Aristotélicos versus platónicos

Al presidente Milei no se lo ha votado para ganar una “batalla cultural”, sino para ordenar lo antes posible las cuentas públicas, terminar con los privilegios y acabar de una buena vez con la angustiosa inflación que nos agobia.

Aristotélicos  versus platónicos
Javier Milei y Alberto Benegas Lynch (h)

Alberto Benegas Lynch (h), sin dudas el más destacado referente liberal en la Argentina y uno de los principales mentores del presidente de la Nación, es en esencia un pensador, un gran pensador, un pensador tenaz. Su pensamiento tiene una base aristotélica, es decir, nace de la percepción o de la observación de algo para luego formular una hipótesis que lo explica, pero siempre dentro del marco conceptual que plantea Karl Popper donde se asume que ninguna hipótesis tiene una conclusión terminante, que todo conocimiento es provisorio y sujeto a refutaciones. No hay palabras finales (Nullius in verba), o como diría Borges, el texto definitivo solo pertenece a la religión o al cansancio.

Benegas Lynch no es un político, es un hombre de gabinete, un teórico muy orgulloso de serlo, a quien le gusta repetir lo que señalaba Peter Drucker acerca de que “nada hay más práctico que una buena teoría”, y que siempre insistió en que la gran faena de los intelectuales era correr el eje del debate de los políticos, que sólo hablaban de igualitarismo y distribución de la riqueza, para lo cual se hacía necesario influenciar previamente a la opinión pública. Y lo logró. Pero en ese arduo camino hacia el triunfo de las propuestas liberales, sus ideas, sin llegar al extremo de convertirse en un dogma, fueron deviniendo en algo parecido a un dogma que, muy a su pesar, lo transforman en un platónico, en alguien que cree que los fenómenos cambiantes del mundo físico deben supeditarse a la primacía de las ideas. Y ha sido ese pertinaz platonismo involuntario de Benegas Lynch una de las causas que terminó motivando a otro platónico ferviente como Javier Milei a salir de la trinchera intelectual, y ametralladora en mano (dicho en sentido metafórico, no como nuestros platónicos setentistas, diestros en el arte de empuñar una FAL), arremeter contra todo lo que no sea liberalismo puro.

El problema es que cuando se abandona la trinchera desde la cual se defienden las ideas propias y se ataca las del adversario, no se puede seguir siendo platónico, hay que volverse un furibundo aristotélico, donde la única verdad es la realidad. Sí, el concepto es de Aristóteles, el general Perón lo repetía, solamente.

Pero al presidente Milei le cuesta mucho entender esto. En parte por su estructura de personalidad, y en parte por ese exacerbado platonismo que exhibió a lo largo de su campaña y que se empeña en seguir cultivando.

El presidente aborrece el verbo “negociar”, como si se tratara de una práctica indecorosa. “No estoy dispuesto a negociar nada”, afirma desafiante, priorizando la narrativa académica por encima del consejo de algunos de sus aristotélicos colaboradores, y de la realidad que le pone límites. Precisamente, los límites republicanos que necesita para poder llevar adelante su programa de transformación, sin convertirse en un déspota ilustrado.

El mismo Benegas Lynch alguna vez ha señalado aristotélicamente, que en el plano político se requiere del consenso y la negociación entre posturas diferentes a los efectos de permitir la convivencia, y que es necesario incentivar los debates abiertos para que se comprendan y se hagan patentes los beneficios de la libertad.

Se le atribuye a Aristóteles el haber dicho que la política es el arte de lo posible, y para alcanzar lo posible, son necesarios los acuerdos. Solamente un platónico como Milei pudo haber imaginado que su ambiciosa ley ómnibus podía pasar incólume el filtro del Congreso, donde todas las voces disímiles y relevantes de la sociedad están representadas, y se están haciendo escuchar. Y las debe escuchar, sin sentir que está siendo extorsionado. Y negociar, mal que le pese, para enriquecer de ese modo su propuesta con otras miradas valiosas que también tienen mucho que aportar.

La Argentina vive, tal vez, la crisis más grave de su historia moderna, fruto de la irresponsabilidad, la impericia y la falta de escrúpulos que caracterizaron a las cuatro administraciones kirchneristas. Estamos al borde del abismo y es imperioso que el Gobierno sepa diferenciar entre lo que es necesario y urgente, de lo que es accesorio y postergable. Y entienda, además, que al presidente Milei no se lo ha votado para ganar una “batalla cultural”, sino para ordenar lo antes posible las cuentas públicas, terminar con los privilegios, y acabar de una buena vez con la angustiosa inflación que nos agobia.

Por eso es imprescindible que en esta pulseada histórica a la que estamos asistiendo y de la que en gran medida depende nuestro futuro inmediato, Aristóteles le tuerza el brazo a Platón.

* El autor es ingeniero.

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