Rosa Franco de Lestard en la literatura de Mendoza

Recordamos los aportes de esta escritora en nuestra provincia, en la que fue una de las primeras mujeres afiliadas a la filial local de la SADE.

Rosa Franco de Lestard en la literatura de Mendoza
Este libro fue su ensayo más comentado, e incluso estudiado en Estados Unidos.

La fundación de la filial Mendoza de SADE (Sociedad Argentina de Escritores), formalizada en los primeros meses de 1942, según consta en los documentos recopilados por Raúl Santa María Conill, hijo de Alejandro (quien fuera secretario de la recién fundada entidad) contó entre sus primeros asociados a figuras relevantes de la cultura mendocina, como Ricardo Tudela (primer presidente provisorio) y Bufano (quien su sucedió en la presidencia), y varios más.

Luego de una intensa campaña de afiliación llevada a cabo por las autoridades de la naciente filial, se llegó a contar pronto con cincuenta socios; figuran en el listado varias mujeres, entre ellas Rosa Franco de Lestard. Precisamente, entre la documentación recopilada por Santa María Conill (h) figura la ficha de inscripción de la escritora y dos notas con su firma, fechadas entre junio y julio de 1942, con las que se formaliza su adhesión a la recién creada entidad.

En la de primera de estas comunicaciones, agradece a las autoridades la nota “en que tienen ustedes la gentileza de enterarme de la formación de la filial Mendoza de la S. A. de Escritores”, y acepta complacida la propuesta de asociarse; en la segunda, que acompaña la fichas y documentación solicitadas, agrega -como expresión de modestia- “se siente una, poca cosa al comprobar que no se pueden llenar todos los renglones y eso que toda la vida la he tenido ocupada”.

Entre los requisitos para entrar a formar parte de SADE, según los estatutos, figura el tener al menos un libro publicado, y Rosa Franco si bien tenía ya escritos inéditos, completará ese renglón en 1943, con la edición de “Carlota Bernaín” (con prólogo de Mateo Booz) y “La mujer del portón cerrado” (con prólogo de Juan Bautista Ramos). A estos textos se sumarán luego otros, como la novela “Juicio para dos”, de 1966 (que no tuvo buena distribución a causa de la quiebra de la empresa editora) y ensayos, como “Origen de lo erótico en la poesía femenina americana”, obras que merecieron diversos galardones, entre otros el Premio Esther Calle Goldman, de la Fundación Güemes, obtenido en 1981.

No tenemos mayores datos de su vida, salvo los que la misma autora aporta en una entrevista realizada por Antonio Requeni en el departamento que Rosa ocupaba por entonces en el porteño barrio de Almagro (donde dirigía un taller literario en la fecha del encuentro) y publicada en Los Andes el 4 de abril de 1982: “Nací en Mendoza, cuyo paisaje aparece en los primeros recuerdos de mi infancia, pero me eduqué en Buenos Aires y en Madrid, donde me llevaron mis padres. Volví a la Argentina en 1932. Mi hermano, más chico que yo, se hizo cargo en San Luis de una iglesia protestante que ayudaba a sostener un colegio. Allí empecé a ejercer la docencia”.

Respecto de su quehacer literario informa que en San Luis fundó una revista literaria, llamada Inti Huasi, y -ya en Mendoza, donde se trasladó en 1935- comienza su producción literaria, con algunas páginas enviadas al diario La Nación, dirigido por Eduardo Mallea (por entonces presidente de la Sociedad Argentina de Escritores a nivel nacional). Según su propio testimonio, comenzó también a publicar cuentos en Los Andes. También acaece por entonces la publicación de sus dos primeros libros, que recibieron elogiosas reseñas de los principales medios informativos del país (Los Andes; La Nación; La Prensa; Mundo Argentino; El Hogar…).

Además, agrega “di conferencias en Chile, Uruguay y Paraguay, sobre temas literarios y acerca de la labor femenina en nuestro país”. Justamente, su obra más reconocida tiene que ver con esta temática: se trata del ensayo de 1960, ya mencionado, y que fue premiado por el Fondo Nacional de las Artes y la Municipalidad de Buenos Aires. La obra -declara- “suscitó elogios de importantes autores del país y del exterior. Enrique Anderson Imbert me informó que servía de texto en varias universidades norteamericanas”.

En cuanto a la tesis que orienta su libro, “Me refiero al erotismo dramático, que veo encarnado en Alfonsina Storni; el erotismo hedonista, representado por la colombiana Laura Victoria; el erotismo panteísta que representan las centroamericanas Rosario Sansores y Esperanza Zambrano y la boliviana Yolanda Bedregal; el erotismo metafísico de Delmira Agustini, la uruguaya”. Y agrega una arista polémica, al sostener que “aunque parezca que no es posible, hablo del erotismo de Gabriela Mistral, que se manifiesta en su gran instinto maternal”.

Precisamente, la exploración de distintas formas de amor es la temática subyacente a sus dos primeras novelas publicadas; ambas, a pesar de algunos estereotipos en la construcción de la historia y ciertos efectos melodramáticos, sobre todo en la obra inicial, exhiben interesantes aciertos en cuanto la técnica literaria, que representan novedades que rompen la clásica linealidad del relato tradicional.

En la primera alternan las focalizaciones: primera persona, en el “diario” de la protagonista; tercera, en la segunda parte, que concluye la historia. En cuanto al texto supuestamente autobiográfico, la narradora incluye analepsis que remontan a la niñez de la protagonista, mientras el leit motif de la lluvia va punteando el retorno al presente de la escritura.

Como característica del estilo de Franco de Lestard puede mencionarse la inclusión, a través de las palabras de los personajes, de pasajes intensamente reflexivos, que abordan cuestiones filosóficas, aun teológicas, como el siguiente monólogo de la protagonista: “Me da pena el mundo, la humanidad ¿Dónde está esa fuerza poderosa y generosa que crea al hombre, si solo ha de darle dolores? No, no alcanzo a definirlo, como tampoco entiendo eso que llaman amor” (1943, p. 27).

En cuanto a la segunda, subtitulada “Novela poemática”, el recurso al diálogo es estructurante de la totalidad del texto, que incursiona en la metaliteratura, al desarrollar un tópico magistralmente explorado por Luigi Pirandello en “Seis personajes en busca de autor”; se trata, así, de un diálogo entre la mujer (la narradora-escritora) y su personaje, que le reprocha haberla creado hermosa, sensual y dada a los placeres.

La narradora manifiesta su intención de ayudar a su criatura: “Yo estaba dispuesta a tratar de hacer todo lo que fuera por aquel engendro de mi mente” (1943, p. 72). Empero, la novela concluye: “¡Desde aquel momento la triste mujer del portón cerrado me grita su llanto y oigo su gemir, y por eso lucho, y por eso vibro y soy taladro que abre caminos! ¡Mas aquel portón estaba tan alto y tan bien cerrado, que mucho me temo que no he de abrir!” (1943, p. 73).

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