la camiseta puesta” en las distintas actividades y fundamentalmente en el plano político, el destinatario in situ de la prédica patria. “Cuando luchamos juntos y unidos somos capaces de conseguir lo que nos propongamos”, reclamó.
La recomendación de priorizar el sentido de equipo que juega en sintonía entre sus miembros se interpreta como un reclamo para que en los asuntos que trascienden como nación y por el bien del grueso de la población queden de lado necias diferencias, que muchas veces la política incentiva simplemente por una cuestión de meras conveniencias parciales. En esa línea el arzobispo porteño cuestionó lo que definió como intolerancia y en ella, los enfrentamientos constantes.
Y volvió a ser muy enfático en el pasaje referido a los ilícitos que se cometen en la función pública y que irradian, inevitablemente, un pésimo ejemplo a la población. “A veces, como sociedad argentina, también recorremos caminos peligrosos” puntualizó García Cuerva, que luego remarcó: “Algunos aprovechan para vivirnos o enfrentarnos, robándonos las esperanzas de salir juntos adelante, escondidos, en todas las épocas, en cuevas de corrupción”.
La Iglesia, como actor social clave por su gran presencia territorial en el país, expresa su vocación de ayuda a los sectores más desprotegidos y su valorable vigilancia de los valores que deben guiar en el obrar.
Y una fuerte valorización del concepto de justicia social, criticado muchas veces desde el poder, ya que su objetivo no es otro que asegurar una vida digna y reducir las desigualdades estructurales y la marginación.