Santiago Kovadloff: “La concepción que tiene Milei del periodismo es lamentable”

En esta entrevista, el filósofo y poeta habla del doctorado honoris causa que acaba de entregarle la UNCuyo, de su fe literaria, del presente de la Argentina y de los conflictos que afronta Israel.

Santiago Kovadloff: “La concepción que tiene Milei del periodismo es lamentable”
Santiago Kovadloff.

“El poeta trabaja con una mano en el teléfono. / No debe desatender sus obligaciones”, dice Santiago Kovadloff en un poema que ya tiene casi 40 años, pero que parece haber escrito ayer. Y es que ahí lo tenemos al autor de Sentido y riesgo de la vida cotidiana, hablando por celular mientras ordena sus cosas por el viaje que lo trajo a Mendoza. Aquí, en la Universidad Nacional de Cuyo, recibió el viernes una distinción que, según lo confiesa, es muy especial. Tal como se expresa en la resolución, “por pedido de las Facultades de Ciencias Agrarias, Ciencias Económicas y Derecho, el Consejo Superior de la UNCuyo resolvió otorgar el título de Doctor Honoris Causa, reglamentado por la Ordenanza N° 24/2012-C.S, con mención especial al mérito académico-científico, al destacado filósofo y ensayista”.

La atención que da Kovadloff a las cosas mundanas y a las obligaciones que todo hombre (como zoon politikón, o sea, animal político) es más que evidente. En sus ensayos, en sus intervenciones, en sus poemas, habla de las cuestiones que a todos nos agobian, pero él incluso ha llegado a meter los pies en el barro a riesgo de manchar sus papeles escritos. La muestra más clara es su adhesión al proyecto político de Patricia Bullrich, en la carrera presidencial del año pasado que terminó con su derrota frente al actual presidente Javier Milei.

Eso no quita que Kovadloff mantenga intacta su vocación de escritura, y los textos en prosa, las conferencias y los poemas siguen saliendo de su pluma. Buena cuenta de ello lo da, justamente, la conferencia que impartió tras recibir este doctorado honoris causa y en la que ha elegido hablar nada menos que de “La fe literaria”, esto es, la entrega a la convicción de que esa tarea, la del escritor, tiene mucho de misterioso, de necesario, de fatalidad. Y, sin embargo, con la otra mano, el también filósofo no deja de analizar la complejidad del conflicto en Israel, la crispación actual de la Argentina, y se presta a una conversación en la que ningún tema deja de ser iluminado por sus reflexiones.

– ¿Qué sensaciones emotivas le han provocado el doctorado honoris causa que recibió de parte de la UNCuyo, por postulación de las facultades de Derecho, de Ciencias Agrarias y de Ciencias de la Educación? Sabemos que no es la primera distinción de este tipo que recibe, pero sí la primera de parte de una universidad nacional.

–Así es. Tengo, con este, tres doctorados, que me dan una gran felicidad. Pero es esta la primera distinción que recibo de una universidad del país, y particularmente feliz me hace que sea de esa universidad, porque Mendoza está, sin duda alguna, en el centro de mis vivencias personales más entrañables. No sólo por los amigos que tengo allí, sino, primordialmente, por el hecho de que constituye esa provincia un verdadero eslabón en el esfuerzo por construir la república en el marco democrático.

–Resulta, ya desde el título, interesante la conferencia que impartió el viernes, al recibir ese doctorado: “La fe literaria”. ¿Podemos compartir con los lectores algunas directrices de esa conferencia?

–Yo he titulado así, la fe literaria, a mi vocación de escritor, de ensayista, de poeta, de narrador de relatos para niños y de traductor. Yo he consagrado mi vida a la literatura, entendida esta como la aventura de valerme de la palabra para expresar un sentimiento del mundo y del tiempo. Y es una fe. La vocación es un acto de fe. Pero la fe difiere de la esperanza. Esta deposita su expectativa en algo venidero. La fe, en cambio, es una vivencia de algo en la vida, de algo que es simultáneamente actual y venidero. Por eso mi vocación se pone de manifiesto como actitud vivencial y expectativa. No es una expresión de esperanza, sino la posibilidad de contar con un punto de apoyo para conseguir nuestra identidad.

