Navidades, pesebres y villancicos

El “Cancionero Popular Cuyano” de Juan Draghi Lucero recoge descripciones interesantes sobre la celebración de la Natividad en Mendoza.

Navidades, pesebres y villancicos
San Francisco fue el gran impulsor de los pesebres.

En 1997, Ediciones del Canto Rodado publicó el “Cancionero Popular Cuyano” de Juan Draghi Lucero, con una salvedad que es necesario recordar; así, en la “Nota del Editor” se detallan las ediciones de la obra original, publicada por primera vez en 1938 por Best Impresores con un meduloso prólogo de Draghi Lucero: se trató de un volumen de más de 600 páginas, que apareció como complemento del material publicado en el Volumen VII de los “Anales del Primer Congreso de Historia de Cuyo”, realizado ese año.

En 1992, la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo, conjuntamente con Ediciones Culturales de Mendoza, reeditó en forma parcial la obra, con un nuevo prólogo -también de Draghi- que reformula en parte el original, aunque sin introducir cambios sustanciales.

En cuanto al volumen de 1997, en él se incluyen las partituras que quedaron sin reeditar en 1992 y se agregan “por voluntad expresa del autor” (p. 7), los siguientes trabajos: “El ‘Cogollo’ define a la tonada” y “El ‘Corro’ de Juan Gualberto Godoy”, de autoría de don Juan. Se agrega asimismo una sección titulada “Navidades, Pesebres y Villancicos”, que incluye dos trabajos de su esposa, Yolanda Costábile Argumedo, uno sobre los pesebres y otro sobre los villancicos tradicionales.

Yolanda y Juan se casaron en 1947, cuando él contaba 52 años, y “ella aceptó subirse a un desvencijado automóvil para seguirlo en sus interminables travesías” por el desierto lavallino (Adolfo Colombres, en “Draghi Lucero, Juan. Las mil y una noches argentinas”. Colihue, 2005). Fue una esposa abnegada, que con amor y tesón colaboró a la concreción y difusión de la obra de su esposo.

En el primero de los trabajos incluidos en el “Cancionero…”, denominado “Descripción de las Navidades y Pesebres en Mendoza; Algunos datos de pesebres europeos”, la autora se remonta en el tiempo y la lejanía geográfica, para dar cuenta del origen de la cristiana costumbre de reproducir mediante figuras de diverso tamaño y materiales, la escena del Nacimiento de Nuestro Señor.

Refiere así que muy probablemente fue San Francisco de Asís el iniciador de esta piadosa costumbre. Según su biógrafo Fray Tomás de Celano, “el poverello de Asís” contó con la colaboración de Juan Precci, un vecino del lugar, a quien el santo le expuso su idea: “Quisiera representar al Niño nacido en Belén y de alguna forma ver con los ojos del cuerpo, las penurias e incomodidades en las que se hallaba, por la falta de cuanto necesita un recién nacido, cómo lo colocaron en un pesebre y cómo yacía sobre el heno entre el buey y el borriquillo”.

Al llegar la fecha indicada, Francisco vio cumplido su anhelo de contemplar un verdadero “Belén”, mientras “Procedentes de todos los lugares de la región, eclesiásticos, hombres, mujeres y niños llegaron con antorchas y cirios para alumbrar la Noche Buena y venerar al Niño Dios” (Costábile, p. 109).

Y agrega la autora: “San Francisco, el humilde Francisco, fue quien dio, por su gran amor al Divino Infante, el verdadero impulso a los pesebres de todo el mundo cristiano. También se sintió muy atraído por la poesía religiosa, tanto que se le atribuye la autoría de varios villancicos”.

Esta devoción se extendió pronto por Europa y entre los pesebres más antiguos que se encuentran documentados, figura uno, realizado en 1592 por los jesuitas de Praga. Además, en un inventario realizado en Barcelona en 1522, se detalla la existencia de un pesebre con importantes piezas de orfebrería y esmaltes, que se exhibía en el altar mayor, durante las fiestas de Navidad.

Esta práctica piadosa se extendió por toda América; en cuanto a Argentina, Rafael Gigena Sánchez, en “La Navidad y los Pesebres en la tradición argentina”, reúne colaboraciones de una serie de estudiosos de las distintas provincias argentinas que dan cuenta de la continuidad y extensión de esta tradición.

En cuanto a la provincia de Mendoza, Yolanda refiere una anécdota personal: “En una de las excursiones de carácter folklórico que hicimos con mi esposo, tuve oportunidad de dialogar con algunas personas que me asesoraron ampliamente sobre costumbres, para la celebración de esta fiesta y los caracteres y particularidades de los pesebres” (p. 110). Entre sus informantes cita a Justina Sánchez de Álvarez, nativa de Tucumán y de 114 años, quien le contó que el 24 de diciembre era esperado con verdadero regocijo.

Detalla que “Unos días antes comenzaban los preparativos de la fiesta, que consistía en celebraciones religiosas, formación de los pesebres y el trueque de visitas en las que se cambiaban impresiones, para el mayor éxito de los festejos. Doce horas antes de la Misa del Gallo [en la noche del 24] hacían ayuno con abstinencia […] Al finalizar el oficio se rezaba una oración colectiva, la que siempre comenzaba ‘Señor, has llegado […]’” (110).

Y agrega doña Justina, citada por Yolanda: “Los pesebres eran encantadores […] El nacimiento recibía la visita de los pobladores del lugar, algunos de ellos con un instrumento hecho de cuero, cuyo nombre se desconoce, con el que se acompañaban en sus cánticos” (p. 111).

A continuación, se describe uno de ellos: “Dentro de una gruta, formada con lonas pintadas en tonalidades de verde azul y marrón, estaba el tierno grupo de la Sagrada Familia. Los Reyes Magos, pastores, ovejas, hornos hechos de barro con las negritas horneras, cestitas con abundantes frutas de estación […] Todas las figuras confeccionadas en madera, especialmente de sauce, pintadas con pinturas elaboradas con raíces” (p. 111).

Anota también un dato curioso: “Un camino bordeado de piedras llevaba hasta el Nacimiento. Estas piedras también tenían leyendas. En las de la derecha: ‘El buen abuelo’; ‘El buen padre’; ‘El buen tío’; ‘El buen compadre’, etc. Y en las de la izquierda: ‘La buena abuela’; ‘La buena madre’; ‘La buena hija’, ‘La buena comadre’, etc. Todo tenía su contenido […] En cada una de las inscripciones estaba representado todo el pueblo” (p. 111).

La investigadora enumera también algunas piezas menos “tradicionales” que ha podido observar en algunos pesebres mendocinos, como “el Arca de Noé, hecha en madera y colocada sobre arena” o “La higuera con la víbora enroscada en su tronco [que] significaba la tentación. Adán y Eva, al pie del árbol, en recuerdo de cuando perdieron el vestuario de la Gracia” (p. 112).

Piadosas reliquias de antaño que la autora evoca amorosamente, fruto de un trabajo de recolección folklórica que compartió con su esposo, Juan Draghi Lucero.

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