La dictadura de Nicolás Maduro no deja de agravarse

A medida que se aproximan las elecciones generales del próximo 28 de julio, en las que Maduro irá por un nuevo mandato de seis años, afronta un altísimo índice de rechazo en su país y en la región, lo que imposibilitaría su reelección sin fraude o ante candidatos sólidos de oposición.

La dictadura de Nicolás Maduro no deja de agravarse

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, sigue jugando el juego que mejor le sale: el de seducir, engañar, confundir y pulverizar todos los pronósticos sobre su imposible estadía en el poder, cuando ya se están cumpliendo 12 años desde que heredó de Hugo Chávez el gobierno venezolano.

En ese lapso, ha construido un personaje funambulesco, propio de la literatura latinoamericana dedicada a los autócratas tropicales.

Tanto como desairó a quienes lo apoyaron y frustró a quienes quisieron condicionarlo.

La reciente presentación de las expertas del Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas de las Naciones Unidas vale para ratificar, como si ello fuera necesario, que Maduro siempre puede ir un poco más allá.

Desde el pasado 2023, dice el informe, se ha acentuado en Venezuela la política de desaparición forzada que tiene por blancos principales a políticos de la oposición y a militares, quienes son llevados a centros de detención sin que se presenten cargos o se abran procesos, sin derecho a asistencia letrada ni contacto con parientes.

Claramente, estas prácticas se fueron acrecentando a medida que se aproximan las elecciones generales del próximo 28 de julio, en las que Maduro irá por un nuevo mandato de seis años, mientras afronta un altísimo índice de rechazo en su país y en la región, lo que imposibilitaría su reelección sin fraude o ante candidatos sólidos de oposición.

La inhabilitación de María Corina Machado, quien estaba destinada a ser la candidata de consenso con una alta intención de voto, obligó a nominar un nuevo candidato en la persona de Edmundo González, quien afronta el desafío de instalar su figura en poco tiempo en un electorado temeroso y sometido a presiones cada vez mayores, mientras el hombre fuerte de Caracas quebranta todos los acuerdos que firmó a instancias de gobiernos como el estadounidense, que en los años recientes zigzagueó en su encuadre del problema, para volver a aplicar sanciones recientemente. Maduro, por cierto, no se inmuta.

Ya nadie ignora que el autócrata venezolano es como es y hace lo que hace, y persiste a partir de la debilidad de un concierto de naciones desconcertadas que no logran aunar criterios ni políticas para el restablecimiento de la que fue la democracia más estable de la región hasta los últimos años del siglo pasado, y que luego Hugo Chávez comenzó a minar en 1999 con su retórica anacrónica y pseudorrevolucionaria y su innegable talento para seducir a aliados, como lo fueron tres de los gobiernos kirchneristas.

Sin embargo, debería recordarse que el continente ya le soportó demasiadas cosas a Maduro y que la falta de rigor a la hora de enfrentarlo no hace sino facilitar la tarea de las otras dictaduras de la región, como lo son las de Nicaragua y de Cuba.

Al mirarse en ese espejo, el pintoresco mandamás puede conjeturar que le queda mucho camino por recorrer. Y hasta suponer que podrían surgir otras autocracias, lo cual no luce demasiado aventurado. Y es obviamente aterrador.

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