Patricia Bullrich presentó al filósofo Santiago Kovadloff como futuro asesor (Foto: Prensa Patricia Bullrich)
Patricia Bullrich presentó al filósofo Santiago Kovadloff como futuro asesor (Foto: Prensa Patricia Bullrich)

–Truman Capote decía que, al ser escritor, “cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo”.

–Si lo pensamos, es muy misteriosa la vocación, ya que no es algo que uno elige, sino que se nos impone como ineludible. Decimos, erróneamente, “tengo vocación por algo”, pero uno “es tenido” por una vocación. Uno es objeto de una pasión y no necesariamente el dueño de eso. Por eso lo curioso de esa pasión, que en mi caso es la literatura como expresión del pensamiento, de la filosofía, de la poesía, el ensayo, entendida como una fatalidad que se revela en nuestra vida, como un camino: no queda otro camino que seguirla, obedeciéndola y tratando de moldearla con una voluntad de perfeccionamiento, que es constante. Lo bueno es que es un amor que no declina, y eso es tan terrible como cuando se lo desoye. A diferencia de una actividad que nos pueda simplemente interesar, la vocación es más que el objeto de un interés. Es una revelación que nos constituye en términos de identidad. Porque la fe puede tomar una configuración religiosa, pero no exclusivamente. Lo interesante además es que uno se sostiene en aquello que lo sostiene, porque la persistencia con que una vocación perdura a lo largo de una vida poco tiene que ver con los resultados cualitativos que uno pueda alcanzar. No necesariamente uno presume ser buen escritor cuando consagra su vida a escribir. Uno lo hace porque la alegría que le depara hacerlo es incomparable con cualquier otra cosa. Si, por añadidura, es significativo lo que uno hace, le concede a quien escribe el regalo de encontrar repercusión en un plano hasta cuantitativo del interés por sus obras. Y hay que manifestarse como agradecido. Pero uno no escribe para tener éxito, sino que uno escribe para escribir.

–Los poetas, los filósofos, no suelen ser personalidades del todo reconocidas masivamente. En cambio, usted, tal vez por sus participaciones en medios y por el éxito editorial de sus libros, además de por sus espectáculos poéticos, ha conseguido un reconocimiento particular en este sentido. ¿Cómo se lleva con la fama y qué particularidades tiene ser famoso en la Argentina?

–Ante todo, yo no puedo sino sentir una enorme gratitud ante las personas que se interesan por mi trabajo y se apropian de él, lo sienten parte de sí mismas. También tiene algo de inexplicable. Nadie puede terminar de justificar, si es sensato, que recaiga interés social lo que uno escribe, a menos que esté impregnado de un narcisismo patológico. Pero la gratitud prepondera sobre cualquier otra vivencia, y es misterioso el alcance que puede tener la propia palabra en el corazón de los demás. Por eso mismo es motivo de una felicidad muy especial que uno cuente con lectores, oyentes, con personas que se apropian de lo que uno dice.

La agonía de la educación
La agonía de la educación

–Una alegría similar, estimo, a la que siente usted cuando, además de sus propios textos, elige los de otros para los espectáculos que realiza junto con una pianista y un violinista…

Para mí el hecho de integrar un trío de música de cámara y poesía junto con la pianista Ana Victoria Chaves y el violinista Federico Mouján es una de las alegrías más altas de mi vida. Con ellos hemos dado vida ya a dos espectáculos. El segundo es el que estamos por presentar en el teatro Colón, y luego lo haremos en San Juan. Esperemos que también en Mendoza: se llama El encuentro y es una cita musical con pensadores y poetas judíos. Mis compañeros son auténticas brújulas para mi trabajo literario, yo allí leo prosa y poesía y ellos inscriben lo que yo leo e interpreto en el campo de la música, de la melodía, que le dan sustento armonioso a lo que yo leo. Música y poesía nacieron juntas y por eso nuestro trío se llama Orfeo.

–Le tocó llegar a Mendoza para este reconocimiento en medio de la reedición de su ensayo La extinción de la diáspora judía. ¿Qué es ser judío hoy en este presente?

