martes 19 de enero de 2021

"Levite", es la ilustración de Gabriel Fernández para el cuento que nos entrega Víctor Esains para Aguante la Ficción.
Sup. Cultura

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El autor de este relato nos acerca una conferencia muy particular en la que se pone en duda “lo académico”.

  • sábado, 5 de diciembre de 2020
"Levite", es la ilustración de Gabriel Fernández para el cuento que nos entrega Víctor Esains para Aguante la Ficción.

La mañana en que se anuncia que el novelista porteño Marcial Estévez ha recibido el Premio Nobel de Literatura, la Biblioteca Nacional, cumpliendo un sueño que ya lleva décadas, improvisa una conferencia de prensa histórica. La sala se llena en menos de dos horas, concentrando periodistas, críticos literarios, editores y colegas del elegido.

Circula una gacetilla de prensa con una síntesis de su trayectoria. Consigna que después de un temprano período que se ha calificado como de cierta desorientación y endeblez conceptual, su obra adquirió un rasgo distintivo único: su rotundo sentido moral. Sus libros hablan del Bien, de practicarlo, de sostenerlo, de inculcarlo.

Los trabajos del galardonado retratan de un modo inigualable la vida cotidiana. Sus personajes se parecen a cualquiera que podríamos encontrar en la familia o en el barrio.  No necesariamente son previsibles o livianos. Llegan a tener un espesor y una complejidad expuestos con maestría, siguiendo una constante que, finalmente, es su sello personal: los conflictos se resuelven siempre de un modo que deja una lección indeleble, una luz encendida, una enseñanza.

En un contexto mundial donde la tendencia literaria viaja hacia lo sórdido la mayoría de las veces, que roza lo pornográfico en otras, que se desgasta en lo frívolo o que naufraga en lo irremediablemente comercial, sus éxitos gemelos, de crítica y de ventas le confieren un mérito que se afirma con cada nuevo título editado.

La expansión sin precedentes del mensaje ético genera docenas de ensayos que analizan el fenómeno desde la sociología y la psicología. El ámbito académico y, aunque tangencialmente, el religioso, bendicen la cruzada del autor en forma unánime.

En la sala atestada, un grupo minoritario no está del todo cómodo. Dos o tres críticos prestigiosos, de la vieja escuela, nunca han sido generosos en su opinión sobre la obra del laureado. Intercambian posibles estrategias que van desde sostener a ultranza sus objeciones a abandonar con sigilo la resistencia y sumarse a la ola del elogio fácil.

Marcial sube al estrado con la actitud serena de siempre. Identifica a su crítico más enconado, invariablemente en primera fila, aunque esta vez descubre que “Premio Nobel” es un título que alienta a sentirse dueño de la situación.

Un periodista joven, de indumentaria disonante con el acontecimiento, dispara la primera, inevitable pregunta: - ¿Cuál es su fórmula?

- Se trata de un proceso, no de una fórmula. Los Maestros me convocan y me entregan el mensaje que debo transmitir. Yo apenas cumplo el rol de un vehículo, de una herramienta: lo organizo en palabras, le imprimo mi estilo, lo aliento a  desarrollarse… - responde con humildad genuina.

- ¡Pero Señor! - se apresura a interrumpir el decano de los críticos literarios, fuera de todo protocolo - ¡No nos subestime!

Siente la coronación de Estévez como una derrota personal, por eso insiste, ensañado - Ese cuento de la inspiración cósmica no es digno de un Premio Nobel, más bien parece propio del maestro de reiki, del chamán, incluso del cura sanador.

- Precisamente… - sintetiza el escritor.