Jorge Cafrune: un accidente mortal en plena noche y la eterna sospecha de su asesinato

Para muchos su presentación en el festival de Cosquín, pocos días antes del accidente, decretó su muerte.
Para muchos su presentación en el festival de Cosquín, pocos días antes del accidente, decretó su muerte.

En un nuevo aniversario del nacimiento del folclorista repasamos el gran misterio que rodea su sorpresiva muerte, ocurrida en 1978 en plena Dictadura.

El plan era empezar una cabalgata de unos 750 kilómetros desde la ciudad de Buenos Aires hasta Yapeyú (Corrientes). Un homenaje al General San Martín en el bicentenario de su nacimiento, en el que Jorge Cafrune iba a recorrer 35 kilómetros cada día, durante 25 jornadas. Era su aporte particular a lo que iba a ser un gran evento en Yapeyú, en el que iban a juntarse miles de hombres a caballo.

Esta suerte de gira era menos épica de la que Cafrune (8 de agosto de 1937 - 1 de febrero de 1978) había emprendido en 1967, cuando unió las capitales provinciales desde La Quiaca a la Patagonia, ofreciéndole a la gente su voz en cada posta. Ahora, el 31 de enero de 1978, estaba en la cúspide de su carrera: había llevado su música a las fronteras más lejanas (desde Tenerife hasta Nueva York) y había vuelto actuar pocos días atrás, después de seis años de silencio forzoso, en el emblemático festival de Cosquín, donde empezó su mito.

Pero esa marcha hacia Yapeyú no se iba a cumplir. La empezó en una Plaza de Mayo amistosa que incluyó una bendición del rector de la Catedral de Buenos Aires. Lo acompañaba Chiquito Gutiérrez, un compadre fiel. Primero cabalgaron secundados por centros tradicionalistas, después hicieron solos un tramo de la ruta 27 y, ya de noche, llegaron a la localidad bonaerense de Benavídez. Ahí ocurrió el accidente.

Una camioneta los impacta y el Turco Cafrune tiene la peor parte: le fractura varias costillas y hay traumatismos en el tórax y la cabeza. Primero lo trasladan al hospital de Tigre y debido a la complejidad deciden llevarlo a un sanatorio especializado en el tórax en Vicente López, pero no resiste el camino. El velatorio se realiza en la Federación de Box, debido a la cantidad de público que lo quiere despedir. La cremación se realiza en el Cementerio de la Chacarita.

En ese momento nace el mito, ampliado por una gran incerteza: ¿Fue un accidente o a Jorge Cafrune lo mataron?

Las versiones

Los que creen en la primera versión tienen un responsable muy claro: Héctor Emilio Díaz, el conductor de apenas 19 años que conducía, borracho y sin luces, la fatal camioneta. Se entregó, de hecho, al día siguiente en compañía de su papá, quien (aquí se generan las dudas) había hecho trabajos en el Ministerio de Bienestar Social que dirigió hasta 1975 José López Rega. Sí, el mismo López Rega que en el 73 había dicho: “Cafrune es más peligroso con una guitarra que un ejército con armas”. Como era menor de edad, Díaz fue absuelto.

Yamila Cafrune, hija del primer matrimonio del folclorista y actualmente reconocida intérprete de ese género, cree también en que se trató de un accidente. No hay pruebas concretas para pensar lo contrario.

Jimena Néspolo, escritora e investigadora del Conicet, escribió un libro sobre el tema: “¿Quién mató a Cafrune? Crónica de la muerte de la canción militante”. En él presenta el panorama completo del caso, sumando testimonios inéditos de personas detenidas y sobrevivientes de la última Dictadura.

Como el de Teresa Celia Meschiatti, quien asegura que la muerte de Cafrune había sido decretada días antes, el 24 de enero del 78′, durante su osada intervención en el festival de Cosquín, a la que ya referíamos. En el testimonio de ella, quien fue secuestrada en 1976 en esa provincia y estuvo en el campo de detención de La Perla, se cuenta que estuvo presente ese día en el festival.

Esa noche, los militares habían llevado a mujeres secuestradas para que los acompañaran en la redada y así pasar desapercibidos. Caminando en las inmediaciones de la Plaza Prospero Molina escucharon que Cafrune estaba cantando: “Yo no sabía que cantaba Cafrune, pero escuchaba a un tipo que tenía una voz muy parecida - refiere- (...) Y ahí fue cuando alguien de ellos vino y dijo: ‘Está cantando Cafrune y está cantando cosas prohibidas’. Al lado mío estaba Villanueva, en el 78 ya era capitán, y él dice clarito, porque estaba al lado mío: ‘A este hay que matarlo porque no podemos dejar que esto se expanda, que empiecen a cantar canciones prohibidas”.

Cafrune era, como él mismo se definía, un “galopeador contra el viento”, y esa noche no había sido menos. Desde 1972 que no cantaba en ese escenario, al que acudió con un repertorio de clásicos, algunos románticos, costumbristas, y otros cargados de fuerte contenido político: “El alazán”, “Virgen india”, etcétera...

Pero el público, ferviente y caluroso, necesitaba oír también otras canciones. Le pidió entonces dos que estaban en las listas negras de los militares: “El orejano” y “Zamba de mi esperanza” (prohibida, curiosamente, porque contenía la palabra “esperanza”).

“Aunque no está en el repertorio autorizado, si mi pueblo me la pide, la voy a cantar”, dijo el cantor ante una plaza que se estremecía en aplausos y la impotencia del sonidista, quien tenía la orden de silenciar los micrófonos si se violaba la censura.

No está claro en qué circunstancias abandonó el escenario: si antes de tiempo, para escaparse de las claras represalias, o vitoreado, con un gesto indulgente de los represores. Lo cierto es que pocos días después estaba en Buenos Aires galopando hacia su muerte.

La desaparición de Jorge Cafrune fue la sombra que anunció, definitivamente, los años más oscuros de la música popular, con el exilio de cientos de artistas, incluida Mercedes Sosa, su “ahijada artística”. Pero también significó el ocaso de un sol que estaba en su punto más brillante, como lo demuestran sus últimos discos: “Cafrune en las Naciones Unidas” y “Yo le canto al litoral”, ambos de 1976.

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