–Primeramente, en relación a mi libro, esa obra propone entender la creación del Estado Judío de Israel como el hecho trascendente que pone fin a la fatalidad de la diáspora, a lo que esta tuvo de ineludible, en la medida que no existía una nación judía desde la destrucción del Reino de Israel por parte de los romanos. En consecuencia. la creación del Estado, al terminar con la fatalidad de la diáspora, les abre a los judíos que no han querido convertirse en israelíes la posibilidad de elegir si van a pertenecer a la realidad nacional del lugar donde viven, o si se convertirán en israelíes. Y la posibilidad de la opción se la debemos los judíos a Israel. Este ha liberado a los judíos de la fatalidad de la diáspora después de 2.000 años de historia. Esto me pareció un tema fundamental y traté de desarrollarlo en este libro a través del otro punto de vista complementario, que es el de saber qué vitalidad reviste el judaísmo post diaspórico, en qué consiste su desafío hoy. Un judaísmo vital ha de ser siempre uno que no se instituya a partir de las imposiciones del antisemitismo, porque si este es el que nos fuerza a reivindicarnos como judíos, hay que decir que la descalificación entonces es fundamento de la demanda de identidad. El gran desafío que tiene hoy el judaísmo es el mismo que ha llevado a construir Israel, un judaísmo nacional asentado en la acción creadora e innovadora de la creación, una cultura universal redefinida por los rasgos de la nacionalidad. El judaísmo post diaspórico no es ya aquel obligado a preservar valores, sino el que debe generar una vivencia de la tradición y la vanguardia en términos de valores judíos, que puedan enfrentar al antisemitismo sin que dependa de este para existir.

–¿Qué mirada ofrece sobre el conflicto de Israel después de los ataques de octubre y ahora, tras la arremetida de Irán?

–La realidad actual hace que Israel sea posiblemente el único estado del planeta que debe luchar para sostener su derecho a la existencia. El antisemitismo pugna por destruir el judaísmo en el planeta. Si Israel está peleando contra enemigos que incluso no forman parte de un estado, es peor. El pueblo palestino tiene derecho también a constituirse en un estado, y eso debe ser impulsado por los propios árabes, y no sólo por los israelíes. No hemos visto mucho esa reivindicación de parte de los árabes y se le endilga a Israel la culpa de no crearlo, cuando este ha dado muestras de que quiere que este exista. Es imperioso que exista un estado palestino, pero debe estar alentado por el propio interés de los árabes de brindarle a Palestina esa posibilidad, dada por el pueblo palestino en consonancia con Israel, a través del reconocimiento recíproco del derecho a vivir. Si Irán puede hacer algo por el pueblo palestino como estado, tendrá que cambiar mucho internamente, puesto que hoy, gobernado por una teocracia religiosa que no tolera la disidencia, hay pocas posibilidades de que encuentre en Israel un interlocutor.

–Otra cuestión reciente en este sentido es la declaración de Irán como estado terrorista de parte de la Justicia argentina, por los atentados de 1992 y 1994. ¿Qué opinión le merece este hecho?

–Creo que es un acto de enorme valentía por parte de nuestra justicia el haber aclarado finalmente la responsabilidad que ha tenido Irán en estos dos actos criminales, un gesto largamente postergado. El silencio y la obstrucción en esta materia por parte del kirchnerismo ha sido vergonzoso y cómplice. El punto final a esa complicidad debe ser celebrada como parte de una necesidad histórica de justicia.

–¿Qué diagnóstico, aunque sea rápido y “en ascuas”, puede hacer del triunfo de Milei y de estos casi cuatro meses de su presidencia?

–En primer lugar, diría que el triunfo de Milei respondió más a dejar atrás una situación agobiante que a una certeza perfectamente clara de lo que significaban los objetivos de esta alternativa política por él representada. Milei alcanza la presidencia con un enorme capital de desesperación social, proveniente de la gestión del kirchnerismo y de los resultados parciales de Macri. Por otro lado, creo que estamos ante una gestión que se define todavía por sus ambivalencias y contradicciones, con logros como el que acabamos de mencionar con respecto a Irán, que no es del gobierno, pero que tiene lugar ahora y no antes. También por logros como el proyecto de que la macroeconomía argentina se oriente ya no por una concepción macrocefálica del Estado, ya no por la instrumentación de la dependencia de la gente a un Estado que aspira a politizar su ayuda o su contribución al desarrollo y el sostenimiento de esa gente. En eso este gobierno ha tenido logros, pero, indudablemente, se ha producido un desplazamiento del gobierno de Milei, que pasó de la idea de una “casta” a la que se enfrentó desde la campaña, a un posicionamiento frente a esa casta en el cual ocurren hechos que parecen contradecir ese “principismo ético” del que se valía cuando aún era aspirante al poder. La postulación de Milei para que Ariel Lijo sea miembro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación no significa otra cosa que un pacto con Cristina Fernández de Kirchner para garantizar su impunidad a cambio de votos en el Parlamento. Esto debilita el principismo que el presidente parece sostener en algunos terrenos en otras áreas. Después, me parece que se ha producido un desplazamiento de ese principismo ético en el choque contra el periodismo. La concepción del presidente del periodismo es lamentable, porque lo ve como con anhelo de reducción. Y este reduccionismo no es menos grave cuando se piensa que la economía es el único recurso cuyo saneamiento es indispensable. Creo yo que el ataque que hoy sufre la prensa por parte del Poder Ejecutivo debilita los fundamentos democráticos de la Argentina.

–Usted fue parte del equipo de Patricia Bullrich en la campaña presidencial de 2023, y eso llevó en su momento a fuertes críticas contra Milei. ¿Cómo está su papel ahora en la estructura partidaria de Bullrich y qué posición toma ante el hecho de que ella hoy forma parte del gabinete de Milei?

–Yo la reconozco a Patricia como una figura fundamental de la República y del proyecto democrático argentino. Cuando ella fue derrotada en las elecciones, la opción por la que ella se inclinó, la de sumarse a las fuerzas del actual presidente para asegurar la derrota del kirchnerismo, en el proceso de despliegue de la gestión del presidente actual, me parece comprensible. Pero yo no pude sumarme con su incondicionalidad al reconocimiento del actual presidente, si bien, repito, entiendo que era indispensable derrotar al kirchnerismo y que no había otro camino. Personalmente yo no he podido seguirla porque el procedimiento que evidencia hasta hoy el presidente para asegurar los fundamentos republicanos de su gestión no me resulta coherentes para que esa decisión republicana, que sí reconocía en Bullrich, me identifique con su esfuerzo para gobernar.

– Antes de preparar esta conversación abrí uno de sus libros de poemas, de entre los más recientes, y me encontré con un texto que me invita a esa pregunta. Habla en él de los “líricos urbanos”, como usted, y de cómo estos buscan arrancar de esa modesta realidad que los rodea algo que los permita salvar de un destino que, de otro modo (lo cito), “nos hundiría en lo mudo, en lo inasible, en lo cerrado”. ¿Siente que a través de la poesía hay manera de escapar a ese destino?

–Yo creo, efectivamente, que los poetas contemporáneos somos, en lo más ancestral de nuestra constitución, hijos de Charles Baudelaire. Él nos enseñó a valorar las flores del mal, nos enseñó que, aun viviendo en sitios ásperos desde el punto de vista humano como son las ciudades contemporáneas, por estar sumidas en el vértigo y en lo agobiante de lo masivo, aun así, la poesía encuentra la posibilidad de descubrir en esas particularidades las universalidades propias de la belleza. Creo realmente que tenía muchísima razón Bertolt Brecht, quien dijo: “En los tiempos sombríos ¿se debe cantar? También se ha de cantar.... sobre los tiempos sombríos”. Así volvemos al comienzo de esta charla. La emoción de la belleza, el deslumbramiento de algo que va de lo previsible a lo imprevisible, de lo ordinario a lo extraordinario, la mutación de lo que la costumbre opaca y la sombra ilumina, es constante en quien tenga interés poético. Uno, como escritor y poeta, es un ser expuesto al asombro. No lo provoca, pero este, al llenarnos de perplejidad cambia el semblante del mundo.

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